El Gobierno se golpea el pecho, mostrado el supuesto crecimiento de la actividad industrial de marzo; pero en realidad se trata de números traccionados por el 16% de aumento de la producción de productos químicos y el 13,5% de refinación de petróleo. No hay novedades. continúan de fiesta los sectores que generan menor cantidad de fuentes de trabajo y que solo operan exportando; mientras siguen en preocupante descenso, los rubros que emplean a la mayoría y que alimentan el funcionamiento del mercado interno.
Cuando hablan del crecimiento de casi el 8% de la elaboración de alimentos, la letra chica es demoledora. El incremento del sector se basó en la captura de merluza en las flotas de pesqueros de altura para exportación y en segundo lugar, en la demanda industrial de «productos de copetín, condimentos, aderezos y salsas»…
La verdad está en el parte médico de la industria textil, que cayó 23% interanual, aparece en la fabricación de maquinarias y equipos que descendió 11% y en el resultado negativo de las industrias metálicas, que retrocedió 10%.
Empujan construcción, energía y agroindustria exportadora, mientras textiles, maquinaria agrícola y siderurgia, siguen en contracción profunda, padeciendo la presión importadora que llega desde China. El acumulado trimestral es negativo y confirma que la mal llamada recuperación, es tan desigual y como frágil. El primer dato de abril lo documenta: la producción automotriz volvió a desplomarse y cayó un 17,5%.
Milei opera en «modo desesperación». Está cosechando su siembra, después de haber decidido la muerte de la economía real y no haber generado fuentes de recursos genuinos. Y como ya no tiene tiempo para seguir prometiendo lo que nunca llega, en la fase terminal de su experimento intentará hacer caja lo más rápido posible. Armó una «liquidación por cierre», de los recursos naturales y las reservas estratégicas.
Parece que no alcanzó con el Régimen de Incentivos a Grandes Inversiones que llegó con la trágica Ley Bases de mediados de 2024.
Milei propuso la reducción de la alícuota de Ganancias del 35 al 25%, retenciones cero para las exportaciones derivadas de esas inversiones y arancel cero para la importación de maquinaria y bienes de capital.
Eliminó exigencias de compre nacional, flexibilizó el ingreso de divisas y decretó que durante el primer año, las empresas sólo debían liquidar el 80% de los dólares generados, el 60% en el segundo año y desde el tercero, autorización para remitir el total de las ganancias al exterior sin restricciones.
La inversión extranjera en la era anarco capitalista, mantiene un saldo negativo y ahora, después del primer fracaso destinado a proyectos de exportación en minería, petróleo y gas, vamos por más regalitos fiscales, aduaneros y cambiarios. Los liberales necesitan la revancha para sobrevivir y parece que pensaron en contratos de saqueo a 30 años, muchísimo más generosos. El RIGI original no revolucionó la economía, ni generó la lluvia de inversiones prometida de 200 millones de dólares de piso y tampoco multiplicó el trabajo.
En la interna de la derecha argentina, en esa historia que no hubo, no hay, ni habrá buenos, apareció Cachanosky: «Milei haciendo populismo. Mientras ataca a ciertos empresarios denunciándolos por privilegios (Rocca), él otorga privilegios con el RIGI». Y le recordó que su gobierno dijo que la mejor política industrial, es la que no existe…
Y la estocada final, a cargo de un economista formado en la Escuela de Chicago de Milton Friedman. Carlos Rodriguez, exviceministro de Economía de Menem, sentenció: «Lo mejor que podría hacer Javier Milei por su país, es ofrecer su renuncia indeclinable a la reelección en 2027».
Editorial de Gustavo Campana del viernes 8 de mayo, en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales).

