Elecciones del 27 de abril de 2003: El día que él perdió, pero ganamos todos

El Flaco convirtió la frialdad del porcentaje, en un fuego que arrasó con todos los pronósticos que la cifra frágil proyectó de inmediato. Para la indiferencia metropolitana era casi anónimo y a fuerza de bajar cuadros todos los días, terminó como el capitán del regreso de la política.
El presidente que asumió sin multitud propia y se transformó en el arquitecto de la construcción de nuevas mayorías, acabó con todos los mitos de la derrota popular eterna, que la derecha global instaló en los 90. Néstor convocó a soñar lo que estaba prohibido, derrotó a Fukuyama, al «fin de la historia» y al verso de «las ideologías han muerto».
Pueblo, paritarias y obrero encabezaron el largo listado de palabras que habían sido borradas del diccionario. Derrotó la naturalización neoliberal de la deuda, la dependencia, la impunidad, la represión, la pobreza y la desocupación. Reinstaló la distribución de la riqueza, militó la integración latinoamericana, recuperó el país manufacturero y sacó a la Argentina de las cenizas con memoria, verdad y justicia.
El diagnóstico con el que llegó a la Rosada, hablaba de 24% de hombres y mujeres sin trabajo, 53% debajo de la línea de pobreza, 180 mil millones de dólares de deuda, el aparato productivo destrozado, 14 cuasi monedas y 39 cadáveres.

Campaña 2003. José Pampuro, futuro ministro de Defensa de Néstor, recorría Lanús, un distrito del que había sido secretario de Salud entre 1983 y 1987. Una vecina lo tranquilizó, cuando le contó que apoyaba al desconocido, solo porque él se lo había pedido: “Pepe, voto al tuyo, te lo voto a Kissinger”.
Móvil de CQC, en la puerta de la cancha de River. Acto del 2 de abril de 2003. El periodista interroga a los futuros votantes de Kirchner, con una pizarra y un marcador en la mano. Les pide que escriban el nombre del candidato a presidente, que van a votar. Tiran “Kirkner, Kisner…” y todas las variantes posibles, jugando con más consonantes de las que tiene el abecedario.

En las primeras elecciones después de diciembre de 2001, luego de la destrucción que dejó el segundo paso del neoliberalismo por nuestras vidas, el gran culpable había salido más o menos ileso del balance social. La Alianza había hecho demasiado con Blindaje, Megacanje y la Banelco, pero la década anterior a su corto y ruinoso paso por la Rosada, fue el gran padre de aquel país en vías de extinción.
El menemismo mató por segunda vez a la industria nacional en poco más de una década, generó una desocupación del 20%, incrementó la deuda externa en 120 mil millones de dólares, destrozó al Estado a fuerza de privatizaciones y rifó la soberanía monetaria con la convertibilidad. Es tan cierto que Menem en las elecciones del 27 de abril de 2003 se impuso con el 24,35%, escapándose por un rato de la condena de la historia, como que sacó la mitad de los votos de su reelección en el 95.
El otro que pareció un recién llegado a la Argentina, fue López Murphy. Ministro de Defensa de Fernando De la Rúa y finalmente 15 días al frente de Economía, entre el 5 y el 20 de marzo de 2001. El mismo que salió eyectado del Palacio de Hacienda, cuando quiso generar un recorte mayúsculo en las universidades, fue tercero con el 16,37% de los votos, dos años después…
Cinco candidatos concentraron casi el 90% de los votos, un día como hoy hace 23 años, con una diferencia entre el primero y el quinto de apenas el 10%. Salvo Leopoldo Moreau (UCR), ninguno participó representando a los partidos tradicionales, pero todos habían sido construídos por esas dos matrices ideológicas: Frente por la Lealtad (Menem), Frente para la Victoria (Kirchner), Recrear para el Crecimiento (López Murphy), Frente Movimiento Popular (Adolfo Rodríguez Saá) y Argentina por una República de Iguales (Carrió).
Los tres candidatos con certificado de nacimiento en el peronismo, concentraron cerca de 12 millones de votos y se impusieron en 23 provincias (Menem 12, Kirchner ocho y Rodríguez Saá tres). Los que provenían del radicalismo, reunieron seis millones y medio.

El 14 de mayo, Carlos Menem anunció que se retiraba de la segunda vuelta. Solo faltaban cuatro días para concretar el primer ballotage de la historia política argentina, el que paradójicamente era posible a través de la reforma constitucional del 94, que el propio expresidente auspició para lograr su segundo mandato consecutivo.
Con este gesto destituyente, el riojano coronó una década de protagonismo central en el proceso de destrucción de la política y en particular del peronismo. Impidió que el próximo presidente asumiera legitimado por las urnas y lo dejó a la intemperie ante el establishment. A Néstor lo imaginaban cercado, débil, manejable.
Después llegaron las amenazas de Claudio Escribano, como vocero de la Embajada de los Estados Unidos. Primero mano a mano y después a través de un editorial de La Nación del 15 de mayo de 2003, aquel día con agenda armada por el diablo; cuando almorzando con Mirtha Legrand, la señora le preguntó: «¿Con usted se viene el zurdaje?»

El 25 de mayo de 2003 entró a su despacho en Balcarse 50, un presidente de estreno, sin kilometraje, todavía con funda de plástico en el tapizado y las fotos de su familia en el bolso, esperando desembarcar en algún lugar del escritorio. El hombre inesperado tenía la posibilidad de confirmarse en su pasado, mientras el capital concentrado aguardaba impaciente. Millones de argentinos preguntándose si el vértigo del cargo envolvería de regalo al candidato, para caer en brazos de las corporaciones y de los medios del «poder real» hablando todos los días del «abrazo del oso», del «Chirolita de Duhalde». El establishment aseguraba que un títere daría función en la Rosada y un guionista oscuro escribiría el guión desde las sombras.
Sin embargo ese día, a 30 años de la asunción de Cámpora, el patagónico se miró al espejo y solo llovían recuerdos en blanco y negro. Un flaco alto, con pelo largo y los anteojos pesados, le guiñaba al Néstor de 53 años, la complicidad necesaria para empezar a gobernar con la utopías intactas del pibe setentista. Ilusiones mixturadas con la madurez política con la que había llegado hasta el límite de lo imaginado.
Un año y medio después había terminado con las leyes de perdón, con la Corte de la «mayoría automática» y con la flexibilización laboral. Había reestructurado la deuda con una quita del 70%, le había pagado al FMI y le había dicho No al ALCA, con Bush a un metro de distancia.

Siete años después el Flaco se fue apurado, sin explicar por qué. Dejó como legado un país gobernado por la política, en lugar de una factoría reglamentada por el mercado. Lo despidió el adiós popular que se enciende ante todas las muertes inexplicables, sorpresivas e injustas, que siempre nos parece que atacan con exclusividad a aquellos seres que sentimos imprescindibles. Esos que cuando se van, generan un estado de orfandad incomparable.