Milei se niega a hacerse el ADN, mientras la crisis jura que es su hija…

Las fuerzas de choque libertarias, ese ejército que habita los medios de comunicación del «poder real» e infectan las redes sociales; hace más de 24 horas que están laburando a destajo, por hacerte creer que Fate es un hecho aislado. Instalaron que Madanes extorsionó a Milei con 920 despidos y nos quieren hacer creer que el cierre de Fate después de 80 años, no es el resultado de las políticas de destrucción de la industria nacional que auspicia el presidente. Pretenden decretar que en esta historia no ejercieron presión ni las importaciones, ni la profundización de la depresión del consumo, ni las tasas de interés que retiran la guita de la producción, para multiplicar los panes en la especulación financiera.

Los cierres de empresas de los «capitanes de la industria», es un problema estructural, que es descendiente directo de esta nueva versión de la «miseria planificada». Los nietos de la publicidad de la silla, los descendientes de los estafadores que hablaban de «salariazo y revolución productiva» y los hermanos menores de la cerveza artesanal; quedarán en la historia como los
impulsores de la «uberización» de la economía.

¿Los libertarios nunca registraron los cierres o paralizaciones temporales de la producción, en miles de empresas de todo tamaño, durante más de dos años?
¿No escucharon lo que gritaba la situación de Ilva, Whirlpool, Corven, Newsan, La Suipachense, Granja Tres Arroyos, Dana, Platex, Mondelez, Vasalli, Frávega, Panpak, Acerías Berisso, Textilana, Vulcanar, SKF, Yaguar, Lácteos Verónica, Essen y Luxo?

La feroz interna neoliberal, entre uno de los 15 argentinos más ricos y el Gobierno mucamo del establishment, es una de las tantas historias sin buenos que apila la derecha local. Y mientras discuten entre ellos por las consecuencias de los despidos en Virreyes, tendrán que hacerse cargo en la Rosada, que plantearon en su liturgia la llegada de este desastre.
«La mejor política industrial es la que no existe», no es una frase de Madanes, lo dijo el secretario de Coordinación de Producción, Pablo Lavigne. Tampoco fue el autor de «Yo no compré nunca en mi vida ropa en Argentina, los que teníamos posibilidad de viajar comprábamos afuera», es un mensaje de Caputo.
Madanes no declaró, «No voy a proteger a la industria, porque para hacerlo se la tengo que robar al campo y lo único que genero es un sector adicto al Estado», son palabras de Javier Milei.

Un Gobierno colonial, tan mesadinerista como enemigo de la industria nacional, no admite los resultados de su obra; no recuerda que acaba de firmar un tratado con Estados Unidos, donde les vamos a comprar todos los productos elaborados que necesitemos, a cambio de alimentos y minerales.
En la Argentina sin obrero industrial, no hay trabajo; sin mercado interno, no hay economía real y sin manufacturas nacionales, no existe ni independencia económica, ni soberanía política.

Mientras el Gobierno nacional cosecha su siembra, niega los efectos devastadores de sus políticas anti industriales durante poco más de dos años. «No sabe, no contesta», sobre 21 mil unidades productivas menos y casi 300 mil puestos de trabajo perdidos. Finge demencia, mientras sabe que el proceso acelera hacia el abismo tan temido y se desespera. Y la prueba más concreta de su cable a tierra con la realidad que generó su proyecto de destrucción, es la reforma laboral destinada casi con exclusividad a despedir barato.

Vinieron por cuarta vez en medio siglo a desarmar la línea de producción y a derivar toda la guita que hacía operativo al país de sustitución de importaciones, a la timba de Caputo, el campo y los negocios estractivista. Destruyeron el trabajo y paralelamente, los enemigos de la «dádiva populista», crearon cuatro millones de AUH y dos millones de Tarjeta Alimentar; porque sabían que este momento llegaría.
Los datos con los que cerró 2025, no avisaban otra cosa que el desastre que ahora subió al escenario y presagia el final: la capacidad instalada funcionando a un 54% promedio, pero la industria automotriz al 30 y la textil al 35%. Fate, su cierre y los despidos, sintetizan un país con la mitad de sus máquinas apagadas.

Mientras tanto en esta Argentina que importa en cifras récord, tecnología, ropa y tomates, el Gobierno libertario se niega a hacerse el ADN, mientras la crisis que hambrea y condena a la marginalidad, jura que es su hija…

Editorial de Gustavo Campana del jueves 19 de febrero, en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales).