Con muchísima nostalgia, La Nación ataca esta mañana desde uno de sus editoriales, a la estatización de varios servicios ferroviarios de pasajeros de larga distancia, recientemente anunciada por el Gobierno nacional. El diario ampara su lógica en un planteo tan primario como superficial, en una supuesta verdad que se descascara a primera lectura: «Nada justifica un mayor gasto del Estado, si hay abundante oferta competitiva de transporte». No importa que los caminos alternativos sean muchísimo más caros y mucho menos, el estratégico ahorro petrolero que representa el regreso de la alternativa ferroviaria, a un altísimo porcentaje del transporte de pasajeros y carga, que las privatizaciones de los ‘90 mudaron a las rutas.
La nota acelera en la misma dirección equivocada, cuando dice que al no existir «interés privado en continuar con esas prestaciones», nada tiene sentido. Por lo tanto, lo que la mano invisible del mercado no acaricia, pierde sustento, no existe…
La Nación recurre una vez más al diccionario liberal más ortodoxo, cuando dice que el ferrocarril será una herramienta útil para el desarrollo del país, cuando la población argentina se duplique («se requieren volúmenes de tráfico de una magnitud sólo alcanzable en países densamente poblados») y luego cuando asegura que el tren ocupa hoy en términos tarifarios, el lugar que antes era propiedad del avión («el elevado costo de proveer servicios con mínimos estándares de velocidad y de confort, debe ser compensado con tarifas que resultan muy elevadas», solo» compatibles con poblaciones de alto poder adquisitivo»).
Sentencia que no sirve el ferrocarril de media y larga distancia, si no se evoluciona «hacia trenes de altas velocidad» (250 kilómetros por hora) y que pensar en pasajeros, «aumentaría los costos de señalización y personal, si se quieren evitar accidentes».
El matutino recomienda, dejar todo como está, porque para modernizar el servicio hay que invertir y esa inversión, es “irrecuperable”.
Sobre el final, sostiene que el reclamo de la sociedad se apoya en una cuestión “sentimental”, que se olvida del bolsillo: “El tren ha creado una profunda afición en muchísima gente. La supresión de los servicios de pasajeros de larga distancia y, más aún, el levantamiento de ramales siempre significaron un desgarrón emotivo”.
Sobre el final, niega que hayan desaparecido más de 200 pueblos, producto de la ausencia del tren: “Se ha hablado profusamente de los aislamientos que se pretenden revertir, aunque, salvo excepciones, las poblaciones estaban ya conectadas por caminos pavimentados y líneas regulares de ómnibus. En estas nuevas estatizaciones no hay ningún caso de aislamiento y nada justifica un mayor gasto del Estado si hay abundante oferta de transporte en competencia”.
Hay que avisarle a La Nación, que los pueblos fantasmas tienen derecho a soñar, tienen derecho a escapar de la condena a la que fueron sometidos. Tienen derecho a pensar que es posible que regrese el tren que dejó de llevar agua potable, abandonó su rol como agente sanitario o cerró los monumentales talleres que le dieron trabajo a miles de argentinos y crearon los caseríos que después de convirtieron en pueblos y ciudades.
A cara descubierta, como siempre lo hace en sus editoriales, La Nación se despoja de prejuicios y pública sin importarle, lo que hasta ayer, era inconfesable.

