Asistimos al momento más bochornoso, de nuestra historia democrática. Fuimos testigos de la degradación total del sistema y reafirmamos, aunque ya es redundante a esta altura del partido, la incompatibilidad de la derecha con la República. El insulto como parte de su arsenal decadente contra cualquier opositor, perdió la efectividad de la campaña del 23. La violencia discursiva, ya no alcanza para tapar la inexistencia de un plan de crecimiento y desarrollo. El relato, ya no es un placebo efectivo para bancar tanto dolor social.
Un standapero brotado que esta vez le agregó un poco más de violencia a su rutina gastada, el tío borracho que manotea el micrófono al final del casorio, el panelista delirante que instala en cámara un personaje patotero y todas las analogías que se nos ocurran en esta sintonía. En cada grito desmesurado que pretendió contagiar épica, quedaron desnudas todas las debilidades políticas del oficialismo. En cada insulto que supone fortaleza, el Presidente de un país imaginario le contó entre líneas a su gente, esa multitud fantasma que ayer no fue a la plaza, el final ruinoso del cuentito que por ahora sostiene el relato.
No hubo medidas para terminar con la crisis, porque el cinismo del oficialismo la niega; aunque la defensa explícita que hizo de los planes sociales, desnuda que su plan sembró ajuste y cosechó hambre.
Superó a Carlitos con lo de la estratósfera, cuando dijo que la minería podría crear en la Cordillera, un millón de puestos de trabajo. Festejó la invasión de importaciones, el industricidio y los despidos.
A la aburrida repetición de la herencia recibida, le volvió a subir el volumen, para mentir descaradamente diciendo que asumió entre cifras peores a las de 2001. Reafirmó su enemigo interno, en la suma de kirchnerismo más izquierda.
La novedad del libreto, fue sumar el condimento de Donald Trump como benefactor de la democracia argentina; frenando el año pasado un golpe de Estado que se había instalado en las puertas del palacio. Licencia poética imperfecta, que intentó dibujar con esa épica constitucional, los salvatajes económicos que mantienen a flote a un país quebrado por el neoliberalismo.
Un paraiso imaginario donde se triplicó el salario medido en dólares, anunciado ante las dos cámaras en el año que por decreto presidencial, se convirtió en el de la «grandeza argentina»
Que pena que el presidente anunció tan tarde, que la «moral» será política de Estado; porque si lo hubiera dicho antes nos habríamos ahorrado Libra, Andis y Nucleoelétrica. Parafraseando a las bombas de Washington sobre Irán, esa «Furia épica» nos habría ahorrado Kueider escapando a Paraguay, Espert ocuparía su banca, la banda de Calvete se habría quedado en el molde, Karina no hubiera pedido el 3% y Reidel estaría en su sillón.
Lástima no haber arrancado con lo del gobierno «moral» el 10 de diciembre del 23, porque ayer una de las que gritaba «tobillera, tobillera», lo hizo de pie, con toda la furia y quizás esa catarata de euforia, le impidió recordar que no pudo asumir como senadora a raíz de una condena en Estados Unidos por llevar un kilo de cocaína bajo el brazo.
El Presidente que alguna vez dijo que metió presa a Cristina, ahora adelantó los próximos fallos en su contra. El emperador gritó a metros de los Supremos, como si fuera una primicia de un canal de noticias del «poder real», que ella seguirá presa por Cuadernos y Memorandum. Y en su afán por conservar el espíritu enriquecedor del disenso, soltó aquello de «me gusta domarlos», «me gusta hacerlos llorar». Presidente no es un cantito tribunero, es la historia la que dice que «a pesar de las bombas y los fusilamientos, los compañeros muertos, los desaparecidos, no nos han vendido». Y usted cree que si ellos no pudieron, ¿ustedes podrán? Envidio su optimismo.
Por último, no se si es parte de un plan o apenas la consecuencia de la suma de agresiones al Parlamento, pero desde aquel tristemente célebre primer día, cuando le dio la espalda en su discurso, está degradando al Congreso a toda velocidad. Convirtió la casa del debate, en un pelotero para adultos, en un tablado para contar chistes sobre la oposición. Y en esa acción libreteada, se llevó puesta a una de las porciones más grandes y simbólicas de la democracia. El Topo vino por el Estado y fundamentalmente por el país de un hombre, un voto. Seguramente algunos expliquen a Milei desde la insatisfacción que genera un sistema secuestrado por el poder; pero la democracia torturada por sus verdugos, no tiene la culpa.
PD: Dos cosas. Señor presidente, Cíclope no era un tipo y no se está a la altura de las circunstancias, solo por discursear parado arriba de un escalón para parecer un poco más alto…

