El sheriff del planeta busca llegar a las elecciones de medio término en noviembre, las que por ahora está perdiendo por paliza en las encuestas, robusteciendo su costado más autoritario y provocador. Invita a lo Reagan, con gestos que Milei calificaría como «patrioterismo barato y berreta», a terminar con los peligros que amenazan al futuro de la reserva moral del mundo libre. Y aunque ya sea muy tarde para recuperar votos perdidos, lo intentará fiel a su naturaleza.
Primero inició el segundo capítulo de la guerra en Medio Oriente y después de gastar 45 mil millones de dólares en una derrota ante los iraníes, dice que necesita que la Cámara de Representantes y el Senado, le entreguen 67 mil millones de dólares más, para poder firmar el empate lo antes posible. Si no logra abrir el estrecho y que el precio internacional del petróleo baje lo más rápido posible, el mundo lo señalará como el culpable de una crisis energética que promete ser gigante y que hasta fines de febrero, era totalmente evitable.
Ayer resucitó la guerra comercial con China, la que cajoneó después de invadir Venezuela, tirar misiles sobre Teherán y prometer mandar a sus soldados a quedarse con Groenlandia, México, Colombia y Cuba. Trump sabe que no tiene otro camino. Perdió el liderazgo por la supremacía científica y tecnológica y busca quedarse a punta de pistola con los mercados en los que Beijing coloca sus productos. Para esto y con hipocresía de máxima pureza, resucitó la Ley de Comercio de 1974. Reitero 1974, por lo tanto, teléfono para nuestros libertarios que generaron una reforma laboral esclavista, porque los convenios del 75 eran parte del guión de «Jurassic Park».
Donald anunció que a partir de hoy entraron en vigor nuevos aranceles a la importación de entre el 10% y el 12,5%, contra un grupo de 60 socios comerciales, que representan el 99,4% de las importaciones estadounidenses. Entre ellos se encuentra la Argentina de Milei, la que no ecibirá «una rebaja compañera» como se apuraron a definir las usinas del oficialismo, porque el mismo porcentaje cayó sobre una decena de países encabezados por México.
¿Cuál es el argumento del republicano, que le sirvió en bandeja el artículo 301 de la Ley de Comercio votada hace 52 años? La prohibición de importar productos elaborados con trabajo forzoso. Casi lagrimeando, el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, dijo que «el presidente Trump reconoce que décadas de persuasión moral no han erradicado el trabajo forzoso de las cadenas de suministro globales. EEUU mantiene una prohibición de importación de productos elaborados con trabajo forzoso desde hace casi un siglo y la aplica rigurosamente; ya es hora de que nuestros socios comerciales hagan lo mismo».
La medida apunta con una sobredosis de cinismo Trump, a corregir «lo que constituye una violación de los derechos humanos y una práctica comercial distorsionadora». Bajo el argumento de «mejorar el bienestar de los trabajadores en todo el mundo», lo único que busca la Casa Blanca, es reactivar la guerra comercial con China, castigando a los países que importen productos provenientes del gigante asiático.
Es el argumento de una película bizarra donde se mezcla el odio a los amarillos después de Corea y Vietnam y por supuesto, todo el arcenal cultural que desplegó Washington, durante la «Guerra fría». La propaganda yanqui, basada en un viejo informe de la agencia agencia Bloomberg, dice que los productos chinos son baratos y de poca calidad, porque la jornada laboral es de 12 a 17 horas diarias y eso le cuesta a la humanidad, 600.000 muertos al año.
Las leyes chinas establecen un límite de 8 horas diarias y de 40 a 44 semanales, con al menos un día de descanso cada siete días. El pago de horas extras contempla el 150, 200 o 300%, teniendo en cuenta si el día laborable, de descanso o feriado festivo.
Las horas extraordinarias deben limitarse a una hora diaria y en circunstancias especiales, deben tener un límite de tres horas diarias, «siempre que la salud del empleado no se vea afectada y el total mensual de horas extraordinarias no supere las 36 horas».
Según las leyes vigentes, el empleador chino deberá proporcionar «un entorno de trabajo seguro y saludable, así como medidas de protección contra los riesgos laborales»; el pago de las vacaciones, los aportes jubilatorios y la indemnización por despido.
La gran pregunta es cómo defenderá esta medida en Buenos Aires, un oficialismo que hace cinco meses, aprobó terminar con todos los derechos laborales conseguidos a lo largo de un siglo de pelea sindical y política; cambios regresivos que en algunos puntos regresó nuestras condiciones laborales a finales del siglo XIX y que en los artículos menos venenosos, nos obligó a viajar a principios del siglo XX.
Editorial de Gustavo Campana del viernes 24 de julio en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales)

