El presente argentino tiene un mercado interno en terapia intensiva, igual al de aquel país en cuarentena. Sus números son demasiado similares a los de aquel 2020, con millones de seres humanos sin poder salir de su casa y sus salarios empobrecidos.
La economía de Milei, es una mala copia de ese momento singular, que por necesidad había paralizado la producción y el comercio.
Se asemeja muchísimo, a ese planeta amenazado por un virus indescifrable, en el momento en el que aún no había encontrado la vacuna y el futuro solo prometía muerte para millones.
Pero no hay pandemia, ni encierro; pero desde hace 14 meses, Argentina padece una recesión planificada por su Gobierno, con el fin de terminar con la inflación, matando al paciente. Somos muertos económicos, que no pesamos en la puja por la distribución de la riqueza; entonces un equilibrio ficcional construido a base de «la paz de los cementerios», a muchos todavía lo convence de estar vivos.
Ayer cuando el oficialismo festejó el 2,2% del Indec, se llenaron la boca planteando que es el nivel más bajo desde julio de 2020; por lo tanto el indicador de la «felicidad», resulta que similar al que generó el derrumbe de la economía en plena pandemia.
La economía de Milei, es la de un país en guerra en tiempos de paz, equivale a la de un Estado que acaba de sufrir un desastre natural o está atado de pies y manos por el coronavirus.
Entre los ingredientes de la «miseria planificada», sumemos un dólar maniatado por los supuestos libertarios, quemando 22 mil millones de dólares nuestros para tranquilizar al monstruo. Tambien apilemos entre las causas de este presente mal maquillado, a paritarias censuradas por el Gobierno, que supuestamente son positivas porque fijan salarios que empardan al costo de vida, pero que casualmente, su poder de compra no para de caer desde el 10 de diciembre de 2023.
El consumo en las grandes cadenas de supermercados volvió a desplomarse en enero. Las ventas en los supermercados cayeron en enero pasado, un 7% interanual, producto de sueldos destrozados.
El INDEC toma como base la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares 2004-2005, una consulta a nivel nacional, en la que se comparararon ingresos y gastos de las familias en todo el país. Representa qué y dónde compraban, información fundamental para armar una canasta de consumo. Nada está igual en ese aspecto que hace 20 años. Se analizan unos 320.000 precios, en más de 500 supermercados, 16.200 negocios de cercanía y empresas prestadoras de servicios, ya sea de manera presencial, telefónica o digital.
¿Por qué el Indec mide una parte de la verdad, en la que los servicios públicos prácticamante no juegan? En diciembre de 2016 el macrismo decidió después de los tarifazos de Aranguren, que en el Gran Buenos Aires los hogares gastan en promedio 10,46% de sus ingresos en vivienda, agua, electricidad y otros combustibles. Hoy solo el alquiler de un dos ambientes se puede llevar el 100% de un salario y las tarifas libertarias tuvieron un aumento promedio del 600% en 14 meses.
La ponderación en blanco y negro que usa el INDEC en el presente, dice que el costo de alimentos y bebidas, representa un 23,44% del IPC; cuando solo en la era Milei, el rubro tuvo un aumento cercano al 200%. Con este dibujo infame, los aumentos en la comida tienen un peso mucho mayor a la hora de calcular el IPC que los relacionados al alquiler y al pago de servicios.
En 1979, con Videla todavía al frente de la dictadura y Martínez de Hoz comandando la «patria financiera» y la «plata dulce», María Elena Walsh escribió «Desventuras en un país jardín de infantes».
«Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca, estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza, como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: ¿Nosotros qué éramos…?.
Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar, ya incrustada en el cerebro. Nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico: no nombrar, para que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos tiempos: LA INFLACION HA MUERTO (por lo tanto no existe). Como uno la ve muerta, pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar».
Christian Zimmermann, era el vicepresidente del Banco Central del primer desembarco del neoliberalismo. Era el censor de la verdad inflacionaria en los primeros años del Proceso: «No sabemios si el censor trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de Satanás.
Lo que sí sabemos, es que existe desde que tenemos uso de razón y que de un modo u otro, sobrevive a todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix». Firmado, María Elena Walsh.

