«Proceda», la palabra que cambió el curso de la historia argentina

Campo de Mayo, 24 de marzo de 2004. El Presidente llegó junto a José Pampuro, su primer ministro de Defensa (25 de mayo de 2003-28 de noviembre de 2005) y Alberto Fernández, jefe de Gabinete. Saludó con gesto adusto, uno por uno a los altos mandos que lo recibieron sin poder imaginar el final de aquel día de refundación personal, de renacimiento militante.
La pequeña comitiva subió al primer piso. En primera fila Pampuro, Néstor y el titular del Ejército, general Roberto Bendini (28 de mayo de 2003-19 de septiembre de 2008). En aquella pared estaban los cuadros de dos de los cuatro dictadores 1976-1983. Pero la historia se quedará con uno, con el rostro más emblemático de los genocidas. El archivo eternizará aquel instante, donde la política se posó sobre el poder real y le mostró los dientes.
Néstor se paró frente a los rostros de Videla y Bignone. El presidente mantenía un semblante sereno, pero por dentro vivía un fuego cruzado de emociones. Aparecen en tiempo presente los compañeros de militancia de La Plata que se llevó el terrorismo de Estado y con ellos, todos los sueños de una generación. Kirchner estaba plantando un símbolo tan fuerte, que se convertiría en la gran bandera de los veteranos que regresaban y de los jóvenes que sumaban.
Su brazo derecho extendido en dirección a la pared y una sola palabra para cambiar la historia: “proceda”. En medio de un silencio sepulcral, Bendini bajó primero el de Videla y luego el de Bignone. Dos ordenanzas con delantal azul, se llevan las imágenes con destino incierto. La pared semidesnuda, tiene un par de generales menos de los que avergonzarse.
La comitiva dibujó el mismo camino por el que entró, para dejar el lugar. La historia cambió para siempre, a través de una decisión imprevisible.
Un grupo de nostálgicos de la última dictadura, uniformados melancólicos de su espíritu, su plan económico y sus efectos devastadores sobre la sociedad argentina, robó el cuadro original de Videla una semana antes de la visita de Néstor a Campo de Mayo. Cuando Pampuro tomó conocimiento del hecho, abrió un sumario interno para determinar qué ocurrió con el retrato de Videla y ordenó reemplazar el original.
En la previa de aquel 24, se rumoreaba que cuatro o cinco generales habían pedido el pase a retiro, porque entendían a la ceremonia como una provocación. Lideraba la oposición, el general Rodrigo Alejandro Soloaga, jefe de Personal del Estado Mayor del Ejército y veterano de Malvinas.

Ocho meses antes de bajar los cuadros, el recuerdo de Videla estaba en boca de todos los medios. Asumía como legisladora porteña Elena Cruz (19 de septiembre de 2003), la actriz defensora del general en el acto que junto a una veintena de nostálgicos, entre ellos su esposo Fernando Siro, se llevó a cabo al pie del departamento del dictador en el barrio de Belgrano. Se cumplían 25 años del golpe y como respuesta a tanto cariño, el genocida salió al balcón del quinto piso, mientras su mujer acompañada por su hijo, saludaron a los leales en la puerta de Av. Cabildo al 600.
Cruz había roto su admiración secreta, con apariciones en programas de radio y televisión de fines de los ’90. “Pongo las manos en el fuego por Videla”, le dijo a Jorge Rial en su programa por América en 1999. Ante la indignación del panel, les dijo a los columnistas: “No demuestren tanto odio, porque cuando la tortilla se de vuelta… (mientras con sus dedos les anuncia que van a estar muertos de miedo)”. Y remató con, “hay gente que de pronto está anotando…”.
Como candidata número 22, integró la lista de legisladores que acompañó a Domingo Cavallo en la lista armada por el ex ministro y el PJ Capital. Tres años después y por una rara paradoja del destino, la renuncia de Alberto Fernández a su banca para asumir como Jefe de Gabinete de Néstor, la llevó al parlamento porteño.

El gesto que convirtió en kirchneristas a miles frente al televisor, que convenció a los incrédulos y llenó de esperanza a los pesimistas, tiene una previa que estira la estatua de Néstor un par de centímetros.
El Centro de Estudios Legales y Sociales con Horacio Verbitsky a la cabeza, le pidió a De la Rúa primero y a Duhalde después, bajar aquellos cuadros del Colegio Militar. Ninguno de los dos gobiernos tuvo ni el coraje, ni la convicción política, para ser protagonistas de un parteaguas de semejante magnitud.
Después del 25 de mayo de 2003, la cúpula del CELS le pasó el dato a Pampuro. El ministro de Defensa, entendiendo la profundidad del dato simbólico, organizó un mano a mano entre la organización y el Presidente. El jefe de Estado escuchó y su respuesta fue tan escueta como rotunda: “Lo hacemos el 24 de marzo”.
Kirchner agregó que quería entrar a Campo de Mayo con los organismos defensores de los derechos humanos y la respuesta del periodista pretendió ampliar la invitación a partidos políticos, sindicatos, etc. A Kirchner le gustaba mucho más la primera opción, cerrada a los familiares de las víctimas y a los militantes de memoria, verdad y justicia.
El 23 Néstor lo llamó al Perro para ver si lo acompañaba, pero Verbitsky insistió con su postura. Al día siguiente, el presidente se abrazó a su instinto, como casi siempre ante situaciones límites y generó uno de los momentos más fuertes de la historia política argentina.
Después ante los militares presentes, dijo que “El retiro de los cuadros que procedió a hacer el señor jefe del Ejército, marca definitivamente un claro posicionamiento que tiene el país todo, nuestras Fuerzas Armadas, nuestro Ejército y quien les habla como Presidente y como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, de terminar con esa etapa lamentable de nuestro país y que definitivamente, en todos los lugares de la Patria y en nuestras instituciones militares, esté consolidado el sistema de vida democrático, desterrado el terrorismo de Estado y apuntando a la construcción del nuevo país”.
Dos décadas después del regreso de la democracia, Néstor hizo otra gran apuesta por la política. “Nunca más tiene que volver a subvertirse el orden institucional. Es el pueblo argentino por el voto y la decisión de él mismo, quien decida el destino de la Argentina; Definitivamente hay que terminar con las mentes iluminadas y los salvadores mesiánicos, que sólo traen dolor y sangre a los argentinos”.LOS CUADROS: Campo de Mayo, 24 de marzo de 2004. El Presidente llegó junto a José Pampuro, su primer ministro de Defensa (25 de mayo de 2003-28 de noviembre de 2005) y Alberto Fernández, jefe de Gabinete. Saludó con gesto adusto, uno por uno a los altos mandos que lo recibieron sin poder imaginar el final de aquel día de refundación personal, de renacimiento militante.
La pequeña comitiva subió al primer piso. En primera fila Pampuro, Néstor y el titular del Ejército, general Roberto Bendini (28 de mayo de 2003-19 de septiembre de 2008). En aquella pared estaban los cuadros de dos de los cuatro dictadores 1976-1983. Pero la historia se quedará con uno, con el rostro más emblemático de los genocidas. El archivo eternizará aquel instante, donde la política se posó sobre el poder real y le mostró los dientes.
Néstor se paró frente a los rostros de Videla y Bignone. El presidente mantenía un semblante sereno, pero por dentro vivía un fuego cruzado de emociones. Aparecen en tiempo presente los compañeros de militancia de La Plata que se llevó el terrorismo de Estado y con ellos, todos los sueños de una generación. Kirchner estaba plantando un símbolo tan fuerte, que se convertiría en la gran bandera de los veteranos que regresaban y de los jóvenes que sumaban.
Su brazo derecho extendido en dirección a la pared y una sola palabra para cambiar la historia: “proceda”. En medio de un silencio sepulcral, Bendini bajó primero el de Videla y luego el de Bignone. Dos ordenanzas con delantal azul, se llevan las imágenes con destino incierto. La pared semidesnuda, tiene un par de generales menos de los que avergonzarse.
La comitiva dibujó el mismo camino por el que entró, para dejar el lugar. La historia cambió para siempre, a través de una decisión imprevisible.
Un grupo de nostálgicos de la última dictadura, uniformados melancólicos de su espíritu, su plan económico y sus efectos devastadores sobre la sociedad argentina, robó el cuadro original de Videla una semana antes de la visita de Néstor a Campo de Mayo. Cuando Pampuro tomó conocimiento del hecho, abrió un sumario interno para determinar qué ocurrió con el retrato de Videla y ordenó reemplazar el original.
