En cada marcha en defensa de la universidad pública, el presente que pelea por el futuro, sale a la calle por mandato del pasado. Milei también reaccionó desde la historia, con reflejos nostalgiosos de la UBA arancelaria. Añora aquella casa de estudios prohibida para el hijo del pueblo, que moldeaba a un alto porcentaje de los dirigentes conservadores que iban a conducir el destino de aquel país semicolonial.
La defensa del Estado como garante de una educación igualitaria, la llevaron a la práctica siempre los mismos y sus enemigos se mantienen inalterables. Podemos trazar líneas de tiempo sobre deuda externa, industria nacional o defensa de los derechos humanos y los protagonistas de esta batalla inconclusa, nunca cambiaron de vereda.
El gobierno libertario, como todas las experiencias ruinosas del neoliberalismo en la Argentina, volvió a demostrar a través de su fundamentalismo ideológico, que es incompatible con la democracia y la república. Sueña con una matriz primitiva, sin línea de producción, ni ciencia y tecnología propia; por lo tanto, no enfrenta a la universidad porque se lo dice un asiento contable. Milei necesita claustros terciarios donde reine en soledad, un discurso liberal que nos obligue al subdesarrollo eterno. Y lo dice haciéndose llamar Doctor, porque en el boliche de Benegas Lynch le pusieron toga y birrete en la fiesta de egresados. Una foto que explica demasiado.
Cuando el país de un hombre un voto comenzó a abandonar un porcentaje de la cínica formalidad del siglo XIX, a la derecha local la urna le quedó incómoda. Después de tres revoluciones radicales, que fueron derrotas militares pero que operaron como victorias políticas, Sáenz Peña entendió que no había otro camino. El pueblo tenía que votar sin trampas, para transformar al país en un proyecto viable. «Si alguna vez un voto fue comprado, ese voto nunca fue vendido», dijo el impulsor de la 8.871 sancionada en 1912, para abrir las puertas del sufragio secreto y obligatorio; el que recién lograría ser universal, con la «Ley Evita» en el 47.
El pueblo ingresó por primera vez a la Rosada con Yrigoyen en 1916 y dos años más tarde, no fue casual la Reforma Universitaria que democratizó la educación superior; instalando autonomía y cogobierno. No obstante, seguía quedando demasiado lejos de los «nadies».
En septiembre de 1930, el primer golpe de Estado fue una restauración conservadora que duró hasta 1943. Aquella «década infame» con «fraude patriótico», volvió a callar la palabra del hombre y la mujer de a pie. Trece años en los que la oligarquía potenció la Argentina anglo-agropecuaria, que entregó su soberanía política y regaló su independencia económica.
Ramón Carrillo ingresó a la Facultad de Medicina con 17 años en 1924 y terminó con medalla de oro en el 29. Cuando en la década del 30, muchos de sus 11 hermanos bajaron de Santiago del Estero a Buenos Aires con sus sueños universitarios en la valija, el neurólogo fue terminante: «Solo van a poder estudiar Medicina, porque no tenemos cómo comprar otros libros». En esa universidad de costosos derechos de examen, el futuro mejor ministro de Salud de nuestra historia, los evaluaba para no tirar la plata en aplazos antes de presentarse a girar el bolillero.
La gratuidad universitaria llegó con la revolución del peronismo en 1949, un gran instrumento del primer Plan Quinquenal que proyectó un país que necesitaba de técnicos y profesionales para refundarse.
La interrupción constitucional sangrienta del 55, apareció para terminar con la movilidad ascendente y tuvo en el contraalmirante Arturo Rial, al mejor vocero de sus intenciones: «Esta gloriosa revolución se hizo para que en este bendito país, el hijo del barrendero muera barrendero».
Arturo Frondizi desempolvó un decreto de la tiranía de Aramburu, firmado en diciembre del 55 y luego de la discusión de laica o libre, las universidades privadas capitaneadas por la Iglesia Católica, lograban entregar títulos habilitantes por primera vez.
«La noche de los bastones largos» del general Onganía en 1966, explicó vía represión que el pensamiento nacional, no tenía lugar en la nueva dictadura. A partir del 73, la primavera que nació con Cámpora, pronto se convirtió en el invierno de la Triple A. La intervención cavernícola de Ottalagano, los fascistas de la Concentración Nacional Universitaria y un nazi como Remus Dionisio Tetu en la Universidad del Sur, encabezaron el muestrario del próximo infierno universitario a partir de marzo del 76. La desaparición fue el remedio para aquella juventud que padecía «exceso de pensamiento», como lo definió el contralmirante Bardi, primer ministro de Bienestar Social de Videla.
Cuando la patota al mando del coronel Jorge Alberto Maríncola, irrumpió en la Universidad de Luján que dirigía Emilio Mignone, le preguntó dónde guardaba las armas. El rector indicó que se encontraban en la Biblioteca y sin entender que Mignone hablaba de libros, el uniformado mandó a requisar el lugar donde se guardaba el conocimiento.
Los que creyeron que un libro sobre la historia del «cubismo» y otro que hablaba de «la cuba electrolítica», eran mensajes marxistas; fueron los mismos que prohibieron la matemática moderna, por el peligroso mensaje que encerraba la teoría de conjuntos o que censuraron en las aulas al «Martín Fierro» por «desertor y subversivo».
El regreso de la democracia posibilitó terminar con el examen de ingreso a partir del Ciclo Básico Común del 85. Luego el menemismo intentó sin suerte aplicar la orden del Banco Mundial de privatizar el tercer nivel educativo y sobre el final de aquel tiempo entreguista, el plan chocó contra la «Carpa Blanca» que recuperó el espíritu de la educación pública.
La Alianza intentó con el recorte furioso de López Murphy, dejar en terapia intensiva al Estado en general y a la universidad gratuita en particular. Una marcha gigante, lo sacó del ministro de Economía después de 16 días de recortes.
El kirchnerismo terminó con la centralidad porteña y creó 14 universidades en la provincia de Buenos Aires, ocho en el conurbano bonaerense donde viven casi 11 millones de habitantes. Un profesor de esos centros que acercaron el sueño universitario a los barrios obreros, me dijo que la diferencia entre una universidad de la Ciudad de Buenos Aires, pública o privada, es el momento de la «selfie». En CABA la foto con la familia, es con el egresado lleno de huevo y harina; pero acá es cuando se inscriben y viven la fiesta del primer universitario de la familia.
Macri en la campaña electoral 2015 dijo en Ciencias Económicas, «¿Qué es esto de universidades por todos lados? Basta de esta locura» y luego su gobernadora bonaerense, sentenció que «los pobres no llegan a la universidad»…
Como vemos, todo está en su lugar. Este repaso apurado, comprueba que el problema mayor que tiene la universidad de los cinco premios Nobel, es el viejo plan funcional a la dependencia y como valor agregado, luego aparecen las características del personaje que lo ejecuta. Ensanchemos esta lógica inapelable a cualquier área de gobierno cuando reina el mercado y siempre encontraremos a las mismas víctimas en el paredón y en el pelotón de fusilamiento, se repetirán los apellidos de los antiguos verdugos.
Curiosamente los de «Alpargatas sí, libros no», terminaron siendo los grandes desarrolladores de la universidad moderna: plural, diversa, profunda y democrática; con muchas «selfies» el primer día.
https://www.pagina12.com.ar/2026/05/18/nostalgias-de-la-fabrica-de-dirigentes-conservadores

