Cuando Toto habla de justicia social, está diciendo «viva el cáncer»

Durante décadas, la derecha local no se metió en polémicas donde indefectiblemente se iba a desnudar su miserabilidad y a quedar en offside frente a la mayoría. Su cinismo inconfesable, no se podía publicar. Cuando hablaba de concentración de la riqueza como primer mandamiento, su límite era la «teoría del derrame». Contaban que su plan estaba basado en la injusticia, pero a pesar de la metáfora que hoy parece bastante light ante Milei, el planteo nunca dejaba de ser cruel. No era gratis discursear mirando a cámara, que después que el capital se empachara, el pobrerío iba a comenzar a comer las miguitas que quedaban en el mantel.
El neoliberalismo no podía expresar su ilusión esclavista, frente a un campo popular ideologicamente fuerte, fiel a sus raíces; que no pensaba en ganar elecciones copiando manuales de Durán Barba. Cuando la batalla cultural convenció a un porcentaje importante, que el ascenso social era un pecado, un sector derechizó los sueños y los monstruos se sintieron libres.

Comparado con el diccionario libertario, en las formas el macrismo fue una barbarie discursiva «sumisa y recatada»; pero en el contenido no hay ninguna diferencia. «Hay que bajar los costos y el salario es un costo más», «Caer en la escuela pública», «El curro de los derechos humanos», «Deuda se paga con dueda», «Las Malvinas serían un déficit adicional para el país», «Que toda la Argentina se enamore de Christine Lagarde», «Los pobres nunca llegan a la universidad» o «Le hicieron creer a un empleado medio que podía comprarse celulares e irse al exterior»; son algunas de las definiciones de aquella derecha que hoy parece de pico produnte.

Mucho antes de Milei candidato presidencial, cuando faltaba un año para la campaña electoral, apareció Rosenkrantz. En junio de 2022 y en la Universidad de Chile, el integrante de la Corte Suprema cuestionó la máxima peronista que sentencia que «allí donde hay una necesidad, nace un derecho». El abogado defensor de las corporaciones, afirmó hace cuatro años que no puede haber un derecho detrás de cada necesidad, porque que los recursos son limitados y eso fomentaría el populismo.
Reaparecía aquello del contraalmirante Arturo Rial en 1955: «La libertadora se hizo para que en este bendito país, el hijo del barrendero muera barrendero».
Después de Rosenkrantz vino el anarco-capitalista con aquello de la «justicia social es un robo», anunciando sin intermediarios, que el 20% del país se iba a quedar con lo que necesita el 80 restante, para sobrevivir y crecer. Planteó que como no hay para todos, la realidad es inmodificable: los privilegios son nuestros y las obligaciones son el destino de muchos.

En este rara pelea por ver quién se que queda con el título argentino de máximo «enemigo del pueblo», apareció el mesadinerista que en 2018 nos entregó al Fondo y que ocho años después, es uno de los responsables de nuestro reconversión colonial. «Los funcionarios pidieron créditos inducidos por mí, se los digo a todos porque es una oportunidad que motoriza la economía y es la mayor Justicia Social. No hay nada de ilegal ni de inmoral, es patético que lo digan como si fuera un delito». Caputo planteó que la utilización privilegiada de fondos públicos destinados a los funcionarios libertarios, es un regalo del Nación de 300 millones de pesos por cabeza, a benefactores que vienen a mover la rueda virtuosa de la economía.

En «Hay que pasar el invierno», vos sabías quien era el dueño de la cobija y quiénes se iba a morir de frío; pero todavía el diablo conservaba una dosis de pudor público. Hoy la corrupción vieja, fue transformada por un endeudador serial, en eje de una nueva versión liberal de la «justicia social». Algo así como, «si no hay para todos, que el país sirva para consolidar la riqueza de algunos». Perdieron el miedo a decir que son una banda de ladrones. Hay muchas formas de reavivar el «Viva el cáncer» o volver a ultrajar el cadáver de «esa mujer». Esta es una de ellas.

Editorial de Gustavo Campana del lunes 6 de abril, en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales).