16 de junio de 1955: «La gente que corría hacia la nada, volaba en pedazos»

Pasaron 71 años y el número de víctimas en aquella Plaza de Mayo del invierno de 1955, sigue siendo un cálculo aproximado. Cerca de 400 seres humanos, fueron ejecutados desde el aire por los aviones del «Cristo vence». Heridos, casi 2 mil..

«Los primeros tres aparatos de la Marina que volaron sobre la casa de Gobierno y el Ministerio de Guerra, arrojaron mortíferas bombas sobre la sede gubernamental, sobre la Plaza y el edificio del Ministerio de Ejército, en la calle Azopardo. Una de las bombas cayó de lleno sobre la Casa de Gobierno, otra alcanzó un trolebús repleto de pasajeros que llegaba por Paseo Colón hasta Hipólito Yrigoyen. El vehículo se venció sobre el costado izquierdo, sus puertas se abrieron y una horrenda carga de muertos y heridos fue precipitada a la calle» (diario «La Nación»).

«A las 12 y 30 del 16 de junio, la inocencia de la gente buena poblaba las calles del centro. En la Plaza de Mayo, el hormigueo diario de las horas bancarias, no impedía a los niños, a los viejos, jugar con las palomas. Eran las 12 y 30. El cielo encapotado, cubría Buenos Aires. De improviso como un vómito, el ruido de 30 pájaros de acero hirió las entrañas de las nubes. ‘Hay que matar a Perón’, esa era la consigna. Y comenzó el infierno. La mirada perpleja, las corridas y las bombas quebrando la inocencia. ‘Hay que matar a Perón’. Eran las 12 y 30. Los aviones bombardeaban palomas, niños, ancianos. La gente que corría hacia la nada, volaba en pedazos» («Sinfonía de un sentimiento»).

A las 16:00, los 30 aviones criminales huyeron al Uruguay. En Montevideo, el militar que estaba esperando a los aviadores era el joven teniente Suárez Mason, refugiado desde el intento golpista de Menéndez en 1951.
Tiraron 60 mil kilos de explosivos sobre Buenos Aires y cuando se les acabaron las bombas, algunos arrojaron los tanques de nafta de reserva.
Asi nació un ciclo de violencia institucional contra el pueblo argentino, que después se proyectó en el golpe de septiembre, en los fusilamientos del 56, el Plan Conintes, Trelew y en el genocidio perpetrado por la última dictadura.
El Contraalmirante Arturo Rial, fue el mejor vocero de las Fuerzas Armadas liberales que operaban por orden de Washington: «La Revolución Libertadora se hizo para que en este bendito país, el hijo del barrendero muera barrendero».

Después del bombardeo, uno de los grandes objetivos del golpe de 1955, fue «desperonizar» el sistema de salud y arrancar de la historia a la Fundación Eva Perón. Para esa tarea, los militares eligieron al coronel Ernesto Alfredo Rottger y interventor de Asistencia Social y Salud Pública, le encargó la misión, a la fundadora de la Acción Católica Argentina, Marta Ezcurra.
«La atención a los menores era suntuosa, incluso excesiva, y nada ajustada a los normas de sobriedad republicana que convenía para la formación austera de los niños. Aves y pescados se incluían en los variados menúes diarios. Y en cuanto al vestuario, era renovado cada seis meses», sentenció el verdugo.
La asistente social ordenó el 23 de septiembre del 55, la ocupación militar de cada una de las Escuelas Hogar. Se hicieron cargo de los edificios, las Fuerzas Armadas y los comandos civiles.
En los patios de cada institución y con la presencia de los pibes en las galerías, el fuego terminó con frazadas, sábanas y colchones que llevaban la leyenda FEP. Y para exorcizar definitivamente a la República, tiraron la sangre de los bancos de los hospitales públicos, porque allí habían «sangre peronista».

«Quedan prohibidas en todo el territorio de la Nación: las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas artículos y obras artísticas; la utilización de la fotografía retrato o escultura, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, porque dichos objetos ofenden el sentimiento democrático del pueblo Argentino y constituyen para éste una afrenta que es imprescindible borrar». El Decreto 4161, promulgado el 5 de marzo de 1956. En abril fue derogada la Constitución del 49, los fusilamientos fueron en junio y Argentina ingresó al FMI en septiembre.

«Entre los muertos, 40 niños de guardapolvo. En la estación Retiro treparon en alborozo de canticos y risas a un trolley. Venían a conocer Buenos Aires. Los habían premiado y ese mediodía los recibiría el general. 40 niños de guardapolvo. Tal vez asombrados al oír el rugido de los aviones, miraron al cielo con orgullo a esos pájaros de acero que venían atropellando nubes. Tal vez pensaron, vuelan para nosotros esos pájaros son nuestros, son parte de la fiesta porque vamos a ver al General. Nunca llegarían. Pasaron del bullicio a la noche. Estallaron al impacto certero de una bomba que quería matar a Perón. 380 muertos, sin contar las palomas y la alegría de un pueblo que nunca más sería el mismo. Y la llovizna mezclada con la sangre, anegaba las alcantarillas. Eran las 16. Con furia demencial, los traidores descargaban las últimas bombas y metrallas sobre el horror de la inocencia» («Sinfonía de un sentimiento»).

16 de junio de 1955. Las bombas y la metralla, cayeron sobre Plaza de Mayo, la Casa de Gobierno, el edificio de la CGT, el viejo Ministerio de Obras Públicas (en Av. 9 de Julio y Belgrano) y sobre la residencia presidencial, en el predio que hoy ocupa la Biblioteca Nacional.
16 de junio de 1955. El día que Buenos Aires fue Guernica, aquel ataque de aviones alemanes sobre territorio vasco del 26 de abril del 37, está considerado por la humanidad como un crimen de guerra. Los bombardeos del 16 de junio de 1955, nunca tuvieron condenados, viven en la impunidad del olvido.