Si no sufrís el dolor al lado de las víctimas, es porque bancás a los asesinos

Bullrich como tantos integrantes de La Libertad Avanza, no cultivan un «cinismo artificial»; su crueldad es de carne y hueso. En el caso de la maldad veterana que profesa la senadora, su prontuario es parte del cuadro de honor, de lo peor de la democracia parida en el 83.
Su rol en la Alianza, fue representar a un sheriff republicano contra los sindicatos, mientras con buenos modales y explicaciones absurdas (sufrir en el presente, para ser feliz en el futuro), le quitaba el 13% a jubilados y estatales. Primero fue ministra de Trabajo de Fernando De la Rúa y saltó del barco a un mes del estallido social que terminó con el segundo desembarco neoliberal en la Argentina, cuando era titular de Seguridad Social. Se fue el 14 de noviembre de 2001, con el riesgo país a 2664 puntos.
Eligió para su futuro político ser «la mala película», a partir de jurar como ministra de Seguridad de Mauricio Macri. El rol que asumió no se basó en una pose discursiva, lo documentaron las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel y su defensa del asesino Chocobar. Gloriosos tiempos de «el que quiera ir armado, que ande armado», meter en cana a inocentes acusados de terroristas y en el que además, hizo grandes negocios con su esposo comprando lanchas artilladas a Israel a través de sopreprecios millonarios.
Su mutación a «Pepita la pistolera», se forjó lentamente en las marchas anticuarentena, cuando era lobista de Pfizer y no le generaba ningún conflicto regalar las Malvinas a cambio de la vacuna; la que ella le ofrecía al país, como una especie de «visitador médico» a escala millonaria.
Renovó los votos ocupando el mismo cargo con Milei y se transformó en la reina de la represión con todas las fuerzas de seguridad disponibles, a jubilados y opositores.

Ayer en la sesión histórica del Senado, en la que le robó el protagonismo al presidente en la conducción de la derecha que gobierna la Nación, con el caso Michelli; se atragantó con un minuto de silencio por las víctimas de femicidio. Apenas habían pasado 24 horas de las marchas multitudinarias que juntaron en todo el país, a cientos de miles gritando «Ni una menos» por undécima vez.
Bullrich no soportó que en su Senado, porque considera al cuerpo como su nuevo reino, la peronista rionegrina Ana Marks, pidiera rendir homenaje «a las mujeres que pedieron justicia por nuestras muertas». No se bancó que alguien diga en su comarca, que «Ni una menos», «hace 11 años nos hermana a las mujeres que buscamos un mundo más justo, que buscamos que el patriarcado no condicione el desenlace de nuestras vidas y haga que más mujeres sean víctimas de femicidio».
Imagínense las tripas de la Pato, cuando Marks denunció el desfinanciamiento y desmantelamiento de las políticas de género que viene llevando el gobierno nacional. Y cuando dijo que «no hay libertad mientras sigamos teniendo miedo de si llegaremos vivas a nuestras casas», Bullrich ya estaba en modo Almodóvar, «al borde de un ataque de nervios».

Se brotó cuando Mayans, pidió un minuto de silencio por las victimas de femicidio. Pidió la palabra y grito el verso de moda en el oficialismo: «En los últimos dos años la Argentina bajó un 25% los femicidios. Esto no es una casualidad, no es por un presupuesto de un ministerio de género que no se dedicaba a la protección de las mujeres, sino por el fortalecimiento de leyes y política de todas las provincias argentinas».
Resulta que a los que bajaron 13 programas de prevensión, los familiares de las víctimas (una cada 31 horas), tienen que decirle gracias. Bullrich remató su discurso con todo el odio disponible: «El que las hace las paga, nuestro feminismo no esconde a los violadores, no libera delincuentes. Ayer la plaza se partidizó».

La precisión de Juliana Di Tullio por una palabra clave, cerró el debate: «Te felicito porque dijiste femicidios cosa que no hace tu ministra que habla de homicidios. Nos tenemos que hacer cargo de lo que pasa en la realidad que es que a las mujeres nos matan, nos descuartizan, nos violentan. Este cuerpo debería tener más empatía».

En ese momento apareció Adbala como presidente provisional del Senado: «Bueno, bueno, en esta casa no se habla ni de religión, ni de política, así que votemos». Y aprobó que un minuto de silencio, era todo lo que su hipocresía estaba dispuesta a ofrecer…