10 de mayo de 2004: La confesión de Laborda, el segundo Scilingo

Algunos dinosaurios seguían vivos en los cuarteles. El teniente coronel Bruno Laborda, detenido en Campo de Mayo, se convirtió en el segundo Scilingo, nueve años después de aquella declaración del marino en España. En este caso había algunas diferencias ni menores, ni sutiles, con el relato del ex capitán de la Marina.
Por primera vez un oficial en actividad confesó los crímenes cometidos por órdenes superiores, entre 1977 y 1979. Pero no habló desde un cargo de conciencia que lo atormentaba y no lo dejaba vivir, sino que detalló su participación en el asesinato de prisioneros indefensos, en la Guarnición Militar Córdoba, para pedir que se reconsiderara la decisión de la Junta de Calificación de Oficiales que lo declaró no apto para ascender a coronel.
Afirmó en su defensa, que otros oficiales que participaron de hechos equivalentes fueron ascendidos, por lo tanto su caso, violaría el principio de equidad contemplado en los reglamentos militares. “Existe la posibilidad de que todos y cada uno de los cuadros de oficiales y suboficiales del Ejército hayan participado en acciones similares”, pero “al no tener la certeza” de ello, “me encontraría en una situación de desigualdad ante mis pares”.


Para Bruno Laborda, esas ejecuciones significaron méritos militares no tenidos en cuenta al evaluar su legajo, ya que fueron ordenados por sus superiores a través de la cadena de comando y se realizaron en presencia de los jefes de la unidad (Orlando Oscar Dopazo y Enrique Aníbal Solari, ambos tenientes coroneles retirados).
El oficial habló de “verdaderos e ineludibles actos del servicio”, que tuvieron “impacto en la personalidad, el carácter y el prestigio de cada uno” y consideró que el acatamiento de semejantes directivas, era prueba de su “lealtad, obediencia y profesionalismo. Confianza y convencimiento propio de un soldado”.
Cuando el militar-abogado redactó su defensa, no cumplía arresto por violaciones a los Derechos Humanos. Bendini le había impuesto un arresto de 30 días por no haber contado lo que sabía en 1995, cuando el ex jefe de Estado Mayor Martín Balza, dispuso que fuera escuchado en absoluta reserva todo el personal que conociera información sobre personas detenidas-desaparecidas. Laborda, a través de un escrito con ausencia de nombres claves y presencia de algunos apellidos falsos, dijo que como cadete participó en la Operativo Independencia en Tucumán y que egresó del Colegio Militar en diciembre de 1976.

“Al subversivo hay que matarlo, pero no sólo a él, sino también a sus hijos, para que no puedan propagarse”, dijo haber aprendido de “un admirado y recordado oficial instructor” del Colegio Militar, a quien no identificó. En 1977 intervino “activamente en la eliminación física de un guerrillero acusado y condenado”, sin nombrar quiénes habían dictado la inexistente sentencia.
Señaló que fueron emboscados cuando se trasladaban en un vehículo militar, con el cabo 1º Bulacios, supuestamente ultimado en el hecho; pero ese apellido no figura en las recopilaciones sobre bajas militares publicadas durante la dictadura.
El escrito no guardó detalles: “Con la presencia del jefe de Batallón, el entonces teniente coronel Dopazo, la plana mayor, jefes de compañía y oficiales, dimos muerte al supuesto asesino y terrorista, en el campo de la Guarnición Militar Córdoba en proximidad a La Mezquita, lugar que con el tiempo se convertiría en el cementerio anónimo de la subversión. Más de treinta balazos de FAL sirvieron para destrozar el cuerpo de un hombre que, arrodillado y con los ojos vendados, escuchó con resignación las últimas palabras de nuestro jefe, pidiéndole que encomendara su alma a Dios”. Finalizó sosteniendo que los oficiales más jóvenes arrojaron el cuerpo a un pozo, lo quemaron y lo cubrieron con tierra.

Destacó que en el 78, junto a otro oficial “recién egresado” del que también guardó su nombre, llevó en una ambulancia desde el Hospital Militar Córdoba hasta el campo de la guarnición, a una mujer que el día anterior había dado a luz. Volvió a plantear tribunales imaginarios, cuando afirmó que ella había sido “condenada a muerte debido a su probado accionar en actos de sabotaje en el desarrollo del campeonato mundial de fútbol”. Su traslado “al campo de fusilamiento de la Guarnición fue lo más traumático que me tocó sentir en mi vida. La desesperación, el llanto continuo, el hedor propio de la adrenalina que emana de aquellos que presienten su final, sus gritos desesperados implorando que si realmente éramos cristianos le juráramos que no la íbamos a matar, fue lo más patético, angustiante y triste que sentí en la vida y que jamás pude olvidar.

Nuevamente, y a órdenes del jefe de la unidad, el entonces teniente coronel Solari también todos los oficiales designados, procedimos a fusilar a esta terrorista que, arrodillada y con los ojos vendados, recibió el impacto de más de veinte balazos de distintos calibres. Su sangre, a pesar de la distancia nos salpicó a todos. Luego siguió el rito de la quema del cadáver, el olor insoportable de la carne quemada y la sepultura disimulada propia de un animal infectado. Nunca supe el destino del niño o niña”.
Calificó como “acto de combate”, el asesinato de cuatro varones detenidos, que personal de inteligencia había llevado hasta un camino secundario cercano a la ruta nacional 9, próximo a Ferreira. “Con la presencia de nuestro jefe de batallón, la plana mayor y oficiales subalternos, procedimos a dar muerte a balazos, por separado, a los cuatro condenados subversivos. Era de noche y por las circunstancias propias de una ejecución a sangre fría todo fue brutal. Hasta el día de hoy me parece escuchar los gritos desgarradores de dolor de uno de ellos que pedía desesperadamente, ‘mátenme, por favor mátenme’. Un oficial más antiguo y yo pusimos fin al suplicio de ese hombre, que ni siquiera sabíamos su nombre”. Luego hicieron ingresar al campo a dos o tres secciones de tiradores del batallón, para que dispararan a modo de simular un enfrentamiento. Los cuerpos fueron entregados por Bruno Laborda y otros efectivos a médicos del Hospital Militar Córdoba.

El militar recordó que se confesó con un sacerdote y la respuesta celestial fue que era loable abatir a los enemigos de Cristo y que “como soldado de la Iglesia” sería recompensado en el más allá: “Un ministro de la fe cristiana calmó mi desasosiego al afirmar que actos como los confesados, no sólo era loable el abatir un enemigo de Cristo, sino que ese desempeño como soldado de la Iglesia sería recompensado en el futuro” (Fragmento de «Néstor Kirchner: No les tengo miedo», Gustavo Campana).

Foto de portada: «La Perla», Córdoba. El campo de concentración más importante, después de la ESMA y Campo de Mayo.