En la previa de aquel 24, se rumoreaba que cuatro o cinco generales habían pedido el pase a retiro, porque entendían a la ceremonia como una provocación. Lideraba la oposición, el general Rodrigo Alejandro Soloaga, jefe de Personal del Estado Mayor del Ejército, ex combatiente de Malvinas.
Ocho meses antes de bajar los cuadros, el recuerdo de Videla estaba en boca de todos los medios. Asumía como legisladora porteña Elena Cruz (19 de septiembre de 2003), la actriz defensora del general en el acto que junto a una veintena de nostálgicos, entre ellos su esposo Fernando Siro, se llevó a cabo al pie del departamento del dictador en el barrio de Belgrano. Se cumplían 25 años del golpe y como respuesta a tanto cariño, el genocida salió al balcón del quinto piso, mientras su mujer acompañada por su hijo, saludaron a los leales en la puerta de Av. Cabildo al 600.
Cruz había roto su admiración secreta, con apariciones en programas de radio y televisión de fines de los ’90. “Pongo las manos en el fuego por Videla”, le dijo a Jorge Rial en su programa por América en 1999. Ante la indignación del panel, les dijo a los columnistas: “No demuestren tanto odio, porque cuando la tortilla se de vuelta… (mientras con sus dedos les anuncia que van a estar muertos de miedo)”. Y remató con, “hay gente que de pronto está anotando…”.
Como candidata número 22, integró la lista de legisladores que acompañó a Domingo Cavallo en la lista armada por el ex ministro y el PJ Capital. Tres años después y por una rara paradoja del destino, la renuncia de Alberto Fernández a su banca para asumir como Jefe de Gabinete de Néstor, la llevó al parlamento porteño.

El gesto que convirtió en kirchneristas a miles frente al televisor, que convenció a los incrédulos y llenó de esperanza a los pesimistas, tiene una previa que estira la estatua de Néstor un par de centímetros.
El Centro de Estudios Legales y Sociales con Horacio Verbitsky a la cabeza, le pidió a De la Rúa primero y a Duhalde después, bajar aquellos cuadros del Colegio Militar. Ninguno de los dos gobiernos tuvo ni el coraje, ni la convicción política, para ser protagonistas de un parteaguas de semejante magnitud.
Después del 25 de mayo de 2003, la cúpula del CELS le pasó el dato a Pampuro. El ministro de Defensa, entendiendo la profundidad del dato simbólico, organizó un mano a mano entre la organización y el Presidente. El jefe de Estado escuchó y su respuesta fue tan escueta como rotunda: “Lo hacemos el 24 de marzo”.
Kirchner agregó que quería entrar a Campo de Mayo con los organismos defensores de los derechos humanos y la respuesta del periodista pretendió ampliar la invitación a partidos políticos, sindicatos, etc. A Kirchner le gustaba mucho más la primera opción, cerrada a los familiares de las víctimas y a los militantes de memoria, verdad y justicia.
El 23 Néstor lo llamó al Perro para ver si lo acompañaba, pero Verbitsky insistió con su postura. Al día siguiente, el presidente se abrazó a su instinto, como casi siempre ante situaciones límites y generó uno de los momentos más fuertes de la historia política argentina.
Después ante los militares presentes, dijo que “El retiro de los cuadros que procedió a hacer el señor jefe del Ejército, marca definitivamente un claro posicionamiento que tiene el país todo, nuestras Fuerzas Armadas, nuestro Ejército y quien les habla como Presidente y como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, de terminar con esa etapa lamentable de nuestro país y que definitivamente, en todos los lugares de la Patria y en nuestras instituciones militares, esté consolidado el sistema de vida democrático, desterrado el terrorismo de Estado y apuntando a la construcción del nuevo país”.
Dos décadas después del regreso de la democracia, Néstor hizo otra gran apuesta por la política. “Nunca más tiene que volver a subvertirse el orden institucional. Es el pueblo argentino por el voto y la decisión de él mismo, quien decida el destino de la Argentina. Definitivamente hay que terminar con las mentes iluminadas y los salvadores mesiánicos, que sólo traen dolor y sangre a los argentinos”.