Cuando vivíamos en el «yotivenco» de 24 de noviembre e Independencia, mi vieja me llevaba a la Plaza Martín Fierro. Su calesita y su caballo blanco, eran un destino obligado cada vez que llegábamos a esa inmensidad verde para mis ojos, que apenas estaba a seis cuadras de casa.
Estuvimos en esa entrañable pieza repleta de goteras, con cocina de madera en el patio y baño compartido con otras dos familias, desde el 67 hasta mediados de 1968. Ese tiempo inolvidable con «Piluso» y «Batman y Robin» en la tele, como grandes protagonistas de las tardes, más el patio largo de soldaditos y pelota, fueron gran parte de mi vida hasta los cinco años.
Los recuerdos apilan desde una feroz represión en Psicología, refugiados en la lechería que estaba enfrente de la Facultad; Racing campeón del mundo en medio de un «Sábados circulares»; las películas en el cine Boedo y por supuesto el Gasómetro, aquel coloso de hierro y madera que por entonces, amasaba la gran transformación de los «Carasucias» en «Matadores».
Mucho tiempo después supe que la «Martín Fierro», ese paraíso de mi infancia que ensanchaba la «zapie» que era living y dormitorio para tres, había sido escenario de una de las luchas obreras más importantes de nuestra historia; pero también de una de las batallas más largas y crueles de todas las que dieron anarcos y socialistas, contra una patronal cruel y perversa.
En los talleres metalúrgicos Vasena, comenzó aquella «Semana trágica» que se extendió del 7 al 14 de enero de 1919. Los laburantes reclamaban una jornada de trabajo de ocho horas, cuando estaban 11 por día al pie del cañón en la fundición y solo franco los domingos.
Más o menos 2.500 trabajadores, entre carboneros, foguistas y fundidores; con mucho peso en la Federación Obrera Regional Argentina. Ese mundo de explotación, fundado por el tano Pedro Vasena, después fue controlado por capitales británicos, pero con la familia creadora gerenciando el establecimiento. Pedro murió en el 16 y la conducción quedó en manos de su hijo Alfredo.
Cuando estalló el conflicto del verano de 1919, apenas dos años después de la revoluta bolchevique, Vasena lejos de escuchar las demandas, armó un ejército de rompehuelgas para terminar con la «insolencia obrera». Rápidamente se consumió la mecha y estalló el desastre. Hipólito Yrigoyen puso al frente de la represión al general Luis Dellepiane («un escarmiento que se recordará durante 50 años»). Actuaron Ejército, Policía y bomberos. A las ametralladoras en las esquinas y a los sablazos de los «cosacos», se sumaron las armas largas de los pitucos fascistas de la Liga Patriótica de Manuel Carlés. Era la patota del grupo que nació en el Centro Naval como la Comisión Pro Defensores del Orden; donde anidaban militares, curas, empresarios y conservadores.
Los muertos, algunos asesinados en sus casas, fueron entre 700 y 800. Los heridos casi 4 mil y más de 50 mil detenidos en todo el país que se levantó solidario con sus compañeros. La geografía de la pelea, no solo fueron las barricadas alrededor de la planta. La Liga se escondió en muchas iglesias de la Av. Corrientes, por donde pasaron los cortejos fúnebres rumbo a Chacarita y cuando las familias llevaban a sus difuntos al cementerio, salían de los templos y seguían multiplicando muerte.
El 20 de enero, los trabajadores nucleados en la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos, regresaron a la línea de producción pero con una jornada de ocho horas. Victoria de los masacrados y de los sobrevivientes. Tesoro para todas las generaciones futuras.
El gobierno radical generó una reunión clave, cuando sentó en una mesa de diálogo a los laburantes con Alfredo Vasena y el embajador inglés. De ese gran anticipo de las paritarias futuras, salieron aumentos de sueldo con piso de 20 y techo del 40%, de acuerdo a las categorías; domingos 100% de aumento, eliminación del trabajo a destajo y ninguna represalia contra los huelguistas.
Las muertes no acabaron en Vasena. Los 1.400 fusilamientos en la Patagonia (1921-1922), para terminar con peones que pedían un botiquín en inglés y castellano, velas y mantas y la masacre de La Forestal (1921) que dejó 600 trabajadores asesinados, completan un triángulo donde como actor principal o secundario, siempre estuvo Londres.
La jornada de ocho horas se convirtió en ley, a través de la 11.544, sancionada y promulgada el 12 de septiembre de 1929.
El 18 junio de 1945, 319 entidades de la industria y del comercio, firmaron un documento que pedía control social a través de la represión estatal: «Desde 1919, el país ha vivido dentro de una casi perfecta tranquilidad social». Hablaban sin culpas, de aquel enero que recordaban virtuoso. El capital quería volver a los crímenes aleccionadores que dejó aquella masacre, sin saber que la historia había programado el 17 de octubre.
En la previa de las elecciones del 51, en el diálogo final de Discépolo con Mordisquito, Enrique le dijo al «contrera»: «Mirá si vos hubieras estado en la Semana Trágica como yo y como tantos, en Cochabamba y Barcala. Mirá si hubieras visto morir primero a aquellos cinco, luego a cientos y masacrar judíos por una ‘gloriosa’ institución que nos llenó de vergüenza. Quizás no hubieras formado nunca más, parte de ese partido que integrás por amor propio y por ignorancia de tantos hechos delictuosos, que son los que empezaron a preparar la llegada de Perón y Eva Perón. En un país milagroso de rico, arriba y abajo del suelo, la gente muerta de hambre».
Casi medio siglo después, como una estela de aquel verano a sangre y fuego, Adalbert Krieger Vasena, nieto de Alberto, fue ministro de Economía y Trabajo de la dictadura del general Onganía. Algunas cosas no viajan en el ADN, pero la Argentina puede demostrar a través de ciertos árboles genealógicos, que la ciencia a veces se equivoca…
La patronal viene por la revancha 107 años después y pretendiendo terminar con todos los derechos que costaron tantas vidas. A soñar con volver a las 12 o 14 horas de esclavitud por pedido del FMI, lo bautizaron pomposamente «Reforma laboral»; a volver al siglo XIX, le dicen modernización y a ser dueños de la vida del otro, lo titularon destino.
Creen que pueden terminar para siempre con el movimiento obrero, para debilitar la fuerza de la negociación colectiva y abrir una era de despidos baratos. Sueñan con un país sin recibo de sueldo.
A principios de los 40, la demolición de la fábrica intentó borrar la historia, sin comprender que hay cosas que no mata la muerte. En aquella querida plaza del barrio de San Cristóbal, una placa dice en los restos de la fábrica: «Estos muros pertenecen a la construcción original de los Talleres Vasena. Aquí se produjeron parte de los sucesos de la Semana Trágica».
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