21 de abril de 2026. Las tapas lo guardaron. Lo custodiaron de un título condenatorio, en un momento donde la economía fracasada y la corrupción de su gobierno, lo están sacando del futuro. Un hombre que le sube el volumen a un relato indefendible y vergonzoso, creyendo que así regresarán sus días de oro, requiere de medios dispuestos a tirarse de panza encima de la granada. Los que lo bancan en el marco de un «matrimonio por conveniencia», esta mañana le ofrecieron portadas fingiendo demencia.
El «poder real» le dio una mano a Milei, transformando en silencio su palabra repleta de odio, su mensaje de muerte, su posición hitleriana frente al otro. Prohibido hablar de un hombre que se cree dueño de la vida y de la muerte. Clarín y La Nación lo ignoraron para cuidarlo, no para ningunearlo, no para mostrarlo a través de su ausencia como un ser políticamente insignificante. Esta mañana el papel que marca agenda, lo arrancó de la historia detrás de la muerte de Brandoni, los ecos del superclásico, la obsesión por copar la AFA, una turista muerta en México y operativo anti-narco en un morro de Río.
Para estos dos grupos mediáticos, tan afectos desde el 24 de marzo de 1976 a montar operaciones de maquillaje para cambiarle el semblante a la muerte, el hermano de Karina no habló en Israel, no dijo nada, ni una sola frase que merezca ser título…
Un presidente no democrático, que solo cree que existen opresores y oprimidos, pero paradójicamente fue elegido por el pueblo argentino, pidió que otros en su nombre, desaten un genocidio. En esta guerra donde conviven el hambre de petróleo de Trump y el sueño del exterminio de una raza del «querido Bibi» Netanyahu; Milei, que solo puede aportar algún discurso desequilibrado, cumple haciendo mucho más de lo que sus patrones esperan de su «empleado del mes».
Por el contexto histórico, por el escenario geográfico, porque se lo dedicó a uno de los dos que amenazan al planeta, ayer el hombre que no puede pronunciar la palabra paz, lanzó en nombre de 47 millones de habitantes, el discurso más violento de su repertorio. Un mensaje repleto de palabras irresponsables, como si la guerra fuese un juego de mesa.
Habló desde una trinchera ridícula, jugando a ser el tercero del triángulo junto a Washington y Tel Aviv, amparado en que la distancia geográfica nos pone a salvo de un misil iraní. Un pastor electrónico de dos religiones, que rompió a martillazos el mandato de Dios a Moisés: No matarás, No cometerás actos impuros, No robarás, No darás falso testimonio ni mentirás, No consentirás pensamientos ni deseos impuros y No codiciarás los bienes ajenos.
Milei simboliza la destrucción de todos los acuerdos políticos, que tácita o explícitamente, operan para que la humanidad no se extinga.
Y lo hace con la misma necesidad del «minuto a minuto» televisivo, pero como conductor político de una Nación.
Con su palabra, inexistente para el planeta, pero con el peso de un mensaje divino para su mundo imaginario, bancó a quienes tienen la posibilidad material de desatar el apocalipsis. Jugando a ser el presidente de Estados Unidos, pidió el exterminio de culturas con las que no puede convivir y auspició un genocidio.
Después del Holocausto, las Naciones Unidas definieron en 1948, que genocidio es un crimen perpetrado con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Que no se limita a miles o millones de asesinatos, sino que incluye el daño físico o mental como tortura, para imponer condiciones de vida destructivas.
No somos Milei. Nuestra historia reclama rebeldía para volver a ser aquella sociedad que aunque imperfecta, era un paraíso de paz, pan y trabajo; entre tanto infierno.

