«Qué hubiéramos sido, si nos hubieran dejado ser» (Taki Ongoy)

No conozco ninguna fecha celebratoria en España, festejando la llegada de los moros. No recuerdo ningún feriado en la península, homenajeando ocho siglos de ocupación musulmana y con ellos la llegada de una nueva arquitectura, el cero, el ajedrez, la química, la guitarra, el azafrán, el limón, la naranja, el arroz, el algodón y la ceda.
No se festeja en abril el Día de la Raza en la península, cuando en el 711, los invasores desembarcaron en Gibraltar.
El último bastión de los moros fue Granada. La resistencia del conquistador cayó en enero y quizás como la mejor muestra de lo peor de la condición humana, después de padecer casi 800 años al amo, solo nueve meses después, las viejas víctimas estaban esclavizando al nuevo mundo.
En toda América hasta octubre de 1492, vivían cerca de 70 millones de indios. Hoy quedan menos de tres millones. Ni Atila, ni Hitler, destruyeron tantas vidas humanas, como aquellas ordas de adelantados, almirantes, obispos y frailes.
Casados como alimañas, destruida su cultura, explotados como bestias, obligados a practicar una religión y a hablar una lengua que no eran las suyas, los pueblos originarios fueron extinguiéndose.

«La razón por la que los cristianos asesinaron a tan gran escala, es pura y simplemente por su codicia insaciable y su ambición desmedida. Mataron para quedarse con tierra fértil y rica, a habitantes sencillos, tolerantes y sumisos, que a nadie ofenden. Los hombres murieron en las minas, las mujeres en las granjas; todos por trabajo y hambre». Firmado, Fray Bartolomé de las Casas.
Colón en el diario de su primer viaje, escribió alucinado más de 140 veces la palabra oro. Francisco Pizarro, el asesino de los incas, en España criaba chanchos.

Las carreteras incas del Perú, eran infinitamente superiores a los caminos de España. La capital de los aztecas, tenía cinco veces más habitantes que Madrid.
La astronomía, la botánica, la zoología, la cirugía y la farmacopea, estaban mucho más adelantadas en el antiguo México, que en Europa.
Hernán Cortez herido en la cabeza, fue salvado por un médico indígena que le practicó una trepanación en condiciones acépticas totalmente desconocidas en el «viejo mundo».
Como dijo Víctor Heredia en «Taky Ongoy»: «Qué hubiésemos sido, si nos hubieran dejado ser».

La barbarie necesitó de absurdas explicaciones teológicas para justificar la matanza de la civilización y cuando estas no alcanzaron, aparecieron argumentos esotéricos disfrazaos de pseudocientíficos, para intentar demostrar que los indios no eran realmente humanos y que por lo tanto, podían ser tratados como animales.
La barbarie que trajo al sur, la gripe y la viruela, se mira en el espejo. La imagen solo refleja robo y muerte. En el pecho un crucifijo avergonzado y las manos manchadas con sangre, que no opacan el brillo del oro y la plata. Solo en las minas de Potosí, murieron más de 10 millones de seres humanos.

Leopoldo Lugones escribió que los jesuitas sostenían una relación de semidioses con sus subordinados, en la que los indios trabajaban pero no poseían y todo desde la alimentación hasta el vestido, desde la justicia hasta el amor les era discernido por los religiosos.
Juan Agustín García en «La ciudad indiana», describió el martirio de los indios en las misiones: «Tenían la vida reglamentada al son de campanas. Las horas para comer, rezar, trabajar, dormir y procrear para multiplicar la mano de obra esclava».

El odio y la xenofobia, de estos fundamentalistas de la ignorancia, de estos tilingos empecinados en convertirnos en colonia; generó un video que le dio verguenza ajena al Billiken.
El mensaje del gobierno de la servidumbre, dice que «La civilización prevaleció sobre el salvajismo y el orden sobre el caos»; que «En esta fecha no solo recordamos un hecho histórico, conmemoramos el inicio de algo mucho más grande que nosotros: la civilización occidental porque sin raíces no hay futuro. Hoy más que nunca honremos este legado que tanto costó construir».

Extraños libertarios que le declaran su amor al esclavista, liderados por un presidente absurdo que decretó el regreso del Día de la Raz y paralelamente es el mismo niño que sueña con vestirse de granadero en algún acto de la patria que odia, para jugar un rato con el sable corvo del general…