El 21 de noviembre de 1990, Iberia se hizo cargo de Aerolíneas. Hasta la venta en 1994, el Estado como socio de la empresa española, conservó la acción de oro; lo que le permitía tomar decisiones estratégicas. En el marco de una renegociación para inyectar capitales, Cavallo selló «una privatización dentro de la privatización» y le regaló esa acción a Iberia. Fue la sentencia de muerte, para una de las empresas más importantes del país.
Cuando los españoles manejaron la herramienta de control más importante, vendieron las oficinas en Nueva York, Alemania, Roma y París; rifaron el centro de instrucción de vuelo con simuladores (único en Sudamérica); trasladaron los talleres de Ezezia a Madrid; vendieron casi toda la flota de aviones; reprogramaron rutas y horarios en beneficio de Iberia y cancelaron los vuelos intereuropeos que manejaba Aerolíneas con los cuales se operaba todo el transporte de carga.

