La batalla comenzó hace 80 años, cuando los bienes más importantes de la dieta promedio de los trabajadores en la Argentina, la lideraban azúcar, papas, yerba mate, leche y productos derivados de trigo y maíz. El consumo de carne vacuna en las décadas del 20 y el 30, era de 80 kilos por habitante; un promedio mentiroso armado por la altísima demanda diaria de la clase alta y la presencia salteada en los platos de la mesa obrera. Tiempos en que los salarios bajos del pobrerío, sostenían la fuerza del saldo exportable.
Hasta ese momento, ningún gobierno había decretado a la carne vacuna, como un «bien social». El peronismo generó a fines de la década del ’40, que la faena aumentara casi un 50% y priorizó el abastecimiento del mercado interno frente a las exportaciones. El consumo anual comenzó a rozar los 100 kilos por habitante. La carne ya no era propiedad exclusiva de la oligarquía, se había transformado en un alimento básico de los asalariados.
La decisión política de un gobierno popular, decretó que en uno de los países productores más importantes del mundo, la carne tenía que dejar de ser un lujo.
Con el regreso de la economía de finales del siglo XIX, el intento libertario por cambiar el paradigma necesita como siempre de un relato que naturalice la pérdida. En la Argentina 2026, la carne aumentó en los últimos 12 meses casi el 74% y el consumo per cápita es de 50 kilos, una cantidad que al productor le asegura un aumento sustancial de sus ventas al exterior.
La semana pasada apareció el presidente de la Sociedad Rural, Nicolás Pino, señalando de la manera más cínica posible, que la queja por el incremento de los precios, es una «reacción exagerada de la sociedad». Y agregó que la sensible baja del consumo de carne, no se debió al aumento de los corte populares, sino al cambio de «costumbres culturales». «Ahora se come más pollo» dijo Pino, olvidando que esa es la opción ante los aumentos, no a una repentina transformación de hábitos nacionales.
Ayer apareció el senador nacional oficialista, Francisco Paoltroni. Formoseño y casualmente productor ganadero. Su palabra transformó a la hipocresía de Pino en una caricia, cuando sentenció que comer carne en la Argentina, «es un lujo, como manejar una Ferrari».
Y después arrancó con frases demasiado superficiales, para un integrante de la cámara Alta, como «hace 80 años la carne en Argentina es la más barata del mundo». Poltroni, creo que justo a usted no tengo que aclararle que somos productores, no importamos vacas y por supuesto que un producto que no insume dólares en ningún paso de la cadena de valor, tiene que ser para nosotros menos costoso que para los italianos. Sucede que usted sugiere, que los que ganamos sueldos en pesos, paguemos en las carnicerías un valor «for export».
«La actividad ganadera quedó diezmada», porque tenemos bajos nuestros precios. No es así, la producción estancada no está a la altura de las circunstancias, entre otras cosas porque desde hace 30 años muchos de ustedes extendieron la frontera de la soja y dejaron de ser ganaderos para pasar a una actividad más rentable, con menos costo de producción. Exactamente lo mismo pasó con la disminución de tambos.
Pero Paoltroni insistió con que la culpa es nuestra: «Hoy nos parecemos un poquito más a la normalidad mundial. ¿Qué es lo que más se come en el mundo? Primero pescado, después pollo, después cerdo y el vacuno es un verdadero lujo. Bueno, hoy en Argentina estamos recomponiendo stock muy despacio. Y eso es lo que hoy cuesta en este hábito de haber comido tanto tiempo mucha carne vacuna».
Paoltroni, la geografía determina la dieta. Comemos en función de la oferta de la naturaleza. Por ejemplo, un valenciano entre las piedras, come pollo y cerdo porque es lo único que puede criar. Come pescado porque se lo da el mar. No ingiere carne todos los días, porque carece de las pasturas milagrosas que tiene la Argentina, esa mixtura de minerales casi inexistente en otra parte del mundo.
Mi geografía es esta y no tengo que pagar la carne argentina, a precio de importanción valenciana.
«Un ojo de bife es un lujo. En el mundo es así. Esto no es gratis», justificó el senador libertario, en su deseo de dolarizarle la carne a los argentinos. «Si vos toda la vida anduviste en Ferrari, sin saber que era un lujo y sí, te puede doler un poco. Pero andar en Ferrari es un lujo. Bueno, comer ojo de bife en el mundo es un lujo». Y casi como una amenaza, sostuvo que «el lomo va a ser para pocos como en cualquier lugar del mundo, porque la Ferrari también es para pocos».
Poltroni, si cargo nafta en Kuwait, me va a salir más barato que en Francia. Si como bacalao en Noruega, será más barato que en Austria. Una botella de agua mineral en el desierto, suele ser un poco más cara que en Montevideo.
Materia prima y geografía, cuando van de la mano bajan los costos; pero cuando son incompatibles, los precios suben porque el producto viene por barco.
Un 10 habilidoso de potero, esos que la pisan, gambetean y marcan la diferencia; es un producto sudamericano que cotiza muy bien donde «natura non da». Según usted, Diego y Messi alteraron el orden mundial, porque en el resto de las selecciones no se consigue esa materia prima y como con las vacas, ellos en la cancha y nosotros en la tribuna, tenemos la culpa de ser argentinos…

