Miguel Osvaldo Etchecolatz, símbolo de la brutalidad del terrorismo de Estado en la Argentina, fallece a los 93 años. Fue el número dos de Ramón Camps en la Policía de la provincia de Buenos Aires durante la dictadura. Como mano derecha de Camps, coordinó 21 centros clandestinos de detención (el llamado Circuito Camps). Estuvo implicado, entre otros hechos, en la Noche de los Lápices y el operativo de secuestro de Clara Anahí, la nieta de Chicha Mariani, así como en las torturas a Alfredo Bravo. La Ley de Obediencia Debida impidió que rindiera cuentas a la Justicia hasta su anulación. En 2006 fue condenado por genocidio: en la víspera de la lectura de la sentencia desapareció Jorge Julio López, un antiguo secuestrado que fue testigo clave en el juicio. Con los años, sumó más penas que se unificaron en una sola de reclusión perpetua y en esa condición dejó de existir.
LA PRIMERA DESAPARICION DE LOPEZ (Fragmento de «Argentina desaparecida», de Gustavo Campana)
Junio de 2006. Jorge Julio López tenía 76 años. Sobreviviente de cuatro centros clandestinos de detención, en los que actuó el ex comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz, director de Investigaciones de la Policía Bonaerense de Ramón Camps.
Albañil y militante de Montoneros, lo secuestraron el 27 de octubre de 1976, en un operativo del que participan Etchecolatz y su chofer Hugo Guallama.
Sus recuerdos ante la Justicia fueron milimétricos, no dejaron ningún detalle en manos del olvido, 30 años después. Lo llevaron a Cuatrerismo, en el Destacamento de Arana y «ahí nos picanean toda la noche. Etchecolatz no tenía compasión. El mismo iba y nos pateaba».
Luego lo trasladaron hasta el Pozo de Arana, en la Estancia La Armonía. López confirmó los gritos de Patricia Dell’Orto, 21 años y vio a monseñor Plaza, «con los hábitos». «¿Por qué me trajo, padre? No me peguen más», gritaba en la sesión de tortura. Ella depositó en Julio, un último mensaje antes de morir: «No me fallés, buscalos a mis padres y avisales dónde estuve. Dale un beso a mi hija». López presenció el asesinato de Patricia y su marido Ambrosio De Marco, dos de los homicidios que se le imputaban a Etchecolatz: «Patricia nunca agarró un arma y estos asesinos la mataron sin piedad. El personalmente dirigió esa matanza».
Contó cómo trasladaron al paraguayo Norberto Rodas y después se escuchó un disparo. «La sacan a Patricia, que gritaba: No me maten, quiero criar a mi nenita» y el segundo tiro. Después la ejecución de Ambrosio. López también dijo que en Arana vio a Francisco López Muntaner, uno de los desaparecidos de La Noche de los Lápices.
La tercera etapa de su calvario, fue la Comisaría 5ta. Señaló que les dieron de comer y les tiraron una tableta de gamexane para desinfectarlos. Después la picana, controlada personalmente por Etchecolatz: «Dale, subile más, porque este gringo se me hizo el guapo con la otra máquina, que era a batería. A mí decime señor comisario. Ahora vas a ver».
El último destino cuatro días antes de la Navidad de 1976, fue la Comisaría 8va. El 4 de abril de 1977, lo blanquearon en la cárcel de La Plata.
El 19 de septiembre de 2006, se conoció la condena a Etchecolatz, por seis asesinatos, ocho secuestros y torturas. Fue la segunda condena por crímenes de la última dictadura después de la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.
Cuando el presidente del Tribunal Oral Federal 1, Carlos Rozanski, señaló «condenando a la pena de reclusión perpetua», la sala estalló. Los escudos de los guardias no pudieron impedir que algunas de las bombas de pintura roja, marcara al verdugo que en su defensa dijo: «Debo exponer en mi doble condición de prisionero de guerra y detenido político. Este juicio ha sido instalado como un rompecabezas para niños bobos o grandes avivados. Ustedes van a condenar a un enfermo. Como dijo Borges, ustedes no son el juez supremo, que nos espera después de muerto. No sé rendirme y después de muertos tendremos mucho que hablar».
En 1986 fue sentenciado a 23 años de cárcel como responsable de 91 tormentos, pero las leyes de perdón, se encargaron se liberarlo.
Un día antes de la condena, Julio López desapareció por segunda vez, en la ciudad de La Plata. Ese día espera a su sobrino Hugo Savegnago, para asistir al tribunal a escuchar los alegatos del juicio contra Etchecolatz. Pero López salió de su casa solo. La última persona que lo vio fue su vecino, Abel Horacio Ponce, en la calle 66, «entre la verdulería y el local de Edelap».
28 de diciembre de 2006. Habían pasado solo 100 días de la desaparición de Jorge Julio López. Todos los diarios hablaban en tapa del secuestro de Luis Angel Gerez. Vecino de Escobar, 51 años. Militante peronista, albañil, panadero y padre de cinco hijos. Su testimonio había sido clave para impedir que Patti se convierta en diputado nacional, cuando declaró ante la Cámara el 20 de abril de 2006, que el expolicía lo había torturado en 1972.
Primero recibió amenazas y a partir del 27 de septiembre, nadie tuvo noticias sobre su paradero. Apareció 48 horas después, luego de una cadena nacional de Néstor Kirchner, alertando sobre el caso, exigiendo su liberación y apuntando contra grupos residuales de la dictadura. Una hora después, Gerez apareció en una calle de Garín, con signos de tortura. La fiscalía archivó la causa en 2010, al no avanzar en ninguna dirección en la búsqueda de los culpables.

