Los nietos de Videla, se ríen de las víctimas del terrorismo de Estado

«Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en el Río de la Plata por buques de esa fuerza, incluyendo el chico de 15 años, Floreal Avellaneda, atado de pies y manos, ‘con lastimaduras en la región anal y fracturas visibles’ según su autopsia». Los «vuelos de la muerte», en la «Carta abierta de un escritor a la Junta Militar», Rodolfo Walsh, 24 de marzo de 1977.

El 17 de marzo de 1978, Horacio Domingo Maggio, delegado gremial y militante de Montoneros, escapó de la ESMA. Había sido secuestrado por una patota de la dictadura, el 15 de febrero de 1977.
Maggio envió cartas a periodistas, autoridades eclesiales y diplomáticos, denunciando la existencia de centros clandestinos de detención, los secuestros, las torturas, las desapariciones y los vuelos de la muerte.
El 4 de octubre de 1978, fue asesinado por un grupo de tareas. La dictadura también desapareció a su esposa, Norma Valentinuzzi.

La primera vez que la Argentina escuchó sobre los «vuelos de la muerte», fue cuando Sábato habló ante Alfonsín en la entrega del informe «Nunca más» de la CONADEP (20 de septiembre de 1984): «Desde el momento del secuestro, la víctima perdía todos los derechos; privada de toda comunicación con el mundo exterior, confinada en lugares desconocidos, sometida a suplicios infernales, ignorante de su destino mediato o inmediato, susceptible de ser arrojada al río o al mar, con bloques de cemento en sus pies, o reducida a cenizas».

Testimonio de Miriam Lewin, en el Juicio a las Juntas (18 de julio de 1985): «Al principio, cuando una persona era retirada de Capucha, eso lo se por referencia de otros prisioneros, decían que lo pasaban a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Pero después, a raíz de relatos de los guardias y de prisioneros que por error fueron llevados en los traslados y después devueltos, se sabe que a esas personas se les aplicaba un tranquilizante que ellos llamaban Pentonaval, que eran cargados en camiones en el sótano y se rumoreaba, de esto no puedo dar fe, que eran arrojados desde aviones».

El vicealmirante Luis María Mendía fue el autor en 1976, del denominado «Plan de Capacitación contra la insurgencia terrorista de la Armada Argentina», que incluía los «vuelos de la muerte». El Marino reunió a todos los oficiales y suboficiales, en el cine de la Base de Puerto Belgrano, para hablarles de la «muerte cristiana y dulce, porque iban a ser adormecidos», que implicaba arrojar personas vivas al mar, avalados por la jerarquía eclesiástica.
Cuando en 1977, Adolfo Scilingo declaró ante el juez Baltasar Garzón, recitó las palabras de Mendía: «Tenían que morir felices y les ponían música brasileña para que bailaran».
El marino fue condenado en 2005 a 640 años de prisión y dos años después, a 1084 años, por una sentencia del Tribunal Supremo de España, que calificó a los delitos (30 asesinatos en dos «vuelos de la muerte» y detención ilegal), como «crímenes contra la humanidad».

Los secuestrados en la Iglesia de la Santa Cruz, fueron llevados a la ESMA. El 20 de diciembre de 1977, el Atlántico devolvió los cuerpos de aquella operación Astiz, entre las playas de Santa Teresita y San Bernardo. A Azucena Villaflor la enterraron como «NN-masculino» en el cementerio de General Lavalle, hasta que el Equipo Argentino de Antropología Forense la identificó. La historia recuerda el caso, como la primera prueba científica de este método de exterminio.
8 de diciembre de 2005. Las cenizas de Azucena Villaflor fueron sepultadas en Plaza de Mayo. Una de las fundadoras de las Madres, regresaba al punto de encuentro de cada jueves, 28 años después, luego de su secuestro en la Iglesia de la Santa Cruz y el posterior traslado a la Escuela de Mecánica de la Armada. La arrojaron al mar en uno de los vuelos de la muerte en 1977.

El diario La Nación en su tapa del 12 de enero de 1979, tituló “Fue hallada sin vida en el Delta, Elena Holmberg”. La nota decía que “La señorita Elena Dago Holmberg, secretaria de embajada del Ministerio de Relaciones Exteriores de nuestro país, que desapareció el 20 de diciembre último, fue hallada sin vida, según se informó oficialmente». Elena Holmberg, una prima de Lanusse, en los vuelos de la muerte.

Apenas un puñado de historias, dedicadas a la diputada Lemoine y al libertario Alfredo Gammarielo, sobre uno de los caminos elegidos por el plan sistemático del terrorismo de Estado durante la última dictadura, para desaparecer a sus víctimas. Porque no me separa de ustedes un dato político, cuando hablamos de violaciones a los Derechos Humanos entre 1976 y 1983. Existe una distancia humana abismal, entre la verdad y una diputada nacional perversa y un influencer, que se ríen casi medio siglo después, de los miles de hombres y mujeres arrojados vivos al río o al mar, por aquellos que mataron en nombre del neoliberalismo.

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