Luego de la Segunda Guerra Mundial, el planeta experimentó el resultado del ensamble de una nueva generación, con los sobrevivientes de viejos sueños. De esa mixtura, resultó un protagonista colectivo que ya no entendería a la paz divorciada de la justicia social. En ese momento, en el patio trasero del imperio que rejuveneció la Cumbre de Yalta, se mezclaron la resistencia veterana con los nuevos revolucionarios. Desde la Revolución cubana en 1959, Washington no paraba de agregar nuevas batallas a su agenda: el Concilio Vaticano II y la encíclica “El progreso de los pueblos”, la independencia de muchas colonias europeas en Africa, Vietnam, el Mayo francés, el Cordobazo…
La “vía chilena al socialismo”, encendió la primera alarma roja de la nueva década en la Casa Blanca, porque uno de los grandes símbolos del enemigo en plena guerra fría, llegó a la presidencia a través de las urnas en 1970; por lo tanto el libreto represivo quedaba sin su excusa madre. Por primera vez en América latina, la izquierda llegaba al gobierno derrotando a sus eternos aliados en elecciones libres. Un candidato marxista se alzaba con la victoria con las reglas de juego de la democracia burguesa.
Estados Unidos comenzó a jaquear al gobierno de Allende, apenas terminó el recuento de votos que le dio la presidencia al “senador vitalicio” encabezando la Unidad Popular. Se había transformado en realidad, después de otras tres postulaciones (1952-1958-1964), la victoria del médico que había esperado casi toda su vida, para que el pueblo tome las riendas del cobre a y asegurarle a cada niño el consumo de medio litro de leche diaria.
Derrotó a Jorge Alessandri, el candidato de la derecha, el ex presidente que les aseguraba a la minoría, la preservación de sus privilegios. En tercer lugar quedó Radomiro Tomic, de la Democracia Cristiana. Pero sin mayoría propia y con una diferencia tan flaca 36,2% (1.070.334), contra el 34,9 (1.031.159), el imperio buscó un remedio urgente para impedir la asunción de Allende en noviembre. Fallaron el golpe preventivo y una sociedad pro-derecha, que pretendieron armar en el Congreso Electoral, que tenía que definir un presidente entre los dos candidatos más votados. Los golpistas avanzaron y mataron a fines de octubre al jefe del Ejército, el general René Schneider, porque su respeto por la Constitución se había transformado en un gran obstáculo.
La ilusión duró mil días. La sociedad Nixon-Kissinger, decidió que el final de la experiencia tenía que ser tan traumático como aleccionador y acordaron que el futuro tenía que llegar de la mano de la contrarrevolución cultural, que impulsaba el neoliberalismo de los “Chicago Boys” de Milton Friedman.
A partir del golpe de Estado que terminó con el gobierno y la vida de Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, la década del ’70 en el cono sur, fue un escenario donde se multiplicaron las dictaduras por necesidad del capital. El cambio de la matriz económica, se basó en la importación de productos elaborados para matar la industria nacional y esa jugada macabra con consecuencias directas en la independencia económica y en la soberanía política, implicaba desempleo, hambre, marginalidad y deuda externa. Una restauración conservadora, que solo se garantizaba con represión para asegurar el control social. Plan Cóndor, campos de concentración, desaparecidos, vuelos de la muerte, fosas comunes, robo de bebés, presos políticos y exilio.
Se instaló un modelo cruel de renta financiera, que permitió que los bancos y las corporaciones se plantaran como el nuevo poder real. Millones de seres humanos sin destino, fueron expulsados del sistema.

