2 de abril de 1976: Martínez de Hoz y el primer plan neoliberal argento

«Se abre señores un nuevo capítulo en la historia económica argentina. Hemos dado vuelta una hoja del intervencionismo estatizante y agobiante de la actividad económica, para dar paso a la liberación de las fuerzas productivas. Hay una Argentina que muere, la del Estado elefantiásico que subsidia empresas ineficientes y cobija tanto a empresarios indolentes como a sindicalistas inescrupulosos. Me corresponde asumir la responsabilidad del ministerio de Economía de la Nación, en el curso de una de las peores crisis económicas que ha padecido nuestro país. Quizás la peor. Para revertir la situación actual, en el menor plazo posible, todos los argentinos sin distinción, deberán poner su esfuerzo y realizar su contribución.
Quisiera referirme brevemente a los objetivos básicos del programa económico, de nuestro programa económico. Indudablemente el bienestar humano, engarzado en el contexto general del bien común, es el primero de ellos. Siempre se repite que la economía está al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía», Martínez de Hoz, 2 de abril de 1976.

El diagnóstico del ministro para decretar que el paciente estaba en una fase terminal, se basaba en una imaginaria línea recta que pretendía exactitud matemática para un fenómeno con fuertes condicionantes políticos: «En los últimos doce meses el crecimiento de los precios minoristas alcanzó al 566% y si en los próximos nueve meses la tasa marcha al ritmo del primer trimestre (de 1976) la espiral llegará al 788%». El ministro sostuvo que eso produciría, entre otros males, «la proletarización de la clase media». Sobre el déficit público señaló, que «mientras en 1970 los ingresos tributarios alcanzaban para cubrir el 80% de los gastos totales, en el primer trimestre de 1976 sólo absorbieron el 20%. Así, los gastos del Estado han crecido en tal magnitud que no pueden ser cubiertos con recursos genuinos y se recurre a la simple emisión monetaria».
A través del equipo de José Martínez de Hoz y con David Rockefeller como garante ante Washington, la teoría de Milton Friedman arribó a estas costas con el golpe que manchó de sangre los números del aparato productivo.
Los premios Nobel, fundamentalmente en Economía y Paz, a veces suelen legitimar a los enemigos de las dos disciplinas para limpiar su prontuario y casualmente para el destino argentino, Friedman lo ganó en 1976.
El «poder real» reemplazó las fábricas a tres turnos, por un sistema rentístico financiero y la fuga de capitales del 76, fue de 680 millones de dólares.
La ruta cotidiana de miles de argentinos, ya no era de «casa al trabajo y del trabajo a casa», con la «Patria financiera» marchaban de casa al banco y después de depositar en plazo fijo su futuro, regresaban felices al nido.
Sin economía genuina, el norte le ordenó al sur vivir tomando préstamos imposibles de devolver, que generaron la primera gran espiral de dependencia política contemporánea.
Cumpliendo con la necesidad de «tierra arrasada» (Naomi Klein), para que después del peor diagnóstico, el remedio más cruel no tuviera sabor a muerte; el nuevo dueño del Palacio de Hacienda dibujó una pesada herencia con aquel histórico discurso del 2 de abril de 1976.

«Podríamos haber bajado la inflación mucho más drásticamente. Pero, ¿a costa de qué? Acosta de una gran recesión y en contra de la voluntad de la propia Junta de gobierno, que estaba inmersa en toda la actividad antiterrorista y no quería provocar grandes protestas sociales» (Martínez de Hoz).
El país previo a Martínez de Hoz, tenía una deuda externa de casi 7 mil millones de dólares, poco más de 2% de desocupación, aparato productivo trabajando a pleno con fábricas a tres turnos y el 47% del PBI para los trabajadores, después de regresar en 1973 tras 18 años de proscripción. El legado cruel fue la bomba depositada por el neoliberalismo en agosto del 75 con el «Rodrigazo», para después presentarse como parte de la solución, cuando en realidad eran el centro del problema.
Como dijo Jorge Beinstein, asesor de Gelbard en el ministerio de Economía, con Martínez de Hoz comenzó la etapa del «lumpen capitalismo».

«Clarín», tapa del 3 de abril de 1976. La batalla cultural en su máximo esplendor, para contar las dos horas y media que duró la presentación del plan de Martínez de Hoz. La palabra que tenía que comenzar a las 21:00 y cerrar una hora después, abrió poco después de las 22:00 del viernes 2 de abril y concluyó a las 00:40 del otro día.
El título dijo «Anunciaron el programa para el reordenamiento de la economía nacional», pero el resumen que en portada describió el futuro de los números nacionales, contó exactamente al revés, lo que Martínez de Hoz buscaba. Mientras el mensaje periodístico, hablaba de «La implantación de una economía de producción, en reemplazo de una de especulación», el ministro lideró el primer industricidio argentino, mientras auspiciaba el reino de la especulación financiera.
«Entre los numerosos anuncios del funcionario, se destaca la reformulación del Estado y especialmente, el redimensionamiento de sus estructuras para reducir el gasto improductivo y el déficit fiscal, al que calificó como el principal motor de la inflación. También dio a conocer las pautas para la expansión productiva, tanto en el orden agropecuario, como en el industrial; para lo que se asegurarán adecuados márgenes de rentabilidad. Finalmente, alertó sobre las falsas esperanzas de una recuperación rápida y espectacular y destacó que se logrará solo con trabajo y el esfuerzo constante y disciplinado», destacó el ministro.

El diario que por entonces lideraba Ernestina Herrera de Noble, destacó en portada, cinco medidas claves: «Excepto los medicamentos: Disponen la liberación de precios», «Ajustes periódicos: El gobierno establecerá los salarios», «En un 30%: Aumentan los combustibles y el gas», «Crean nuevos gravámenes: Fue modificado el régimen impositivo» y «Anulan la Ley de Inversiones Externas: Para facilitar radicaciones, anulan la Ley de Inversiones Externas».

En la presentación de su plan económico, Martínez de Hoz le pidió al capital que no se tomaran todo de un sorbo. Los grandes empresarios del país, hacían gala de una voracidad acumulativa muy peligrosa y liberar sin control los mercados, sería peligrosamente funcional a los futuros caníbales del plan de la dictadura. Habilitar la ley de la selva, fue contraproducente. “Hagan esta transición de estos dos sistemas tan opuestos, de la manera más suave posible, sin brusquedad, sin grandes saltos, vayan despacio. Ayuden a que se produzca un reajuste gradual de la economía. No solo en los precios, sino en todos los rubros. No podemos cambiar todo el sistema, de la noche a la mañana. Les pedimos que transiten ese cambio, lo más responsablemente posible, para que el nuevo sistema no se desajuste desde el inicio. Ustedes van a ser los responsables de que este sistema, por el que todos hemos estado clamando desde hace muchos años, no fracase. Nosotros no queremos estar con el puntero castigando a nadie. No está en nuestro modo de ser, ni en nuestra naturaleza, ni en la filosofía básica que sustentamos. Todos somos cogobernantes, somos corresponsables, de este proceso tan especial que está viendo el país. Debemos repartir equitativamente la carga entre todos los sectores, para poder seguir adelante».

Fragmento de «Argentina desaparecida» de Gustavo Campana.