Por primera vez en un siglo plagado de golpes militares, la Argentina democrática proponía en los primeros meses de la presidencia de Raúl Alfonsín, reconstruir el pasado reciente para edificar el futuro sobre los cimientos de la justicia. El gobierno decidió hacerlo con sus armas, desechando la formación de una Comisión Bicameral que no podría manejar políticamente y sin la participación de los principales organismos defensores de los Derechos Humanos, como Madres de Plaza de Mayo, que estuvieron desde 1977 en la primera línea de pelea contra el terrorismo de Estado. Y además, en muchas de sus decisiones y posiciones públicas, avanzó a través de algunos funcionarios de primer orden que abonaron sin metáforas la teoría de «los dos demonios».
El trabajo de la CONADEP fue construir el informe que sirvió para elaborar la acusación en el juicio a las exJuntas Militares; basado en la palabra de miles de víctimas y testigos, sin dudas los grandes héroes de este capítulo de nuestra historia.
En la entrega a Alfonsín del informe «Nunca Más», el titular de la CONADEP, Ernesto Sábato, enterró su propia oscuridad en un pedido desesperado de justicia: “En nombre de la seguridad nacional, miles y miles de seres humanos, generalmente jóvenes y adolescentes, comenzaron a integrar una categoría tétrica y fantasmal, la de los desaparecidos. Palabra que se ha convertido en un triste privilegio argentino que hoy se escribe en castellano, en toda la prensa del mundo. Arrebatados por la fuerza dejaron de tener presencia civil. ¿Quiénes exactamente los habían secuestrado? ¿Por qué? ¿Dónde estaban? No se tenía respuesta precisa a esos interrogantes. Las autoridades no habían oído hablar jamás de ellos. Las cárceles no los tenían en sus celdas, la Justicia los desconocía y los hábeas corpus solo tenían por contestación, el silencio. Nunca un secuestrador arrestado, jamás un lugar de detención clandestino individualizado, nunca la noticia de una sanción a los culpables. Así transcurrían días, semanas, meses, años de incertidumbre y dolor, de padres, madres e hijos, todos pendientes de rumores, debatiéndose entre desesperadas expectativas, de gestiones innumerables, de ruegos influyentes a oficiales de una fuerza armada que alguien les recomendaba, a obispos y capellanes y a comisarios. La respuesta era siempre negativa. En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección; el oscuro temor de que cualquiera por inocente que fuese, podía caer en esa infinita caza de brujas. Apoderándose de unos el miedo sobrecogedor y de otros una tendencia consciente e inconsciente a justificar el horror. ‘Por algo será’, se murmuraba en voz baja como queriendo así propiciar a los terribles e inescrutables dioses, mirando como apestados a los hijos o padres del desaparecido”.
«Funes, el memorioso»: CONADEP (Primera parte)

