Malvinizar con memoria, verdad y justicia, porque la guerra fue la dictadura

“Usted ha sido convocado por la patria para defender su soberanía y oponerse a intenciones colonialistas y de opresión. Ello le obligó a una entrega total y desinteresada. Usted luchó y retribuyó todo lo que la patria le ofreció: el orgullo de ser argentino.
Ahora la patria le requiere otro esfuerzo:
Usted no debe ser imprudente en sus juicios y apreciaciones. No proporcionar información sobre movilización, organización del elemento al cual perteneció y apoyo con los cuales contó.
Destacar el profundo conocimiento y convencimiento de la causa que se estaba defendiendo.
Exaltar los valores de compañerismo puestos de manifiesto en situaciones tan adversas.
Remarcar que la juventud es capaz de hechos heroicos.
No comentar rumores ni anécdotas fantasiosas, hacer referencia a hechos concretos de experiencias vividas personalmente”.
Firmado, coronel Mario Oscar Davico, subjefe II de Inteligencia del Batallón 601 del Ejército. Junio 1982.

Cuando los soldados regresaron, la dictadura deshilachada les exigió silencio. No hablar con la prensa, ni con la familia. No hablar con nadie. Una intimidación preventiva que buscaba guardar la verdad bajo siete llaves, mientras los militares organizaban la fuga. Violar esa “promesa”, podía implicar la formación de un Consejo de Guerra. Volvieron y el comité de bienvenida, fue una amenaza.
Lo sucedido en el sur, no debía llegar a la población. Necesitaban impedir que los partidos políticos capitalicen el dolor en descrédito, ante su inminente retorno a la Rosada y al Parlamento. Que no se genere un espíritu colectivo de resentimiento e indignación en la civilidad.

Amparada en un poder que ya no tenían, las Fuerzas Armadas ordenaban tapar el sol con un dedo y enterrar la historia. Los dueños de la vida y de la muerte, ya no podían disimular la caricatura en la que se habían convertido.

Los excombatientes de Ejército regresaron Campo de Mayo, a dependencias de las escuelas General Lemos y Sargento Cabral. Los conscriptos de la Armada pasaron en su mayoría por Puerto Belgrano. Ambitos militares prohibidos para madres, padres, familiares, novias, amigos o cualquier argentino que quisiera abrazarlos. Regresaron a la “vida militar” para someterlos al engorde que les cambie el semblante. A la incomunicación a la que los habían condenado, los uniformados la habían bautizado “centro de recuperación”, en los que “inflaban” a los desnutridos con toneladas de hidratos de carbono.

En casi todos los casos, el ingreso al cuartel fue de noche y por la puerta trasera. Durante días, los civiles gritaban desde los portones de las guarniciones, los nombres de los que no sabían si estaban con vida. Nadie contestaba.
Ninguno de los soldados fue recibido por la contención psicológica que requiere semejante choque de frente con lo peor de la condición humana. Los esperaron agentes de inteligencia, para llenar las llamadas “actas de recepción”.

Los militares armaron fichas más frías que los días en Malvinas, en las que aparecía un escueto informe psicofísico sobre cómo llegaron al continente: pie de trinchera, desnutrición, castigos corporales, tormentos, estaqueamientos y enterramiento en fosas, eran marcas en la piel que eludían los papeles.
Había que maquillar la perversidad de todos los jefes que reprodujeron en el escenario bélico, las únicas prácticas que traían de los campos de concentración de la dictadura.

Seis días antes del fin de la rendición, Inteligencia del Ejército recomendó: “Realizar actividades de contrainteligencia y acción psicológica entre los heridos y enfermos” para contener la difusión de su situación a su regreso. El texto hablaba de ejecutar “tareas de contrainteligencia local o acción psicológica individual para reafirmar conceptos. La instrucción de contrainteligencia se podrá impartir desde la internación del herido y/o enfermo, lo que permitirá que se tome conciencia de la importancia de la misma, a la vez que mediante registros firmados por los causantes se podrá ejercer un mayor control para evitar la fuga de información”.

Ni siquiera sistematizaron la responsabilidad de informar las muertes, dato que en muchos casos fue acercado a los seres queridos de los caídos en combate, por los excombatientes. Los que tenían que volver a sus provincias lo hicieron sin un peso en el bolsillo, muchas veces “haciendo dedo” en las rutas.

Rápidamente empezaba una nueva batalla para los sobrevivientes. En otro territorio, lejos de la turba, sin trincheras, ni enemigos armados…, pero tan difícil como aquella.
Uno de los últimos actos del terrorismo de Estado, fue la estrategia de invisibilización de los colimbas en el territorio. El resultado del “aislamiento”, les permitió comprar tiempo para escapar de la responsabilidad de las heridas del pasado reciente. Ganaron impunidad. Quizás, la gran victoria militar en Malvinas.
A fines de 1982, el general Nicolaides firmó un manual de estilo sobre como ocultar las torturas que los oficiales y suboficiales aplicaron a los soldados durante la guerra. El documento fue dirigido al comandante del V Cuerpo del Ejército “Teniente General Julio Argentino Roca”, cuando se inició una investigación interna en esa guarnición. El comandante en jefe del Ejército ordenó que los vejámenes fuesen considerados como simples faltas disciplinarias y en los casos en que eso fuese imposible, debido a la gravedad del hecho, dictaminó que él sería el encargado de resolver el problema…
“En los casos en que se acreditare alguna infracción las respectivas resoluciones no excederán el ámbito disciplinario, dentro de pautas de mesura, guardando la adecuada reserva”, ordenó el general.

El 3 de febrero de 1983, la revista “Gente”, la madre del «Estamos ganando» y en el marco de su absurdo “proceso de reconversión democrática” denunció el caso de un soldado que fue estaqueado durante cuatro horas, por abandonar la guardia para abrazar a su padre, en Caleta Olivia (Santa Cruz). Son más de 100 casos y esperan justicia en la CIDH, porque en Argentina la Corte Suprema les cerró la puerta en la cara en 2014.

La guerra fue la dictadura. Malvinizar con memoria, verdad y justicia.

Editorial de Gustavo Campana del jueves 2 de abril, en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales).