Página 12: «Estamos ganando: La guerra que peleó la dictadura de papel»

Los socios civiles del golpe fueron responsables de tres áreas fundamentales: economía, medios de comunicación y justicia. Martínez de Hoz impuso el primer plan neoliberal local, de la mano del terrorismo de Estado; la «dictadura de papel» se adueñó de la batalla cultural para encoger los sueños de los sobrevivientes y el Poder Judicial operó como la escribanía que no encontró impurezas en la muerte de la República. Los tres fueron partícipes necesarios del secuestro, tortura y desaparición, primero de la Constitución y luego de 30 mil seres humanos.

Entre el 2 de abril y el 1 de mayo de 1982, los medios apuntalaron un irresponsable clima festivo. La prensa oficialista recuperó el manual de estilo con el que trabajaron durante el Mundial 78, para recrear aquella intermitente devoción nacionalista. Consumo hipócrita de los colores patrios, de un sector de la sociedad que paradójicamente, engalanaba sus días con importados.
Por la televisión argentina, un espectáculo eufórico. De «60 minutos» a «Las 24 horas de Malvinas», la pantalla a color fue una feria que jugó con la ingenuidad de un porcentaje de la población que estaba dormida, pero con los ojos bien abiertos.

En los diarios del 3 de abril, apareció la foto que encabezó la comunicación de la dictadura. A contraluz, la imagen de cinco soldados que levantaban con esfuerzo un mástil con la bandera argentina, supuestamente en Malvinas. La toma fue concebida en la Escuela de Mecánica de la Armada, el 1 de abril. Mientras el soporte técnico de la época, para contar con registros lejanos inmediatos era la telefoto, el resultado de la coreografía llegó a las redacciones en papel fotográfico…
La idea fue tomada de la «histórica» fotografía de Joe Rosenthal, «Alzando la Bandera en Iwo Jima», fechada el 23 de febrero de 1945.
El conflicto bélico en el Atlánico sur, no creó la censura como acto reflejo de «seguridad nacional», solo profundizó un ejercicio cotidiano de los últimos seis años. Canal 13 a cargo de la Armada, el 11 conducido por la Fuerza Aérea y Argentina Televisora Color más el 9, para el Ejército. El dial radial dirigido casi en su totalidad por uniformados y las excepciones privadas, no se alejaban del discurso único. Los tres diarios que aceptaron la invitación de Videla para quedarse con «Papel Prensa» en un camastro de tortura (Clarín, La Nación y La Razón), marcaban la agenda, la mentira y el olvido, de casi todos los matutinos del país. En las islas, solo periodistas de Télam y ATC, para garantizar el control del mensaje.

Uno de los primeros recursos del discurso oficial, fue el concepto de «país joven» sobre el «imperio obsoleto»; a través de piezas publicitarias como aquella que mostraba el avance de un león «perseguido» por una mira telescópica y una voz en off que advertía: «Cuando el peligro acecha, hay que esperar pacientemente el momento de actuar para no errar el disparo. Saber esperar es saber luchar. Argentinos a vencer. Cada uno en lo suyo, defendiendo lo nuestro».
Los que habían secuestrado la soberanía, en pos de reinstalar una matriz económica liberal, recurrieron a un nacionalismo que no profesaban. Los que habían vendido su independencia al mercado, hablaban de la necesidad de redescubrir el país para parir un elemento unificador.
Entre el 1 de mayo y el 14 de junio, irrumpió la guerra de carne y hueso. La mirada tribunera terminó envuelta en la depresión de la tragedia. El editorial de Clarín del 2 de mayo, fue la velocidad crucero del discurso castrense de los primeros días: «La experiencia mundial dice que los poderosos de este mundo nunca han podido doblegar a los pueblos que se sentían unidos por su condición nacional. La indignación levantada por la guerra austral, desatada por el gobierno de Londres, es hoy una invariante en toda nuestra América y está destinada a tener sus consecuencias inevitables».

4 de junio de 1982. La dictadura clausuró por 72 horas, la agencia «Noticias Argentinas» y el diario «El Patagónico» de Comodoro Rivadavia, por violar «la pauta referida a la difusión de información sobre el desarrollo de las actividades militares en el Atlántico Sur».
«Por razones de seguridad», la Casa Rosada repartió entonces instrucciones para ajustar la mordaza: «Evitar difundir información que produzca pánico; que atente contra la unidad nacional; que reste credibilidad y/o contradiga la información oficial; que socave la convicción respecto de los derechos argentinos; que pueda generar disturbios sociales, alterando con ello el orden interno; que genere sentimientos y/o actitudes agresivas respecto a personas y/o intereses de la comunidad británica en el país; que procure afectar tendenciosamente la relación con otros países o que procedente del exterior, apunte a facilitar el logro de los objetivos psicológicos del oponente».

Los últimos 14 días de la guerra, fueron el angustioso prólogo de la rendición; sin embargo fueron reflejados con un absurdo grado de expectativa ganadora por la patria mediática. Cuando el final estaba muy cerca, Clarín seguía suministrándole oxígeno a la dictadura: «La Fuerza Aérea hundió una fragata y averió tres naves» (9 de junio), «Fueron rechazados ataques británicos» (10 de junio), «Conmoción en Londres por las elevadas pérdidas en Malvinas» (11 de junio), «Tenaz resistencia a un avance británico» (13 de junio) y «Bombardeo sobre las avanzadas británicas» (14 de junio).
La revista Gente, la madre del “Estamos ganando”, arrancó con su reconversión el 1 de julio de 1982. En portada catástrofe, fondo rojo y letras blancas, la publicación de Atlántida se preguntó por primera vez: «¿Había comida? ¿Tenían ropa adecuada? ¿Qué pasó con las armas? ¿Cuántos muertos hubo?».

Pocas semanas después de la finalización de los combates, los semanarios olieron democracia y comenzaron una cínica etapa de transformación. El mismo semanario, seguía desnudando verdades cuidadosamente silenciadas: «¿Cómo pudo suceder que un chocolate con una carta adentro, enviada por un chico de siete años a nuestros soldados en plena guerra, fuera vendido días atrás en un quiosco de Comodoro Rivadavia?». En tapa la imagen del pequeño Gustavo Vidal: «¿Qué pasó con el chocolate que le mandé a un soldado? Investigación especial: Las donaciones que nunca llegaron a Malvinas».
El 3 de febrero de 1983, Gente denunció el caso de un soldado que fue estaqueado durante cuatro horas, por abandonar la guardia para abrazar a su padre, en Caleta Olivia (Santa Cruz).

Las tres armas entendieron como una amenaza, el regreso de los soldados. Los testimonios, los cuerpos y los daños psicológicos encenderían la indignación social y los gritos de las plazas de Galtieri, le apuntarían como insulto a los cuarteles. No podían soportar tanto descrédito. El fin de la dictadura, en medio de la información nueva sobre las violaciones a los derechos humanos, ganaba la superficie justo cuando los datos sobre Malvinas empezaban a ser reales.
El Proceso buscó para su capítulo final, la cobertura de viejos aliados para garantizar la «desmalvinización» que necesitaban: censura, complicidad mediática y operaciones de inteligencia para silenciar a los colimbas. Nada alcanzó. La verdad suele ser tozuda y peleadora. Se levanta tantas veces como sea necesario para gritar que está viva y que nada ni nadie, nunca serán suficientes para someterla.

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