Ricardo Mansueto Zinn: Las sagradas escrituras del liberalismo argentino

El sueño continental de liberación, quedó en manos de la invasión neoliberal que entró por Chile en 1973. Milton Friedman fue el verdugo económico de América Latina. Ordenó en nombre de la libertad el fin de la producción manufacturera, la destrucción de los derechos laborales, desnacionalizar los recursos estratégicos, extranjerizar el capital y arrancar una era de endeudamiento histórico. Medidas que no podían aplicarse en democracia.

Ricardo Mansueto Zinn, fue uno de los arquitectos de la experiencia argentina. El autor de «Achicar el Estado es agrandar la Nación», medio siglo después continúa siendo el «monje negro» mejor guardado por la derecha local. El archivo del poder real, custodia celosamente el prontuario del padre del «Rodrigazo». Integrante del Grupo Azcuénaga, aquel equipo de Martínez de Hoz que se reunían en un petit hotel de Carlos Blaquier (Azcuénaga 1673). El objetivo era terminar por primera vez con la industria nacional a tres turnos, el casi 50% del PBI para los trabajadores y un país con pleno empleo.
Aspiraban a reemplazar la democracia por un régimen elitista, tutelado por los mandatos de la «civilización occidental y cristiana» y desde su prisma analizaban al peronismo y al radicalismo, como puentes con el comunismo.
Junto con Zinn fueron titulares inamovibles de esa formación, Mario Cadenas Madariaga, Jorge Zorreguieta, José Luis García Venturini, Lorenzo Sigaut, Horacio García Belsunce (padre) y Juan Catalán.

En los principios de este grupo, anida la columna vertebral de todos los procesos neoliberales argentinos. Todo está en «La segunda fundación de la República», libro de Don Ricardo Mansueto, editado en agosto de 1976. En el prólogo se presenta como el topo que vino a frenar desde adentro, el avance «suicida» del «populismo desenfrenado» y para cumplir esa misión aceptó la invitación de Martínez de Hoz en junio del 75, para convertirse en el número dos de Celestino Rodrigo; una silla negociada con López Rega. Zinn fue el verdadero autor del «Rodrigazo», el encargado de detonar la bomba liberal que dejó el país a la deriva. Vinieron para terminar con la Argentina de sustitución de importaciones, industria nacional, distribución de la riqueza y pleno empleo, a través de un aumento tarifario del 300% y una devaluación del 180%. A esa capacidad de destrucción del estado de bienestar, el autor lo calificó como «realismo económico-social».
El movimiento obrero reaccionó y terminó con el primer laboratorio neoliberal, que duró 48 días. «Apenas iniciada la aplicación de un esquema económico antidemagógico, se hizo visible que las fuerzas populistas de todo signo se aprestaban a impedirlo y la gestión fracasó», escribió el verdadero padre de la criatura.
Concretado el golpe de Estado, Zinn pidió tiempo, sudor y lágrimas: «La aceleración destrucriva del país, no se modificará de un día para otro. Los indicadores económicos deberán seguir empeorando para obtener el necesario saneamiento sobre el cual se pueda construir un proceso de crecimiento sostenido».

El primer capítulo se titula «Sesenta años de decadencia», en el que el autor señaló que el principio de todos los males fue la Ley Sáenz Peña, porque «entronizó la emoción y desplazó a la razón». Para Zinn el problema argentino se generó cuando el pueblo votó sin trampas y el primer resultado fue la llegada del yrigoyenismo al gobierno en 1916. Sin embargo, poco más de la mitad de esa línea de tiempo, fue ocupada por uniformes militares en la Rosada y socios civiles en el Ministerio de Economía, la «Década infame, con fraude patriótico» y dos presidentes elegidos con mayoría proscripta, cercados por las Fuerzas Armadas.
Dijo que entre 1943 y 1946, se desarrolló la «era demagógica» y que a partir de la primera presidencia de Perón, a la etapa irracional se le sumó el «populismo» para generar una «Argentina inválida».
Aseguró que cuando el obrero consume, «el gobierno alienta al pueblo a que se devore a la Nación».
Zinn calificó a los salarios dignos y a los derechos laborales, como «una fiesta permisiva», en la que los gobiernos peronistas dejaron la conducción del país en manos de los «caprichos» populares: «Cuando un gobierno proclama que sólo hará lo que el pueblo quiere, es porque ha encontrado la forma oculta de domesticarlo, para que aspire lo mismo que desea el gobierno. Con la demagogia se le intoxicará el razonamiento y los individuos se irán sumergiendo paulatinamente en un universo de emociones superficiales. Dopado, el pueblo se convirtió en una masa abyecta».

Pide dejar atrás la «imadurez», a la que nos llevó la supuesta búsqueda de justicia; porque «los argentinos han asimilado el concepto de memoria, con el de venganza. Mientras las naciones adultas marchan en la dirección que le señala su curso histórico, nosotros somos inducidos a nacer cada mañana en brazos de un benevolente romanticismo moral, que nos mantiene paralizados».
En «El éxito material no es pecado», indultó a la explotación del capital y elevó a la categoría de héroes a los integrantes de la patronal: «La Nación deberá revisar los prejuicios que contra las empresas y los empresarios, les han generado años y años de propaganda. La Argentina debe aprender de una vez por todas, que ganar dinero no es pecado, que el capitalismo moderno no puede ser vergonzante; debe ser motivo de orgullo para todos, como lo es un poeta, un investigador o un deportista sobresaliente».
En el capítulo 13, habló de «Elegir la libertad». Planteó que solo son viables, «aquellas sociedades en las cuales los derechos individuales son superiores a los del Estado» y que «la iniciativa privada, es la condición imprescindible para la libertad».
Zinn sentenció que el 24 de marzo de 1976, Argentina tomó el camino correcto, porque había dos opciones: «La libertad en un mundo occidental, cristiano y capitalista o bien la esclavitud en un mundo ateo y marxista con la seguridad social del hormiguero y su disciplina esterilizante».
Cualquier similitud con el presente argentino, es pura coincidencia…

Cuando a principios del 81, Martínez de Hoz le entregó la llave del Palacio de Hacienda a Sigaut, Zinn estaba en el grupo SOCMA a las órdenes de Franco Macri; director del Banco de Italia y presidente de Sevel.
Más fue tarde asesor de María Julia Alsogaray, en las privatizaciones de ENTel y Somisa. Murió el 3 de mayo de 1995, en un accidente de aviación cerca de Quito, cuando acompañaba al presidente de YPF, José Estenssoro, a una reunión de ejecutivos petroleros sudamericanos.