El sistema carcelario es uno de los campos minados más difíciles de desarmar, que la última dictadura le dejó a la democracia. Unidades y comisarías, transformadas en centros clandestinos de detención en todo el país; moldearon en los años ’70, a la generación de oficiales que ocupó puestos de conducción a partir de mediados de la década siguiente.
Pero en los primeros 30 años de democracia, solo se produjeron modificaciones muy leves. Los cambios más profundos, se dieron en la infraestructura que se pensó y levantó, sobre el imperio del Estado de Derecho. Se puede planificar el destino de los ladrillos, pero es imposible terminar por decreto, con el espíritu represivo de una fuerza moldeada bajo el concepto del “enemigo interno”.

