Trump-Milei, la escena más humillante de la historia argentina

Salvo momentos excepcionales, solo cuando el protocolo necesita un poco de hipocresía para poder subsistir, Trump nunca habla como jefe de Estado, como líder político. Ni siquiera comunica con la brutalidad de los viejos patrones de estancia o se mueve con el diccionario salvaje, de un cruel explotador de la «revolución industrial».
No necesita apelar a los discursos de un sheriff sin piedad, que tanto le gustaban a Reagan, no tiene el trato cínico del dueño de una poderosa corporación y hasta excede los mínimos modales de cualquier dueño de un Fondo de Inversión insaciable, convencido que es mucho más grande que cualquier presidente de la mayoría de las naciones de la tierra.
Es difícil encontrar una definición exacta o una biografía con quien poder compararlo, para establecer un paralelo perfecto. Lo más cercano a la verdad que se me ocurre, es que Trump habla y gesticula, como un esclavista que increíblemente reclama el Nobel de la Paz, por su obra altruista inexistente. Es el amo de una plantación de algodón del sur, es el Dios al que todos le deben la vida. Es nazismo residual, cuando se jacta en privado, tanto de pedófilo como de golpista o de ser presidente de Estados Unidos, después de haber sido condenado por sobornar a una prostituta.


Y por sobre todas las cosas, es un perverso de manual. Necesita que todos sepamos que goza con el dolor que fabrica; al convocar a la prensa del mundo, sin avisarle a sus invitados pobres, que los va a maltratar peor que a Zelensky.
Se aburre con mucamos del tercer mundo. No lo divierten los miserables, que pretenden vivir de ser su imitación berretea, en bares de mala muerte. Solo está cómodo con otros gerentes del infierno o jugando partidas difíciles con enemigos honorables. En el medio no hay nada, deplora esa zona gris de aduladores y alcahuetes; a los que recibe por necesidad con cara de litio.
Enfrente estaban los cuatro del Fondo (Milei, Caputo, Bausilli y Werthein) y el resto del elenco de «Esperando la carroza». Fueron invitados al comedor de la Casa Blanca, porque el Salón Oval es para cosas importantes. Y el presidente que antes los atendió en el pasillo de una convención fascista o en altillo de las Naciones Unidas, le dijo a sus colaboradores, que de ahora en más no lo vuelvan a joder para salvarle la ropa a estos insectos políticos. Les dio vino berreta, pan de ayer, fideos sin tuco y cuando llegó el momento del postre, se los prometió, solo si ganan el 26.
Fue la escena más humillante de la historia argentina. Y no fue una derrota, porque ser vencido peleando, es otra cosa. No es comparable la verguenza de la sumisión, con la bronca, la rabia o el dolor, que genera la lucha sin victoria.
Se que esta pesadilla un día termina. Te lo juro que no es para siempre. Una mañana ya no estarán Trump, el hermano de Karina, Bessent, Giorgieva, Konan, Toto y el diputado narco. Pero nada, ni nadie serán capaces de herir tanto el orgullo de la patria, como esa mesa en la que hasta Mirtha se habría revelado.

Mirando esta película de terror en un cine de barrio, estaban desde Tupac Amaru hasta los muertos en la Guerra por la Independencia, pasando por el Plan de Operaciones de Moreno; Don José desde un billete de 10 mangos; Belgrano desobedeciendo siempre; Castelli; Monteagudo; Dorrego; los caudillos federales; la Vuelta de Obligado; los asesinados en «La semana trágica», los fusilados de la Patagonia y los muertos de La Forestal; YPF; el pan dulce, la sidra y los juguetes de la Fundación; el aguinaldo y las vacaciones pagas; el Plan Quinquenal; los hospitales de Carrillo; el rastrojero; el Pulqui; la Constitución del 49; los muertos en la Plaza; los fusilados; el 17; el Cordobazo; los 30 mil; el 2001 y todos los superhéroes de los que nunca sabre su nombre.
Cuando se prendieron las luces del cine, tardaron un rato en ponerse de pie; pero después de alguna lágrima, arrancaron hacia la puerta sabiendo que lo vamos a volver a hacer, simplemente como dijo Jorge Luis, porque somos una ejército de «incorregibles»…