La fría mañana del lunes 26 de junio de 1978, un día como hoy hace 48 años, Rubén Molinuevo salió de su casa y cruzó la calle. Lo separaban muy pocos metros de la fábrica de botiquines «Las hermanas», que conducía con su cuñado Carlos Bonifatti.
En la puerta, dos obreros esperaban que los dueños abrieran las puertas de un nuevo día de trabajo. La jornada laboral empezó para un eufórico Molinuevo, con un acto de justicia ineludible: colgar el poster de la Selección argentina, que hacía menos de 24 horas se había consagrado campeona del mundo.
«Vuelta al laburo, se acabó la joda», le dijo uno de los operarios al patrón. «Si, pero quien nos quita lo bailado», respondió el jefe. «No va a faltar el comedido», agregó el laburante, muy seguro que la felicidad sería tan efímera como la gloria.
«No te quejés, peor tienen que estar los holandeses, que tienen que volver al trabajo después de haber perdido», disparó Rubén antes de reírse a carcajadas de los hinchas naranjas.
Un rato después, Bonifatti en su escritorio ya estaba encargándose de los números de la pyme familiar. Camino al escritorio de su cuñado, Molinuevo hizo un alto en el altar que consagró después de levantar la persiana. Miró la foto, cerró los puños y gritó como si estuviera en la tribuna: «¡Argentina, Argentina!». Muy feliz fue al encuentro de su compañero, que con cara de preocupación, hacía números en la calculadora. Jugando a ser el relator de América, dijo: «Toma la pelota Kempes, se manda por línea de fondo, tira pase hacia atrás toma Passarella que se manda adentro, pase a Bertoni que agarra la pelota y se perfila….». Lo interrumpió el grito de Bonifati: «¡Paraaaaaaá. Pará fanático dejame trabajar»!. «Sos una heladera viejo, nos sacaron campeones disfrutala un poco», respondió eufórico Molinuevo.
A la preocupación de Bonifatti, le sobraban motivos. Cortó un pedazo del rollo de papel de su calculadora y se lo dio a su cuñado: «Echale un vistazo, así disfrutás un poco».
«Y esto a mí que me significa…», dijo Rubén mientras se ponía los anteojos para explorar como venía el presente de la fábrica:
-«¿Qué pasa andamos mal? Así de repente».
-«No desde siempre», sentenció Bonifatti mientras acomodaba papales y se ponía el sobretodo para salir a hacer trámites bancarios.
-«Entonces tan mal no andamos. Botiquines se venden, para el morfi hay».
-«Y vos con eso estás hecho…».
-«No te quiero decir que las cosas marchan”.
«¿Adónde marchan?”, tira Bonifatti como un cachetazo mientras se va de la oficina.
-«Pará che. Pará Carlitos. Yo de números no entiendo nada…”.
-«Entonces porque corno hablás bocón”.
-«Y qué, ¿estamos fundidos?”.
-«No…, peor» y se va de la fábrica para montarse en su Fiat 600 rojo y salir a enfrentar deudas ante los bancos.
-«¿Cómo peor? ¿Hay algo peor que estar fundidos?», Molinuevo corre y lo alcanza en la vereda.
. «Esto», responde Bonifatti señalando el frente de la fábrica. «Hace años que estamos así, estancados. Me querés decir cuál es el futuro».
Doña Hortensia, la suegra de los dos cuñados, de los dueños de la fábrica de botiquines, «Las dos hermanas» sale de casa y le pide a Carlos que la lleve al centro: «Voy a comprar dólares. Hoy cobré la pensión y… Ustedes no invierten, ¿qué hacen con la plata?»…
La euforia mundialista no alcanza para tapar el sol. Las importaciones comienzan a matar a la industria nacional y la «patria financiera» está ingresando en su último capítulo de esplendor. La primera escena de «Plata dulce», transcurre en un imaginario lunes 26 de junio de 1978, un día como hoy hace 48 años. «Plata dulce», un espejo que siempre adelanta, cuando el saqueo neoliberal está en pleno desarrollo.
Editorial de Gustavo Campana del viernes 26 de junio en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales)

