En medio del Mundial gringo, fútbol argentino y pensamiento nacional

Mayo de 1867. Los hermanos Thomas y James Hogg, fundadores del Buenos Ayres Football Club, invitaron a través de un aviso en «The Standard», a una reunión para impulsar la práctica del fútbol en el Cricket Club; justo donde se encuentra desde hace 60 años el Planetario de Palermo. La historia se inició el 20 de junio del 1867, con el primer partido que se jugó en la Argentina, en el que se enfrentaron gorras blancas y rojas, con solo ocho jugadores por equipo.
A partir de ese momento, el fútbol sajón que empezó a disputarse en estas tierras, fue parido por trabajadores ferroviarios y portuarios ingleses y por el reflejo nacional de la escolarización británica de la pelota. Ese estilo único que en ese momento no hablaba castellano, comenzó a mixturarse con el ingreso de los apellidos criollos del país profundo; con toda la suma del bagaje multicultural que aportaron los hijos de la inmigración. El censo de 1895, contó que sobre un total de cuatro millones de habitantes, un millón eran extranjeros, cerca de 500 mil italianos, 200 mil españoles, 100 mil franceses y 21 mil ingleses.


A principios del siglo XX y a 11 mil kilómetros de Londres, el resultado del experimento británico rompió almidonados límites costumbristas y enamoró lentamente a todas las clases sociales.
El fútbol que trajo Londres sufrió una «invasión argenta» y el resultado significó la independencia. La irrupción del pueblo que originalmente no había sido invitado, liberó la forma de jugarlo, vivirlo, gozarlo y padecerlo. La masiva llegada de los nacidos y criados en esta tierra, determinó la caída del «coloniaje futbolístico» y aquella ortodoxia inglesa en la que no había lugar para matices, quedó patas para arriba. Triunfó la revolución sudamericana que encabezó el Río de la Plata y que transformó para siempre, el férreo mandato teórico.
Ese sello de identidad basado en el rol del instinto para anticiparse al pizarrón, marcó a fuego a generaciones de argentinos, edificó con cimientos muy profundos uno de los datos culturales más fuertes de estas Pampas y el país encontró en la pelota, una metáfora perfecta para poder explicar lo inexplicable. La maquinaria de relojería europea se bajó las medias y aprendió a hacer malabares con la Pulpo en el empedrado. El alma del fútbol argentino se llenó de potrero y explotó una de las grandes sucursales de un fenómeno de masas de alcance planetario.

Otras dos pasiones del pueblo argentino, vivieron procesos similares casi en paralelo, aunque venían de orígenes muy distintos: el tango y la política. El folklore porteño nació como una transgresión de jóvenes aristocráticos, que cultivaron en secreto una danza pecadora, hasta que los de abajo se encargaron de sacarla de la oscuridad. Se multiplicaron poetas, músicos y cantantes del suburbio, razas paridas en los bordes de la civilización se apropiaron sin pedir permiso para comenzar a pintar lo que le pasaba a su geografía y a su gente.
En lo político, la «organización nacional» fue un eufemismo patronal. Marcó el espíritu del primer centenario y a fuerza de muerte y persecución, domesticó a la política y al joven movimiento obrero. La Argentina de la segunda conquista, el país que nació después de Caseros, fue un coto de caza de la oligarquía hasta que el pueblo yrigoyenista le arrebató al régimen la Ley Sáenz Peña. La revancha de la derecha, llegó con el primer golpe de Estado y la restauración conservadora de la «década infame». La democracia volvió a transformarse en una mueca de sí misma. Sin embargo, los que no estaban en el inventario coparon la Plaza, metieron las patas en la fuente y volvieron a revolucionar el paisaje bucólico de estancias de tierra adentro y palacetes porteños.

Fútbol, tango y política, fueron tradiciones culturales resignificadas y reinventadas por los «nadies». Religiones populares que se escaparon de las órdenes de los dueños del templo, para cumplir solo con sus sueños.
En el barrio, todos sabíamos qué era «jugar bien». Ese era un dato de nuestro fútbol, que se transmitía de generación en generación. Nadie tenía dudas. Los que la llevaban pegada al pie, los que levantaban paredes con los compañeros que hablaban el mismo idioma, los que te pintaban la cara con una gambeta indescifrable, los que nunca eran los dueños de la pelota… Nadie tenía dudas.
Hasta que en medio de una de las tantas batallas culturales que atentan contra el «pensamiento nacional», algunos sembraron la confusión y «jugar bien» fue sinónimo de pasado y las leyes populares empezaron a ser pisoteadas. Se rieron del caño, la rabona, la bicicleta y el taco. Se burlaron del talento, la habilidad, la creación. Apareció el pragmatismo con su cara más cruel, le pegaron de puntín al pasado y amenazaron con llevarse para siempre uno de los grandes tesoros; aquello que los veteranos llamaban «la nuestra».
En la discusión política, todos sabíamos qué era «pensamiento nacional». Nadie tenía dudas. Los que peleaban contra el imperialismo, los que hablaban de independencia, los que eran fuertes ante los fuertes, los que soñaban con más derechos y menos privilegios. Nadie tenía dudas.
«Pensamiento nacional» era la YPF de Mosconi, los hospitales de Carrillo, los ferrocarriles de Scalabrini, las sentencias de Jauretche, la bronca de Discépolo con Mordisquito, los altos hornos de Savio, las urgencias de Evita por los que ya habían esperado demasiado y la independencia económica para sostener soberanía política y multiplicar justicia social, que sintetizaba el objetivo de Perón.
Hasta que desde la prensa del «poder real», la que primero estuvo al servicio de la última dictadura y luego fue escudera del menemismo, alguien empezó a desarmar trenes y aviones buscando sin suerte a la soberanía. Uno habló de «relaciones carnales» y otro te contó que un peso valía un dólar. Solo los nostálgicos, no aceptaban el boleto para el primer mundo.

En la primera década del siglo XXI, los ganadores de los ’90 y sus herederos, volvieron a la carga y sentaron otra vez en el banquillo de los acusados al «pensamiento nacional». Como antes lo hicieron con el caño, la rabona, la bicicleta y el taco.
Alguien dijo alguna vez que si estos tipos llegaban a vencer, un buen día nos íbamos a despertar y Pedernera, Moreno, Pontoni, Tucho Méndez o el Chueco García, quizás nunca existieron. Que al gol de Grillo a los ingleses, lo iban a limpiar de los libros.
Con Diego saben que pierden, aunque intenten lastimar el recuerdo del 10 vengador de las injusticias y a los pibes de Messi en Qatar, no olvidar que la prensa de doble apellido los trató de «vulgares» y «pendencieros» después de eliminar a Holanda. Son capaces de cualquier cosa, con tal de no vernos sonreir.
La pelea está inconclusa y por ahora, los que pusieron las patas en la fuente, siguen fieles a sus raíces aunque vengan degollando y eso siempre los preocupa…