La última vez fue el 17 de enero de 1991. Cuatro palabras, pronunciadas por el primer presidente neoliberal de la era democrática que comenzó en el 83, para sellar su compromiso con la invasión de Estados Unidos a Irak: «Argentina está en guerra».
Sin cumplir con la obligación constitucional de la autorización del Congreso, Menem generaba la prueba de amor que dos meses después, instaló durante 11 años la ficcional paridad de un peso un dólar. Un musulmán que se convirtió al catolicismo para asumir la presidencia y que fue enterrado en el cementerio islámico de San Justo; se sumaba a un ataque a Medio Oriente, para demostrar que lo de las «relaciones carnales», no era joda.
Ayer en la Universidad judía de Yeshiva de Nueva York, el cuarto neoliberal en la Casa Rosada, habló irresponsablemente de un país en guerra. Un católico que paralelamente dice ser judío, confunde sus ganas adolescentes de ser la estrella 51 de la bandera de los Estados Unidos, con las obligaciones institucionales del cargo que representa.
«Vamos a ganar» y «Son nuestros enemigos», encabezaron el discurso del emperador, que decretó que somos la «barra brava» que aguanta los trapos con las caras de Trump y Netanyahu. Su alianza personal con Estados Unidos, está atada a los 45 mil millones de dólares que vía el FMI, el Tesoro y los verdes que puso Bessent para frenar una corrida cambiaria, le regalaron la victoria de octubre pasado. Milei siente el peso de la deuda política que tiene con la Casa Blanca y su sobreactuación nos convierte en un protectorado virtual de los Estados Unidos.
El presidente argentino mira al norte y si su Dios, no pidió autorización al Capitolio para invadir Venezuela y secuestrar a su presidente en enero y tampoco lo hizo para bombardear Irán en febrero; él se siente autorizado en su carácter de franquicia en América del Sur, a copiar su estrategia antidemocrática.
Lo de ser el presidente más sionista del mundo, termina de redondear la imagen de este monstruo de dos cabezas; porque su diccionario no explica esa postura desde su apoyo a un Israel con derecho a ser nación. Su lealtad no es religiosa, es política. Su deseo no termina en establecer un estado judío en la Tierra Prometida; su sociedad es con la ultraderecha israelí, que pretende borrar de la faz de la tierra a Palestina. Su fanatismo ideológico, no conoce la palabra paz.
Habló de su orgullo sionista desde el cargo que ocupa, no como panelista de televisión provocador. Es el mismo sentimiento que siente por Thatcher, sin haber expresado jamás su orgullo por los ex combatientes. Es el orgullo que nunca apareció como parte de su argentinidad, es la parte más oscura de su corazón, la que jamás ofreció para hablar de la épica independentista de nuestro pasado, de nuestra riqueza cultural, del pueblo trabajador, de los científicos argentinos, de nuestros médicos, de nuestros maestros.
El Topo sigue rompiendo todo lo que encuentra a su paso, no solo al Estado. Su segunda víctima fue el sistema democrático. Y ahora está intentando convertirnos en una colonia con dos dueños, a los que les ofreció el futuro de la Argentina, a cambio de un salvataje millonario que oculte su estrepitoso fracaso económico.
Editorial de Gustavo Campana del martes 10 de marzo, en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales).

