Nació el 18 de julio de 1923. Sus padres eran inmigrantes, chacareros. Lo llevaban al seminario en el carro de la verdura. Enrique Angelelli comenzó su tarea pastoral en los barrios pobres de la ciudad de Córdoba y su lugar en el mundo, por entonces era la capilla Cristo Obrero, un hogar sacerdotal que frecuentaban curas del interior de la provincia, donde los religiosos se reunían con obreros y estudiantes.
Junio de 1955, bombardeo a Plaza de Mayo. «Debemos confesar humildemente que hemos estado alejados de la clase obrera y nos hemos presentado ante ella como una Iglesia burguesa», dijo Angelelli, después que los aviones escupían muerte amparados por la leyenda “Cristo Vence”.
Diciembre de 1960. Fue nombrado arzobispo auxiliar de Córdoba y vicario general, por Juan XXIII. No abandonó su motito, como le sugirió el arzobispo, ni hizo caso a los empresarios que le exigieron sanciones para los curas que apoyaban los reclamos de los obreros en las fábricas. «Si estas injusticias continúan, algún día estaremos en el mismo paredón los patrones y los curas. Ustedes por no haber sabido practicar la justicia social. Nosotros por no haber sabido defenderla».
Dispuso que los alumnos del Seminario Mayor visitaran las capillas y barrios obreros, para tomar contacto con la realidad.
1968. Cuando el “Pelado” entró a la Catedral riojana por primera vez, advirtió que los primeros bancos estaban reservados con placas metálicas y ordenó retirarlas, para terminar con el templo de los privilegios. Había que cumplir con los votos sociales del Concilio Vaticano II.
“No vengo a ser servido sino a servir. Servir a todos, sin distinción alguna, clases sociales, modos de pensar o de creer; como Jesús, quiero ser servidor de nuestros hermanos los pobres”.
A partir de ese momento, Angelelli llevó el Evangelio a cada rincón de la provincia. Celebró la Navidad en los ranchos, abrazó a los pueblos originarios y organizó el Tinkunaco (“Encuentro” en quechua).
Escribió su condena a muerte, cuando creó una cooperativa para ocupar tierras abandonadas. Empezaron las amenazas y el diario “El Sol” lo bautizaron “el obispo rojo” o “Satanelli”. La “alta suciedad” riojana, estaba muy preocupada porque el cura organizaba a trabajadoras domésticas, mineros y peones agrícolas, en la pelea por derechos que nunca llegaban.
El hermano de Carlos Menem, Amado y sus primos Manuel y César, eran parte de las familias terratenientes del departamento Castro Barros e integraban la agrupación “Cruzados de la Fe”. El grupo encabezó la resistencia a la formación de una cooperativa de agricultores en Aminga, impulsada por Angelelli.
Su popularidad crecía y sus misas eran transmitidas por radio.
Marzo de 1976. Más de 80 prelados, componían el cuerpo episcopal. Pero después del golpe, muy pocos, denunciaron las violaciones de los derechos humanos: Enrique Angelelli (La Rioja); Jaime de Nevares (Neuquén); Miguel Hesayne (Viedma); Jorge Novak (Quilmes); Carlos Ponce de León (San Nicolás).
El miércoles 4 de agosto de 1976, Monseñor Angelelli, “el obispo del pueblo”, conducía una camioneta, acompañado por el padre Arturo Pinto. Regresaban de una misa celebrada en Chamical, en homenaje a dos sacerdotes asesinados 17 días antes: Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville. Volvían con tres carpetas, con notas sobre los dos casos. Traían las pruebas de los asesinatos.
A Angelelli le habían aconsejado escapar y esconderse. La respuesta fue que “el pastor debe estar al lado de sus ovejas”.
Un coche comenzó a seguirlos y en el paraje Punta de los Llanos, los encerraron. La camioneta de Angelelli, volcó. El obispo murió y Pinto sufrió graves heridas.
Por un lado, las amenazas de muerte que recibía Angelelli y en segundo lugar, el obispo sabía quiénes habían asesinado a Murias y Longueville. El caso se caratuló como accidente y cerraron la causa.
La CONADEP redactó una lista con 1.351 personas vinculadas a la represión, entre ellos un grupo de 15 sacerdotes católicos, encabezado por Antonio José Plaza (arzobispo de La Plata); los obispos Blas Contero (Tucumán) y José Miguel Medina (Jujuy); monseñor Emilio Grasselli y el presbítero, Christian von Wernich.
La Justicia de la democracia confirmó que fue un asesinato. Una autopsia de 2009, certificó que la muerte fue por las lesiones en el cráneo. En 2014, Luciano Benjamín Menéndez y Luis Fernando Estrella fueron condenados a perpetua.
En 2019, el papa Francisco beatificó a Angelelli, junto a los curas Murias y Logueville y el laico Wenceslao Pedernera.

