Mientras esperamos que regrese, que la verdad ocupe el lugar de la justicia

Pasaron siete décadas de impunidad, de silencio cómplice para ocultar a los culpables que fusilaron en nombre de un golpe de Estado y murieron sin condenas. Demasiadas generaciones sufriendo sin saberlo, el resultado que genera la oscuridad de los libros de historia mutilados. Y rompiendo el muro que levantó el «poder real» para encarcelar al pasado, primero el libro de Walsh y después la película del «Tigre» Cedrón, para documentar lo que la historia oficial se negaba a decir.

En esa línea de tiempo, apenas dos días entre las 25.550 páginas del almanaque amnésico. Dos instantes fugaces, en ese lapso de mentiras y negacionismo. Primero, el 23 de marzo de 2007, cuando Néstor recibió en su despacho de la Casa Rosada a Juan Carlos Livraga y sentó en el sillón presidencial al «fusilado que vive». Acto reparatorio, mucho más que simbólico. Y finalmente, el 11 de mayo de 2023, cuando Livraga a los 90 años fue recibido por Cristina en su despacho en el Senado.
Livraga es el relato que le dio vida a «Operación masacre». Un colectivero de 24 años, la noche del 9 de junio de 1956; cuando fue arrancado por la Bonaerense de la casa de Hipólito Yrigoyen 4519, en Florida (Vicente Lopez). En la radio la voz de Fioravanti pintando la pelea del zurdo Lausse contra el chileno Loayza, por el sudamericano de los medianos. Una transmisión que nunca se interrumpió para emitir la proclama del levantamiento del Gral. Valle, que iba a señalar el fin de la dictadura de Aramburu.
Se llevaron a los 12. Primero a la segunda de Florida…

-¿Nombre y apellido? (pregunta el policía).
-Juan Carlos Livraga…, con V corta.
-¿Edad?
-24.
-¿Qué hacía en esa casa?
-Estaba escuchando la pelea.
-¿Cómo llegó ahí?
-¿No le dijo Rodríguez? Nos encontramos por casualidad y me dice: ‘¿Vamos a escuchar la pelea?’. Y fui.
-¿Usted es peronista?
-Oiga, ¿qué me quiere decir con eso? Yo no soy nada. Yo soy hincha de Lausse, nada más.
-Entonces, ¿por qué se metió en una revolución?
-A mi no, eh… A mi no me venga con esa. Yo no se nada. Yo nunca estuve en política. Yo nunca estuve en un sindicato. Es la primera vez que piso una Comisaría. Yo de mi casa al trabajo y del trabajo a… Quiero decir… Yo fui a escuchar la pelea nada más.

Mataron a cinco de los 12, en un basural de José León Suárez; pero en la Penitenciería, en La Plata y en Lanús, las ejecuciones fueron casi 30.
Los pelotones de fusilamiento, entre el 9 y el 12 de junio, representaron a la República ausente; era la civilización asaltada por la barbarie vestida de fiesta. Fueron asesinados generales, coroneles, mayores, tenientes, un cabo músico, un suboficial de maestranza, trabajadores ferroviarios, metalúrgicos, un policía retirado, empleados públicos… Todos hombres indefensos, sin acusación, sin juicio, ni condena.
Hasta que ayer en los Tribunales de San Martín, el Juicio por la Verdad probó el secuersto, los crímenes y la tentativa de homicidio sobre los siete que sobrevivieron. La jueza Alicia Vence, ordenó meidas reparatorias y declaró la responsabilidad de Aramburu y Rojas y de los jefes policiales.
«Existió responsabilidad del Estado argentino, en el proceso de planificación, ejecución y encubrimiento de los fusilamientos».

«La pobre gente no muere gritando ‘Viva la patria’, como en las novelas. Muere vomitando de miedo, como Nicolás Carranza, o maldiciendo su abandono, como Bernardino Rodríguez.
Como la paz no es aceptable a cualquier precio, siempre habrá en germen para nuevos levantamientos y para generar nuevas olas de insensata revancha» (Rodolfo Walsh, epílogo de la primera edición de «Operación Masacre»).