Los grandes cómplices de la reforma laboral, ahora reclaman que respeto

Se acordaron tarde, muy tarde. Gritan ahora, cuando prácticamente ya no hay nada que hacer…. Que tiempos aquellos, en los que la Unión Industrial Argentina, a través de los abogados del estudio de Funes de Rioja, le dictaban al oido a Sturzenegger, la reforma laboral encubierta que engalanaba el DNU 70.
Por entonces, se trataba del titular de la UIA, soñando con terminar lo antes posible con los derechos laborales, que le impedían maximizar ganancias. Era el mismo Funes de Rioja que en pandemia planteó eliminar la prohibición de despidos y la doble indemnización; el mismo que encabezó la lucha contra el etiquetado frontal; el mismo que en su juventud fue asesor del ministerio de Planeamiento de Videla que conducía el general Díaz Bessone y el mismo que fue representante de los empresarios ante la OIT, en la última dictadura.

El domingo pasado, los grandes industriales escucharon a Milei y tardaron 48 horas en reaccionar. Quizás atemorizados a que otros integrantes de la UIA sean bautizados por el presidente como «Gomita» o «Chatarrín». Ahora con casi 30 mil unidades productivas cerradas, reclamaron «respeto» para los que producen e invierten en el país.
Se acordaron tarde, muy tarde. Callaron ante la recesión programada por los libertarios, la baja del consumo ante sueldos pisados y la apertura indiscriminada de importaciones.
Se acordaron tarde, muy tarde. Dos años y casi tres meses después, titularon un documento sin peso político, «Sin industria no hay Nación». Plantearon que desde la Unión Industrial Argentina expresamos nuestra preocupación por la situación de diversos sectores industriales y de distintas provincias». Un texto coberde, donde nunca acusan al Gobierno, ni señalan a ningún nombre propio.

Y se les dio por hablarle con el corazón a los inmorales, que por supuesto, le contestan con el bolsillo en cada medida regresiva, en cada misil que estalla en nuestro aparato productivo: «El respeto es condición básica del desarrollo. Respeto hacia quienes producen, invierten y generan empleo en todo el país. El respeto es el punto de partida para reconstruir la confianza que la Argentina necesita, tanto puertas adentro como frente al mundo».
Sin embargo no dejan de bancar la idea de un modelo neoliberal tan cruel como sea necesario, basado en la baja del salario como variable de ajuste: «La transición hacia un nuevo esquema económico implica un proceso de adaptación profundo, que no es homogéneo ni inmediato». No quieren otra cosa, quieren esto, pero exigen un lugar en los botes del «Titanic». En la Casa Rosada y en el Ministerio de Economía, les contestan «que pena que pusieron una fábrica y no se les dio por un banco, una petrolera, una minera o integran un pool sojero, porque para ellos tenemos todos los salvavidas que sean necesarios».

Desde hace dos años, cada vez que el Gobierno libertario cuando necesita construir un enemigo, apela siempre a la misma estrategia. Denuncia corrupción desde un púlpito oficial y construye una campaña mediática de demonización, con la complicidad de operadores y medios amigos.
La crisis económica que el mismo gobierno creó, hoy está comenzando a matar todo lo que había sobrevivido al industricidio; fundamentalmente a las grandes empresas y necesita una excusa para explicar quiebras y despidos masivos. Entonces llegó el turno para que los empresarios, sean tan mafiosos a través del discurso oficial, como antes lo fueron la «patria contratista» y la obra pública, los trabajadores del Garrahan, los comedores del pobrerío, los rectores de las Universidades públicas, los periodistas ensobrados y la AFA.
Los van a señalar como una estructura podrida e incorregible, mientras los funden con chucherías de «Todo por dos pesos».

Como decía María Elena Walsh, «Andá, contásela en Magoya, la de convoys que nadie te creyó. Discurso de milico o cheque volador,
Estamos hasta acá de cuentos chinos. Andá, cobrásela a Magoya, que pagariola tu desilusión. Y el cuento de que Dios es argentino. Andá corriendo y contaseló».