En el capítulo final de la convertibilidad, la Alianza se encargó de sumar a la deuda externa, Blindaje y Megacanje. Dos saltos al vacío, por los que el Fondo Monetario Internacional exigió reforma previsional, flexibilización laboral, racionalización de la administración pública, reducción del gasto fiscal, reestructuración de la ANSES y del PAMI y desregulación de las obras sociales. Y fundamentalmente, le ordenó a Cavallo, que impulse la firma del Compromiso Federal para el Crecimiento y la Disciplina Fiscal, lo que significaba congelar el gasto primario público de la Administración Nacional y Provincial. El Fondo ocupaba el Ministerio de Economía y también la Casa Rosada.
Luego de una década de demolición neoliberal, con exceso de cirugía mayor sin anestesia, de cada diez argentinos modelo 2001, dos eran marginales y vivían en la banquina del sistema; seis eran pobres y dos correspondían a la clase media o media alta.
El 24% de la población no tenía trabajo y de los que laburaban, el 40% estaba en negro y 20% hacía changas. Tres, de cada 10 asalariados, estaban desocupados.
En diciembre de 2001, cada argentino debía 3800 dólares. La deuda externa era de 180 mil millones, gracias a los verdes que se importaron para estirar todo lo posible aquella paridad ficticia con el dólar. Y en los últimos tres años, la pobreza había aumentado más del 12%.
Una Argentina en la puerta del cementerio, que dependía de la financiación extranjera y tenía el 97% de su deuda externa en dólares. Con las reservas del Banco Central en caída, a mediados de 2001 De la Rúa pidió ayuda extra al FMI. Pero ante la creciente fuga de capitales, el Fondo decidió suspender sus desembolsos y la decisión provocó una masiva corrida bancaria.
El 3 de diciembre, el Presidente firmó el decreto que le dio vida al “corralito”, la idea ruinosa con la que Mingo buscaba frenar la sangría de dólares. Con las restricciones a la extracción de depósitos bancarios, los argentinos solo podían sacar de sus cuentas un máximo de 250 pesos o dólares en efectivo por semana y se prohibieron las transferencias de dinero al exterior.
Durante 2001, la balanza de pagos registró un déficit de 4429 millones de dólares y las reservas del Central mostraron una pérdida de más de 12 mil millones.
La salida de capitales fue de 8864 millones de dólares en 2000 y de 4429 millones en 2001. El Producto Bruto Interno cayó un 4,5% y sumó el tercer descenso consecutivo; solo comparable con los tres ejercicios posteriores a la crisis del 30.
Por orden de Cavallo, los bancos congelaron los depósitos. Por orden del hambre, comenzaron los saqueos. Por orden de Fernando De la Rúa, el Estado de Sitio volvió después de mucho tiempo el 20 de diciembre.
La Plaza de Mayo se llenó del «Que se vayan todos» y el país de cacerolazos. La represión pretendió mantener con balas de plomo, a los manifestantes lejos de la Rosada. De la Rúa en su último intento por no renunciar, convocó a un gobierno de unidad nacional. Cuando nadie aceptó la invitación, terminó el gobierno de la Alianza.
A las 19:30 del 20 de diciembre, el ya expresidente le pidió una última foto en su despacho a Victor Bugge, mientras la muerte bailaba en la última escena del segundo desembarco neoliberal en la Argentina. Cuando faltaban 15 minutos para las 20, De la Rúa abandonó su despacho para abordar un helicóptero que se convirtió en la postal del final. Pero no se fue solo, a su lado estaba imaginariamente el menemismo, el gran padre de la criatura.
El saldo del último día de la segunda experiencia neoliberal en la Argentina, terminó con casi 4.500 detenidos y 39 muertos. Siete eran menores de edad, entre ellos Eloísa Rosa Paniagua y David Ernesto Moreno, que apenas tenían 13 años.
La próxima vez que vayamos a la Plaza a reclamar «Que se vayan todos», pidamos que la lista la encabece el «poder real», porque si no se van ellos, nunca cambia nada…

