Trump convirtió a Davos en una inmobiliaria y a Gaza en un barrio privado

Trump necesita que todo funcione a su imagen y semejanza. En consecuencia, Estados Unidos impulsa la construcción de una ONU alternativa; un espacio sin pares, solo con mucamos a su alrededor. Un grupo sin democracia, ni siquiera en los términos más formales; atado a los inexistentes valores éticos y morales del líder republicano.

En la formación de esta nueva «Liga de la Justicia», las ausencias en Dabos fueron muchísimo más importantes que las presencias. No estuvieron los integrantes del Consejo de Seguridad de la ONU, tampoco ningún país europeo, ni Canadá, China, Rusia, India, Brasil, México y Sudáfrica. Tampoco fue Zelenski, porque dicen que el segundo objetivo del Consejo será Ucrania.
Pero para compensar estos casilleros vacíos, estuvo el empresario norteamericano, Jared Kushner, el yerno de Trump. El esposo de Ivanka, está al frente de un fondo de inversión que maneja billetes de Medio Oriente. Un hombre que no pertenece al organigrama del gobierno yankee, fue quien explicó como si fuera el canciller, cómo será la reconstrucción arquitectónica de Gaza. Habló de levantar sobre el Mediterráneo un puerto, un aeropuerto, instalaciones industriales y turísticas. Por lo tanto, Trump convirtió a Davos en una inmobiliaria y le anunció a los futuros compradores de las parcelas, las características del nuevo barrio privado.
Buena parte del mundo estuvo ausente con aviso, porque la Casa Blanca puso como requisito invisible en la solicitud de ingreso, que en este «club de amigos» no se respeterán los parámetros de derechos humanos de las Naciones Unidas. Ni siquiera los aspectos eternamente teóricos, esos que nunca son realidad.

Donald comprende que para ser el nuevo dueño de la Franja de Gaza, no alcanza con firmar un decreto. Washington sabe que habrá más muertes y que para intentar conseguir que Palestina se transforme en un paraíso qatarí con turismo de alta gama, tendrá que entrar a sangre y fuego para rematar lo poco que queda vivo en la región. El Consejo no es otra cosa que una sociedad, en la que los países satélites se encargarán de juntar los cadáveres y colaborarán en esta operación, con silencio y obsecuencia.
Para liderar esta iniciativa, el republicano impuso una condición no negociable: transportar a la política internacional, el espíritu que impera en el trabajo de su Servicio de Inmigración. Sus objetivos no tendrán límites, los puntos del planeta que elija serán zonas liberadas, todo estará permitido para terminar con el enemigo y ante lo indefendible, siempre reinará la impunidad en nombre de la paz.
Una muy mala noticia para Javo: Maquiavello está más vivo que nunca, porque para Trump el fin siempre justificará los medios.

Para garantizar ese standard siniestro, cualquier nuevo pseudo organismo lo tendrá que tener al frente al dueño del Salón Oval, ostentando una condición monárquica. Esa imposición redujo fuertemente la cantidad de Estados dispuestos a consagrarse ante el resto del mundo, como su cuerpo de baile.

El occidente que dice representar, ayer abandonó al estadounidense en su cruzada contra Rusia y China. En el nacimiento del Consejo, el mapa de su pretendido «imperio occidental», quedó sintetizado en la lealtad ilimitada de Argentina y Paraguay.
Juntaron en el documento inicial, a representantes de países con cero tradición democrática y otros muy lejanos al código del «poder blanco» que Trump sintetiza: Kazajstán, Arabia Saudita, Jordania, Qatar, Bahrein, Marruecos, Emiratos Arabes, Bielorrusia, Azerbaiyán, Indonesia, Turquía, Egipto, Armenia, Uzbekistán, Hungría Vietnam y Pakistán.

Pusieron como excusa de la ausencia de Netanyahu, a la orden de captura de la Corte Internacional de Justicia de La Haya; pero no hay que restarle peso, a su negativa a ser la Corina Machado de la futura Franja de Gaza…

Editorial del viernes 23 de enero de Gustavo Campana, en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales).