Liquidación del patrimonio nacional, apenas para hacer caja un ratito

La euforia política del oficialismo continúa. Las escenas de plástico, armadas para las cámaras de los medios de comunicación del «poder real», intentan contagiar una alegría de utilería; mientras prometen jornada laboral de 12 horas. En las tapas de esta mañana, aparece «el viaje de egresados» de un grupo de veteranos disfrazados de adolescentes, que convirtieron a la Rosada en Bariloche, con parte de la nieve tóxica que sobró de «El Eternauta». Viven impúdicamente el delirio de una fiesta privada, mientras millones de seres humanos sufren la realidad que ellos mismos fabricaron, como peones de la concentración de la riqueza. Quieren contagiar que todo está bajo control y que el futuro venturoso que nunca llega con el neoliberalismo en el gobierno, esta vez repartirá la felicidad prometida.

Cuando comience a bajar la espuma del resultado de las elecciones de medio término, ganadas por el gobierno de Estados Unidos en la Argentina, van a reaparecer en el centro de la escena, los números reales de un país quebrado. Los dólares del Fondo en abril, el swap de octubre y la intervención de Bessent en el mercado cambiario, fueron el dedo que tapó al sol por un ratito. Con muchísima eficacia, es cierto, pero fueron la aspirina carísima que solamente le cambió la sonrisa al enfermo terminal.
El viernes arrancará la nueva temporada de liquidación del patrimonio nacional. Dentro de tres días, el gobierno abrirá los sobres para dar en concesión, cuatro centrales hidroeléctricas en el Comahue. Espera recaudar el costo de «una cena del Fondo Monetario con Trump», apenas unos 600 millones de dólares. Muy poco, casi nada, para un regalo tan grande: Alicurá, El Chocón, Cerros Colorados y Piedra del Aguila.
Se estima que solo la construcción de El Chocón, costó 400 millones de dólares. La necesidad de «dinero ya», pone al gobierno en el mismo grado de indefensión de un laburante que no llega a fin de mes y llega a la financiera del barrio sin recibo de sueldo.

A fin de noviembre llegará el turno de «alquilar» por monedas, las rutas 12 y 14. Luego saldrían los pliegos, para la licitación de una máquina de guita como el Belgrano Cargas. Y a principios de diciembre, arrancaría la nueva privatización del Paraná y una nueva tanda de rutas nacionales.
Demasiada soberanía en juego, para cubrir el déficit que genera el asesinato de la economía real. Dólares que se van a quemar en un segundo, porque Caputo y Cía. están armando un nuevo capítulo de la bicicleta financiera, que será ruinoso para el Estado y muy ventajoso para los timberos del mercado.
Cuando esos dólares se terminen, como antes se agotaron los del blanqueo, los de la primera cosecha sin sequía y los préstamos del Banco Mundial y el BID; es poco probable que Washington arme un rescate argentino cíclico y ponga 20 mil millones de su bolsillo cada seis meses. Eso fue lo que hizo, primero en abril de 2025 y luego en octubre. En ese momento, nadie se acordará de las elecciones de renovación parlamentaria, ni de la fiesta de egresados de ayer. Será tan tarde, como la reacción populst de 2019 después de haberle renovados los votos al macrismo en el 17…

Hay datos que de lejos parecen positivos, pero en realidad cuando los tenés muy cerca, son terribles. Dicen que este año la balanza comercial energética acumuló hasta septiembre, un superávit de 5.368 millones de dólares. Este monto representa un incremento del 45% interanual y equivale al 90% del resultado positivo de toda la balanza comercial de bienes del mismo período. Esos números que hablan de una economía sin impacto en 40 de los 47 millones de habitantes, sirve para una gacetilla con título esplendoroso, pero en realidad habla de un país injusto, que deja en manos de la economía concentrada un tesoro nacional.
Mientras tanto, para la «economía real» lo único que el oficialismo pensó es la flexibilización laboral. Objetivos chiquitos, como despedir barato y contratar sin derechos y por monedas; que solo van terminar con lo poco que queda del mercado interno y aumentando el número de nuevos pobres, arrebatados a la clase media. Una experiencia que no se cansa de fracasar en la Argentina, mientras la fiesta de egresados está en su apogeo.

Por ahora nada nuevo, más de lo mismo en el discurso de la derecha local: la ilusión del derrame («la luz al final del túnel» y «los brotes verdes»), el fin de la industria nacional (“reconversión”), la deuda externa impagable (“deuda se paga con deuda”), el ajuste permanente (“sinceramiento”), la flexibilización laboral esclavista (“bajar el costo argentino”), las privatizaciones que rifan el patrimonio nacional («nada de lo que deba ser estatal, permanecerá en manos del Estado”) y los tarifazos impiadosos (“para que haya más energía”).
La pregunta repetida ante un nuevo triunfo electoral conservador, dispara muchas verdades relativas y ninguna certeza que juegue de sentencia: ¿cómo un modelo pensado por y para minorías, puede engañar a millones? En ese terreno los falsificadores de pasado y el presente. Sin los verdugos de la historia laburando horas extras, esto fue, es y será imposible.