El 18 junio de 1945, 319 entidades de la industria y el comercio, firmaron un documento, que reclamaba el regreso del control social a través de la represión estatal. Un texto que hablaba de la muerte obrera, sin necesidad de nombrarla: «Desde 1919, el país ha vivido dentro de una casi perfecta tranquilidad».
El capital hablaba de enero del 19, más exactamente de la locura vivida entre los días 8 y el 14, cuando la Ciudad de Buenos Aires fue escenario de la matanza obrera, que abrió uno de los capítulos más terribles de la historia argentina: «La Semana Trágica».
A mediados del 45, los empresarios querían volver a los crímenes aleccionadores que dejó aquella masacre, luego de la huelga de los metalúrgicos en San Cristóbal. Los laburantes de la «Sociedad de hierros y Aceros Limitada de Vasena e hijos», pedían una jornada de trabajo de ocho horas. Más de 700 muertos y cerca de cuatro mil heridos. Hombres y mujeres ejecutados por el Ejército, la policía y los grupos paramilitares de Manuel Carlés.
Muchos cayeron en la puerta de la fábrica, en la actual plaza «Martín Fierro», producto del ataque con ametralladoras, cañones y obuses, que propuso el General Dellepiane. Otros cayeron en el trayecto hacia el cementerio de la Chacarita el 19 de enero, cuando por Corrientes iban cerca de 200 mil personas y desde las iglesias salían los asesinos de la Liga Patriótica. Los mismos rifles de la oligarquía, salieron a matar familias judías del barrio de Once y Balvanera, porque en su ignorancia los asociaban con rusos y jugaban a terminar con bolches de la Revolución del 17.
Recién cuando las balas callaron, Yrigoyen convocó a las partes para negociar y los reclamos obreros se transformaron realidad; pero la conquista se quedó una década sin poder atravesar los muros de la fábrica. El resto de los trabajadores, tuvo que esperar hasta la Ley 11.544, sancionada en 1929.
Antes, el regreso a la esclavitud con la «Conquista al Desierto»; los tanitos de «La Rosales» (lavanderos, cocineros y foguistas) abandonados por la Armada en alta mar en 1892; los asesinatos ordenados por Ramón Falcón el 1 de mayo de 1909 en la Plaza Lorea; los fusilamientos de la Patagonia y la masacre de la Forestal.
En la segunda mitad del siglo XX, llegaron la venganza de Robustiano Patrón Costas («Lo que nunca le voy a perdonar a Perón, es que durante su gobierno y luego también, el negrito que venía a pelear por su salario se atrevía a mirarnos a los ojos. ¡Ya no pedía. Discutía!») y del almirante Rial («La Libertadora llegó para que en la Argentina, el hijo del barrendero, muera barrendero»).
Las bombas en el acto de abril del 53, la muerte que llovía del cielo en junio de 1955, los paredones de fusilamiento del 56, el Plan Conintes en tiempos de Frondizi, las ejecuciones de Trelew y a partir del 24 de marzo de 1976, más de 600 centros clandestinos de detención, tortura y muerte, para llevarse a 30 mil.
En los últimos ensayos de la muerte, el 30 de marzo del 82 en Mendoza, mataron en la marcha de la CGT Brasil, a José Benedicto Ortiz, el secretario general de la Asociación Obrera Minera de la Argentina. El 16 de diciembre de 1982, a metros del Cabildo, un policía ejecutó por la espalda, al obrero salteño del SMATA, Dalmiro Flores.
La democracia no fue un escudo protector perfecto, para frenar la barbarie de la civilización. El 12 de abril de 1995, el asesinato del obrero de la construcción, Víctor Choque, se convirtió en la primera muerte desde el regreso de derechos y garantías.
Dos años después en Cutral-Có, un balazo policial le arrancó la vida a la empleada doméstica Teresa Rodríguez. En noviembre de 2000 en Tartagal, fue asesinado de un disparo en la cara el piquetero Aníbal Verón.
Los 39 muertos en diciembre de 2001, Kostecki-Santillán, Carlos Fuentealba, Mariano Ferreyra… La lista es muchísimo más larga y siempre el dedo que gatilla responde a un ADN que por convicción u obediencia debida, parte desde el mismo lugar.
Hoy es un día donde se mezcla el homenaje a los muertos que pelearon por los derechos que conquistaron y gozaron generaciones de trabajadores, con la bronca de este tiempo de «restauración conservadora»; con el «poder real» festejando una reforma esclavista, con ínfulas del siglo XIX.
Los veteranos necesitan recuperar la memoria con las patas en la fuente, con los documentos de Huerta Grande y La Falda que parieron a la CGT de los Argentinos; con el «obreros y estudiantes unidos y adelante» del Cordobazo o el «Pan, paz y trabajo» de Saúl en la dictadura.
Los nuevos, los que pedalean hacia ninguna parte, tienen que descubrir que alguna vez este lugar fue muy distinto. Que supimos de pleno empleo y salario digno. Que conocimos la justa distribución de la riqueza, la universidad para el hijo del obrero, la casa y el autito. Que millones descubrieron el mar con un carnet sindical en la mano, que la salud se llamaba obra social y que los derechos constitucionales tuvieron rango constitucional.
Nuestros muertos y los sobrevivientes, saben que los laburantes convirtieron a la utopía en realidad más de una vez. Todos son hijos aunque no lo sepan, del Estatuto del Peón de Campo y del país con línea de producción a tres turnos.
Como sentenció Leopoldo Marechal en aquel «Megafón o la guerra» de 1970, muy poco antes de morir y sin saber que estaba hablando para cualquier casillero del futuro: «Actualmente hay dos Argentinas. Una en defunción, cuyo cadáver usufructúan los cuervos que la rodean. Y otra como en Navidad y crecimiento, que lucha por su destino y que padecemos orgullosamente.
Sea como fuere, todo aquí está en movimiento y como en agitaciones de parto. ¡Entonces, dignos compatriotas, empecemos otra vez!».
https://radiocut.fm/audiocut/campana-a-11-rrepresion-estatal-y-mortal-por-defensa-derechos/
Editorial de Gustavo Campana del viernes 1 de mayo, en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales).

