La muerte de un gerente fundamental de la economía del terrorismo de Estado

Juan Alemann fue parte del staff dictatorial que operó como la pata civil de aquellas Fuerzas Armadas, que después del golpe de Estado del ’55 y en plena “Guerra fría”, respondían a Washington como Ejército de ocupación en su propio territorio. Arrancó como asesor del Ministerio de Economía, en los 19 meses de José María Guido en la Rosada; aquel jefe de Estado de utilería, que el poder real tuteló entre dos gobiernos elegidos por el pueblo con mayoría proscripta.
Alemann fue funcionario de dos dictaduras. Con el general Onganía fue asesor del Ministerio de Seguridad Social y luego presidente del Banco Hipotecario Nacional. Y secretario de Hacienda de Martínez de Hoz, entre 1976 y 1981, en el marco de la última dictadura.
En el segundo capítulo de su historia ligada a interrupciones constitucionales, el hijo del periodista antifascista Ernesto Alemann, terminó siendo pieza clave de una dictadura con campos de concentración, torturados, desaparecidos, vuelos de la muerte y robo de bebés, que según declaró en 2005 a la revista “Veintitrés” (“Eran chicos que sobraban, porque estos guerrilleros constituían parejas y mientras peleaban tenían hijos. Era una irresponsabilidad. Pero no hubo robo de chicos. Hay que tener estómago para hacerse cargo del hijo de un guerrillero. Hubo 200 y pico de casos de mujeres que tuvieron hijos en cautiverio y que después las liquidaron. De esos, unos 200 los entregaron a los jueces y quedaron menos de 30 casos que los distribuyeron entre familias de militares”).

Juan fue fundamental en la estatización de la empresa Italo por casi 400 millones de dólares, la eléctrica suiza de la que Martínez de Hoz fue presidente hasta el 28 de marzo de 1976.
Un día antes del golpe, Williams Frei, nuevo embajador de Suiza, presentó credenciales y le pidió a Isabel Perón que nacionalizase la Compañía Italo Argentina de Electricidad. Pero el gobierno respondió que la empresa sería tratada conforme a las leyes vigentes y al vencer su concesión, la Italo tenía que ser transferida sin cargo a la Ciudad de Buenos Aires y no era necesario pagar ninguna expropiación.
Con el general Videla en el poder, Argentina pagó con bonos en francos suizos de la Unión de Bancos Suizos, cuyo representante era Roberto Alemann, hermano del secretario de Hacienda.
Juan Carlos Casariego de Bel era funcionario de carrera del Estado y director del Registro de Inversiones Extranjeras del Ministerio de Economía. Dijo que si había que comprar la Italo, la empresa no valía más de 9 millones de dólares. Casariego desapareció el 15 de junio de 1977, después de una reunión con el número dos de Economía, Guillermo Walter Klein.

Dos años después, Juan Alemann volvió a ser noticia.El 21 de junio de 1978, exactamente a las 20:40, segundos después que Leopoldo Luque marcó el cuarto gol de Argentina ante Perú, una bomba estalló en el frente de su casa en el barrio porteño de Belgrano. Un comando de la Armada “festejó” de esa manera la clasificación a la final, después de tantas peleas con Alemann. El funcionario era el encargado de habilitar las partidas de dinero, destinada a los gastos que demandó la organización del torneo y como respondía al Ejército, tenía la orden de dificultarle las obras a la Marina. El almirante Massera se quedó con la organización del torneo, después del asesinato del general Actis, amigo de Videla a cargo del EAM78.

Con el fin de las leyes de impunidad, fue procesado por participar en 1979, de la sesión de torturas en la ESMA a Orlando Ruiz, un militante que la Marina acusó como autor del segundo atentado a Alemann, en el marco de la contraofensiva de Montoneros.
Se lo recuerda como el creador de lo que se denominó «Ley Alemann», que postuló cuando asumió Raúl Alfonsín, que en 1985 se produciría un golpe de Estado. Su esotérica deducción, estaba basada en que cada nuevo golpe de Estado, se producía un año menos que el anterior.
Desde 1992 y hasta el 2000 dirigió el diario La Razón, usina de propaganda menemista.

Peleando a brazo partido por la humanización del personaje en la crónica final, Clarín lo presentó como «un gran conocedor del tango y especialmente de los tangos clásicos y hasta de las biografías de aquellos primeros compositores». La Nación citó a su hija Flavia, quien con memoria selectiva, lo recordó como «escritor incansable, lector voraz, pensador». Pero no alcanza…