El camino de regreso a casa, nunca fue simple. Siempre resultó complejo y demasiado doloroso. Al costado de la ruta, muerte y hambre resumiendo un tormento que cuando llega, se queda con nosotros hasta el final; porque ante desgarros de ese tamaño, a la reparación no le queda otra que ser incompleta.
Antes de comenzar la travesía para volver a empezar, en medio de una noche que parece eterna y sufriendo la crueldad del enemigo en tiempo real, la posibilidad del retorno a veces pareció imposible. Un sueño prohibido.
Lo mismo le pasaba a mi abuelo valenciano, al contarme historias de amigos a los que no volvió a ver. Cuando le preguntaba por ellos, Don José que era pura ternura, contestaba seco y tajante: «estarán todos muertos». «No abuelo, dejate de joder tienen tu edad…» y el volvía con ese certificado de defunción, que documentaba la muerte de una parte de su corazón. Me costó un rato entender, que como la vuelta era una ilusión imposible, el «gallego» decidió quedarse con el recuerdo de aquellas sonrisas que rompían la dureza de la mina en la montaña.
Nuestra historia custodia un dato que suelen olvidar algunos propios y del que se ríen todos los extraños. Volvemos, «rotos pero enteros», como decía Benedetti. No abandonamos la pelea. Quien haya creado la vida, parece que nos construyó omitiendo la facultad de la rendición.
Hace más de medio siglo, Marechal les avisó a los nuestros que solemos aparecer de nuevo para cumplir el mandato de ocupar el «escenario vacío» en el que se convierte la Patria, mientras nos espera. El «poeta depuesto» anunciaba como profeta, que toda la «potencialidad vacante» de un país que confía en su pueblo, nos abraza para que nos hagamos cargo de esa Argentina que «padecemos orgullosamente».
Nunca fue fácil, pero jamás imposible. Nunca se presentó como un deseo, fue siempre una obligación. Y de pronto, aquello que pintaba lejano, se transforma en impostergable y cercano.
Sin medir cuántas derrotas hayamos convertido en triunfo, el sufrimiento modelo 2026, a millones les parece inédito. Sin embargo, Argentina es una experimentada coleccionista de dolores.
La primera resurrección llegó después de 300 años de oscuridad, con geografía ocupada, identidad domesticada, cultura subordinada y lenguas prohibidas. Teníamos en nuestras manos un diccionario sin victoria, con riquezas saqueadas y pueblos esclavizados.
«Hasta aquí hemos tolerado esta especie de destierro, en el seno mismo de nuestra patria. Hemos visto con indiferencia por más de tres siglos, inmolada nuestra primitiva libertad al despotismo y tiranía de un usurpador injusto que degradándonos de la especie humana, nos ha perpetuado por salvajes, mirados como esclavos. Hemos guardado un silencio bastante análogo a la estupidez que se nos atribuye, sufriendo con tranquilidad, que el mérito de los americanos haya sido siempre un presagio cierto de su humillación y ruina» (Bernardo de Monteagudo, 25 de mayo de 1809, rebelión de Chuquisaca).
Cuando el pueblo toma de la solapa a la utopía, la sienta de prepo en una silla para convertirla en realidad. Millones de proscriptos y censurados regresan del olvido en ese instante y se rompe el silencio al que fueron condenados. Algunos sentenciados antes de nacer.
La fuerza incontenible del proyecto colectivo, es lo más parecido a la verdad; es una certeza que protege el recuerdo de los veteranos y el descubrimiento de los pibes. Una herramienta que sostiene en cualquier estación, a los que confirman o construyen su identidad, un tesoro del pueblo sobre el que se paran los anónimos, cuando se juntan para imponer condiciones al poder real.
Que un presidente señale el cuadro y diga «proceda», es tan imprevisto para la «funeraria solemnidad del historiador», de la que hablaba Girondo; como un 17 cocinándose a fuego lento en el «subsuelo de la patria», al que bajó Scalabrini.
Sin embargo, es muy cierto que en el mismo momento en que la derecha se queda con la Casa Rosada y el capital es gobierno y poder al mismo tiempo, todo lo que hasta 24 horas antes de la instalación de ese monopolio del destino era obvio y cotidiano, se transforma por decreto de necesidad y urgencia en quimera. La democracia comienza a transformarse hasta nuevo aviso, en un trámite burocrático; porque la construcción de sentido que reina, obliga a que los sueños más nobles sean diagnosticados como arrebatos irracionales. El sistema pasa a ser un escenografía de baja intensidad, chiquitito, casi imperceptible, solo destinado a la administración de la profundización de la crisis.
La fatídica modificación de la Ley de Glaciares, nos obligó en pleno siglo XXI a discutir la importancia del agua. Pido perdón a las generaciones futuras, pero la realidad conmueve por su involución.
Por la ventana indiscreta que abre la tele en cualquier familia indefensa, un tal Enzo Fullone. Un tipo al que la suerte que es «grela» sentó en una banca libertaria en el Senado, para jurar con todo su negacionismo a cuestas, que «los glaciares son rocas congeladas que no sirven para nada». Y en ese preciso instante, el final parece cercano. El estadista rionegrino, cosechó una frase de la semilla plantada por la última dictadura con el marino Bardi, diciendo que el problema de la juventud argentina «es un exceso de pensamiento» o prohibición de libros sobre cubismo, creyéndolos castristas. Fullones es hijo discursivo de Carlitos con su viaje la estratósfera o quizás, pariente dialéctico de Macri, cuando el ingeniero explicó las inundaciones en el Litoral de fines de 2015, con aquello de «en algunos lugares falta el agua y en algunos sobra».
Cuando esta profundidad se hace cargo de la Argentina, aunque sea por un ratito, es cierto que parece que estamos a metros del abismo; pero no es así.
Antes de Fullone, debatimos la importancia de la salud y la educación pública; mientras se ponía en duda la existencia del Garrahan, el Bonaparte y la Universidad gratuita. Lo irracional como discurso reparador para los seguidores del oficialismo, en un número no precisado genera la naturalización de la represión salvaje a los jubilados o que cualquiera que proteste frente al Congreso sea considerado un terrorista que intentó derribar al gobierno. Pasa a ser materia de charla de panelistas, si es bueno o no entregar medicamentos oncológicos o alimentos a los comedores del pobrerío. Inesperados territorios en disputa, que anticiparon antivacunas y terraplanistas.
La obviedad dejará de ser utopía, la reforma laboral será una anécdota venenosa y la manifestación popular recuperará las calles, porque mucho más temprano que tarde «arderá el amor, arderá su memoria; hasta que todo sea como lo soñamos». Gracias Paco.
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