LOS INCORREGIBLES (Prohibido amanecer AM750, 1 de diciembre de 2014)

El diario La Nación, brindó esta mañana un gran servicio al país, revelando de una vez por todas y para siempre, la razón por excelencia de todas nuestras desdichas, con la firma de René Balestra (pluma habitual del diario fundado por Don Bartolomé y director del doctorado en Ciencia Política de la Universidad de Belgrano).

El autor comienza planteando que «el peronismo es un movimiento político argentino nacido en los cuarteles e inventado, plasmado y dirigido hasta su muerte por un general». Indica luego que el fruto de este parto, es el que llegó para terminar con la República, hace 70 años: «En medicina, ciertas anomalías tienen origen en un foco infeccioso. La enfermedad es una consecuencia de ese foco, pero en el desarrollo del proceso perturbador, la consecuencia a su vez se va convirtiendo paulatinamente, en causa: la infección se generaliza y se desencadena una septicemia que es un círculo vicioso de causas y efectos recíprocos. Cualquier similitud o paralelismo con el tema que estamos tratando, corre por cuenta del lector».

La Nación asegura que «el peronismo aparece como consecuencia de una sociedad perturbada». Dice que desde 1930, el país vivía enfermo (no aclara quien motivó la fiebre, si el culpable fue el segundo mandato de Yrigoyen o el golpe de Estado de Uriburu) y citando a Ortega y Gasset, subraya que a principios de la década del ’40 el argentino medio se había convertido en un hombre a la defensiva; que había perdido la confianza en sí mismo y como consecuencia de ello, «cree que la culpa de lo que le sucede, es de los demás».

Y remata la idea, sentenciando que «como ha dejado de creer en sí mismo, está dispuesto alternativamente a creer en cualquiera y en cualquier cosa». A esa altura del comentariola nota, ya tiene todo listo para la cosecha. Los que terminan con la «década infame», no son otros que un grupo de «germanófilos» oficiales del Ejército, liderados por Perón; un hombre que había «aprendido los métodos y las tácticas de captación multitudinaria de Benito Mussolini en Italia»; un «verdadero encantador de serpientes», que manejaba a su pueblo «bajo efectos hipnóticos».

Borracho de nostalgia, Balestra gritó que la generación del ’80, «más allá y más acá de sus defectos, logró fraguar en su momento un país del primer mundo. Fue capaz de meter en las entretelas del alma de la sociedad argentina el anhelo por ser mejores. La herramienta fue el impulso oceánico de la educación popular. Querer ser mejor, aunque no se lo consiga, tiñe la vida del que aspira a ello y la eleva».

Pero llegó el peronismo, un movimiento «en manos de un formidable prestidigitador» y se escucharon cosas como «mañana es San Perón»; «alpargatas sí, libros no»; «haga patria, mate un estudiante»; «eximición para todos los estudiantes secundarios con 4 por decreto presidencial; textos escolares plagados de imágenes del oficialismo de turno; el luto obligatorio; la afiliación partidaria forzosa»…

Luego de esa catarata de recuerdos, la nota pregunta: «¿Alguien podría creer que se trata de pecados pasados?». Por supuesto, que la respuesta es NO. «La vigencia de esos excesos aparece en los diarios de la actualidad, con la catarata indebida del nombre del marido muerto».

Balestra dice que «una ancha capa de nuestra sociedad se siente identificada y expresada por el peronismo. No carece y nunca ha carecido de autenticidad. Como el rosismo de Juan Manuel de Rosas en su tiempo, expresa a muchos. Pero en sus postrimerías, el rosismo no ofrecía más que reiteración y quietismo. No tenía porvenir. La generación del 80 -con rosistas como Urquiza, Vélez Sársfield, Bernando de Irigoyen-, pero sin rosismo, fue capaz de superar el inmenso obstáculo».

Remata el autor, planteando que «la versión actual del rosismo hace más de medio siglo que nos hace girar y girar en el mismo lugar, como un malacate, sin avanzar».

Demasiadas líneas, muchísimos giros y decenas de metáforas añejadas, para no hablar directamente de los motivos reales del odio histórico que anida en las páginas del diario y en el ADN político del autor. Vueltas y vueltas, para no hablar de su repudio a la distribución equitativa de la riqueza, derechos laborales, el salario como motor de la economía, nacionalización de los servicios públicos, el voto femenino, paritarias, industria nacional, soberanía del subsuelo, independencia económica, tercera posición…

Pero fundamentalmente, lo que más le molesta al autor, hombre que añora el país de la campaña al desierto de Roca, el fraude patriótico, el modelo agroexportador, el país sin leyes sociales, ni laborales, etc., etc.; es el protagonismo que alcanzan desde octubre de 1945, los habitantes del subsuelo de la patria. La depresión en la que caen La Nación y Balestra, ante la pérdida de privilegios propios y la amplitud de derechos que sienten ajenos, es conmovedora.

Con diagnósticos políticos y económicos, de la Edad Media, condimentados con cucharaditas de inquisición y colonialismo, el diario creado por Mitre sigue siendo la «vieja tribuna de doctrina»…

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