Primero el silencio de Cancillería ante un buque inglés en aguas argentinas; mutismo que reción rompieron hoy después de tres días. Luego la ministra de Seguridad diciendo a dúo con la FIFA, que banderas o remeras con mensajes sobre Malvinas serían una «provocación». El mismo día del partido, apareció el presidente de la Nación autorizando a una empresa inglesa a explorar petróleo en el Atlántico sur. Ayer el gobierno decretó el feriado para sus gerentes y parece que solo estuvieron presentes, para que alguien ordene la represión a los jubilados. Y para hoy, el sueño libertario tenía en el menú la aprobación en el Senado de la extranjerización de la tierra, para herir de muerte a la soberanía nacional; pero postergaron para agosto.
En ese marco de hostilidad de los que gobiernan un país que odian, los goles azules desplegaron un trapo blanco en el que un aerosol negro dijo: «Las Malvinas son argentinas». Y después de la victoria inolvidable, en todas las plazas del país reinó la misma consigna; inclusive en pueblos arrasados por el voto libertario en el 23 y en el Obelisco vallado se gritaba, «Las Malvinas son argentinas».
El fútbol por necesidad, simplifica la identificación del enemigo deportivo. Por si hace falta y para saber quiénes son, el reglamento ordena que los de enfrente, tienen otra camiseta, otros colores. El fútbol coincide con el Belgrano desobediente de 1812: «No se puede pelear con un tipo que tiene la misma bandera que yo».
En la Argentina deshistorizada por orden del «poder real», reina el negacionismo de las vueltas olímpicas que dieron los gobiernos populares en los últimos dos siglos y reina el odio por la política con sentido de eternidad. El gran trabajo del monopolio de la palabra, fue maquillar y disfrazar al enemigo, convetirlo en el anfitrión de la hipócrita «revolución de la alegría» y en soldado de la inexistente pelea «anticasta».
Sin embargo cuando en el horizonte aparece Inglaterra, las cosas se ven más claras. Y en esos 90 minutos, que por supuesto siempre serán un partido de fútbol (tranquilos, que no vamos a cavar trincheras en el área chica), no hay forma de frenar un raro orgullo patrio en los que a veces pierden la brújula. Se hace cargo de esos hombres y mujeres desclazados, un raron sentido de pertenencia que silencia al presidente admirador de Margaret y hasta domina la agenda mediática. Esa porción de la sociedad anestesiada ante la entrega libertaria de la soberanía, se suma con cuidado, en puntitas de pie, sin que lo vean sus jefes y grita «Malvinas». El estallido que generó una bandera en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta, no fue parte de un plan y es una de esas tantas cosas que el establishment no puede mandar a encarcelar.
El final no estaba escrito en la estrategia ni de propios, ni de extraños. El resultado de la rebeldía terminó movilizando tanto a los que sienten que los colores de la bandera argentina también son los de la Selección, como a los que solo reconocen al celeste y blanco en una camiseta de fútbol para disfrazarse se hinchas vip cada cuatro años. Los del modelo de país, fueron desbordados por la necesidad espontánea de la multitud, de gritar ante tanta censura oficial un sentimiento que resiste pese a todo. Los del proyecto de colonia con despacho oficial, se amparan en la formalidad entreguista y piden por estas horas no mezclar, para que la entrega que ejecutan no se manche.
Sin alternativa, sin chances para otra cosa, Milei y compañía tuvieron que salir de la cueva, de la mano de un festejo que los muestra molestos y fastidiosos.
El Mundial terminó siendo una metáfora del oficialismo. Abrió las puertas para que los monstruos salgan a jugar la vicegobernadora racista de Mendoza y después el admirador de Thatcher y su elenco, que se sienten kelpers en la Argentina que regalan.
La tapa de «The Sun» que pudo haber sido escrita por Berti Benegas Lynch, mostró la escena de la bandera en manos de jugadores argentinos y tituló «La arrogancia argie», desde una increíble victimización del invasor, del país que supo liderar el mayor imperio que alguna vez vio la humanidad.
Mientras tanto un Caputo desesperado, anunció una licitación exprés para colocar un nuevo bono en moneda extranjera y refinanciar deudas del Tesoro por 3 billones de pesos.
Desde Olivos, Milei firmó el pliego de designación de la magistrada Ana María Juan, casualmente la esposa de Martínez de Giorgi, el jque durmió a la causa Libra, En el Senado se acomodan las voluntades necesarias para votar el pliego de Víctor Pesino, el juez necesario que salvó la reforma laboral libertaria.
La derecha olvida que la alfombra no es tan grande, para guardar tanta basura y que en algún momento, algo tan simple como inesperado, puede hacer temblar los cimientos del castillo. Por ejemplo, un trapo blanco pintado con aerosol negro, que diga «Las Malvinas son argentinas».

