Hace exactamente 13 años, la desobediencia civil salió a la calle. Por un lado, el tipo que había creído en la magia de la convertibilidad, era el mismo que se había abrazado a la inexplicable multiplicación de los panes en plena «plata dulce». Y a su lado, penaba por comida el que se había quedado sin trabajo, sin tren, sin casa, sin pasado y sin futuro.
Con relación a la primera especie, entre el que vivió una década convencido que en el bolsillo tenía dólares con la cara de San Martín y el que antes había dejado su suerte a plazo fijo a fines de los ’70, no había mayores diferencias genéticas. Los hijos de Martínez de Hoz, fundamentaron su pertenencia al planeta desarrollado, cuando por primera vez abrieron un paraguas apretando un botoncito, subieron a un avión para volar a cualquier parte, compraron muñecas que hablaban y descubrieron que la tele tenía colores. Los adoradores de Cavallo, sintieron que eran parte del «primer mundo», porque le metían mayonesa «Paul Newman» a su almuerzo cotidiano, tomaban agua mineral francesa y aparecían tratados como reyes, en países donde su billetera era recibida con alfombra roja.
El poder había construido una raza de hombres muy extraña, eran seres tan resignados a las decisiones de la dictadura, como al plan que ejecutaban los traidores en democracia. Humanos convertidos lentamente en devotos de sus derrotas y fundamentalmente, en negadores de la muerte. Porque el reino de la «patria financiera» y la «segunda década infame», primero necesitaron desaparecidos, para luego expulsar del sistema a millones de personas.
Cuando el plan determinó el destino de los que respiraban, agotaron lo que aún sobrevivía de la industria nacional, hipotecaron con deuda externa a varias generaciones de argentinos, privatizaron el Estado y dejaron en terapia intensiva a las conquistas laborales, sociales y políticas. Mataron pueblo, para poder rematar país.
En diciembre de 2001, la organización política, convivió por primera vez con oleadas de un movimiento sin nombre ni dueño, que copó las calles y que le pedía que abandone la Rosada a los gerentes del liberalismo, sin invocar otra cosa, que más Constitución y mejor democracia.
Después llegó la impotencia por más de 40 asesinados sin responsables en todo el país y un fenómeno político tan efímero como profundo, que a veces a la distancia, parece nunca existió; que ya no tiene lugar en la memoria colectiva de algunos sectores de una sociedad que lejos de no poder recordar, decidió no volver a ver la imagen que el espejo le devuelve. Encontrarse hoy en el recuerdo, llenando el changuito de importados que lo hicieron sentir importante, no es la imagen que desea volver a ver…
Cómo conviven en el presente, el «que se vayan todos», las asambleas, los escraches a los bancos y «piquete y cacerola, la lucha es una sola», con los candidatos que pensando en 2015, vuelven a ofrecer las mismas recetas que sus padres políticos.
Los argentinos convivimos con un trabajo sucio, que el poder ejecuta cada vez que lo necesita; una especie de genocidio de la historia, que limpia el prontuario de los gerentes del capitalismo salvaje. Los devuelve a la cancha, limpios de cualquier impureza y encima los nombra propietarios de la esperanza. Pasaron 13 años, los sueños regresaron y a las utopías, hoy las podés acariciar. Los muertos del 19 y 20 de diciembre de hace 13 años, siguen esperando Justicia…

