Aquel 10 de septiembre fue lunes. La dictadura decretó asueto escolar y desde temprano, la Plaza de Mayo se llenó de adolescentes. Esa mañana Videla salió al balcón vestido de civil y con sus pulgares en alto, saludó a la multitud. Tuvo su plaza de la mano del fútbol, porque ese día la selección juvenil que había logrado el título Mundial, era traída de apuro desde Tokio. Vuelo a Brasil, luego a la Argentina en un avión militar de la dictadura amiga. Desde Ezeiza a la cancha de Atlanta en dos helicópteros del Ejército y más tarde a la Rosada.
Todo esto sucedía, mientras familiares y sobrevivientes del terrorismo de Estado, declaraban ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en la oficina de la OEA de Av. de Mayo al 700. Los móviles de Radio Rivadavia, capitaneados por José María Muñoz, arriaban a la gente para demostrarle a los «subversivos», cuál era el verdadero país.

