Primero soñaron con 2001, el ’76 y la Década infame. Ahora La derecha quiere el voto calificado

La derecha está viviendo una campaña repleta de nostalgia. Bullrich y Sica pretendieron llevarnos a 2001, con Blindaje y flexibilización laboral; sueñan con más Fondo Monetario y por cada dólar, una orden política para aniquilar derechos. Milei levanta altares a la “Segunda década” infame protagonizada por el menemismo y su candidata a vice es un homenaje al “procesismo asesino setentista”.
Larreta llegó a plantear la necesidad de volver a ser la Argentina preperonista, sin derechos, sin voto femenino, sin industria nacional, sin distribución de la riqueza.
Curioso que algunos, después de haber gobernado entre diciembre de 2015 y diciembre 2019, no tengan nada que rescatar de esa experiencia tan cercana, del mejor equipo de los últimos 50 años. Nada, absolutamente nada. Que no puedan referenciarse, en un expresidente al que guardan en campaña, para cuidar los votos.

Ayer el candidato que se jacta de encabezar lo nuevo y apenas es un “fascismo despeinado con patillas a la riojana”, señaló que su horizonte era el regreso de la Argentina del voto calificado. La política que se presenta de estreno, pretende volver al siglo XIX; sueña con el país posterior a la batalla de Caseros.

La Constitución argentina de 1853, no fue fruto del consenso. No nació producto de la unidad nacional, ni de un debate profundo que requería la primera carta magna de nuestra historia. Aquellas reglas de juego, no fueron el resultado de una discusión entre las dos fracciones, en las que estaba dividida la política argentina de mediados del siglo XIX. Surgió como resultado de una victoria militar, con la renta aduanera en el centro de la escena. 

Entre 1853 y 1916, los presidentes con mandato de seis años, se prestaron el gobierno durante 63 años. El poder real instaló una democracia perversa y parcelaron la administración de la tierra prometida, a partir de la restauración conservadora que encabezaron los nuevos dueños, la cúpula de la segunda conquista.
Sin voto secreto, el pueblo estuvo proscripto las primeras seis décadas constitucionales. De Urquiza a Victorino de la Plaza, pasando por Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Juárez Celman, Pellegrini, Luis Sáenz Peña, José Evaristo Uriburu, Quintana, Figueroa Alcorta y Roque Sáenz Peña.

Sin derechos políticos, económicos, laborales y sociales, millones de seres humanos engrosaban el reciclaje de la vieja esclavitud. La séptima economía del mundo, basada exclusivamente en los frutos agroganaderos, concentraba la riqueza en un centenar de familias. Un pueblo marginado de la toma de decisiones, acorralado por la explotación, el hambre y la miseria, vivía en los suburbios de los palacios porteños. Una elite que levantaba murallas de la mano del academicismo francés y que decoraba su interior con esmerada fidelidad al estilo barroco.

Tres revoluciones militares parieron la Ley Sáenz Peña (1890, 1893 y 1905) y generaron el ingreso del pueblo por primera vez en la Casa de Gobierno. Con voto masculino y secreto, se impuso “el libre ejercicio del sufragio, sin intimidación y sin fraude”, como rezaba la primera carta orgánica de la UCR.

Cuando Sáenz Peña defendió el voto universal y secreto, sentenció que, durante los años de voluntades compradas, hubo un solo corrupto; porque la relación de fuerzas entre patrón y trabajador era tan dispar, que nunca existió un “acuerdo”: “Si hubo votos pagados, no hubo votos vendidos”.

Otros dos protagonistas desilusionados. “Si mi peón hubiera tenido la misma acción que yo para resolver los problemas económicos internacionales o políticos del país, habríamos estado viviendo bajo un régimen absurdo. No ha sido así gracias a Dios, porque yo he dirigido a mi peón. Pero el voto secreto lo independiza, al privarlo de una influencia saludable y legítima”. Firmado, Carlos Rodríguez Larreta, estanciero, exministro del autonomismo y profesor de Derecho Constitucional de la UBA, a principios del siglo XX.

En la década del 30, Federico Pinedo decía que las elecciones libres eran “pronunciamientos de la plebe, de la masa popular desheredada”.

6 de septiembre de 1930, primer golpe de Estado. Caída de Yrigoyen, poniendo fin a tres elecciones presidenciales consecutivas ganadas por el radicalismo. Manuel Gálvez sintetizó el revanchismo de la época, con una frase de una dama de la aristocracia de aquel Buenos Aires: “Uriburu es mejor que San Martín; porque Uriburu echó y nos libró de la chusma y la bajeza de los radicales. Todos unos canallas. En cambio, San Martín echó a los españoles que, al fin y al cabo, eran personas decentes”.

Natalio Botana impulsó desde Crítica la caída de la “chusma radical”, desde la primera asunción Yrigoyen, gritando en tapa “Dios salve a la República”. Y tituló “Váyase”, 14 años después y a solo 24 horas del golpe del general Uriburu. En la portada de la 5ta. edición del 6 de septiembre, festejó señalando: “Jubilosamente celebra todo el país el triunfo rotundo de la Revolución. Huyeron numerosos funcionarios del régimen depuesto. La situación quedó del todo normalizada” (título padre del “Total normalidad” de Clarín el 25 de marzo de 1976).