Ayer en el Senado, el oficialismo recuperó el mismo relato cínico y perverso, que defendieron en las mismas bancas, el menemismo, la Alianza y el macrismo. Basaron sus discursos hipócritas en recetas fracasadas que no se cansan de prometer laburo desde hace más de 30 años, pero que solo multiplicaron el cierre de fábricas con recesión e importados.
En tiempos de crisis programadas para apagar la inflación con la «paz de los cementerios», ahora solo vienen a generar una nueva ventana de despidos baratos y sueldos miserables, con la ley que reclama el FMI.
Apologista de sus reiteradas políticas destinadas a matar la línea de producción nacional y negacionista de sus fracasos, la derecha local volvió a plantear en el Parlamento con muchísimo cinismo, que «menos derechos, generarán más trabajo». Sin embargo, el archivo grita que las tres experiencias neoliberales anteriores, demuestran que solo multiplicaron desocupación.
Las reformas que se implantaron entre 1989 y 2001, generaron un 24% de la población sin trabajo. Con el regreso de los derechos laborales en 2003, ocho años después esa herencia maldita había descendido el 7% y en 2015, con el mejor salario medido en dólares de América latina y el 51% del PBI para los trabajadores, ese número había bajado al 5,7%.
Según el Banco Mundial, aquella Argentina de derechos laborales creció 8,8% en 2003, 9 en 2004, 9,2 en 2005, 8,4 en 2006 y 8,6 en 2007. Cuando el capitalismo quebró con la crisis de las hipotecas del Lehman Brothers, las cifras bajaron pero nunca fueron negativas: 3,1 en 2008 y 0,1 en 2009. Cuando pasó la tormenta global, el crecimiento 2010 fue 9,1 y 2011 alcanzó el 8,6. Volvió a caer en los cuatro años posteriores, pero siempre sostuvo números positivos.
Aquel país que protegía a sus trabajadores, creó entre 2003 y 2015, alrededor de 200 mil pequeñas y medianas empresas y pasamos de 400 mil a cerca de 600 mil.
El intento de Cambiemos por enterrar las leyes laborales, estuvo a punto de condenarnos a una tasa de desempleo de casi dos dígitos, después de 15 años. Rompieron un modelo de sustitución de importaciones, solo por borrachera ideológica.
En el mini Davos de 2016 que se llevó a cabo en Buenos Aires, el macrismo bajo el título “Why invest” (“¿Por qué invertir?”), enumeró en el sitio oficial del encuentro, una serie de indicadores que no coincidían con el diagnóstico de la «pesada herencia» que había dibujado Durán Barba.
El texto destacaba que el país era líder en la región: “número uno en el ranking de desarrollo humano e índice de Educación”, “tercera mayor economía”, “segundo PBI per cápita más alto” y «la distribución más equitativa del ingreso».
El diagnóstico para los inversores, decía que contábamos con una “mano de obra de primer nivel, reconocida por sus capacidades técnicas, creatividad y versatilidad”. Finalizaba reconociendo el informe de Cambiemos, que la Argentina era un país con una desocupación del 6% y la mayor clase media de América latina.
Ahora los libertarios son los protagonisas del cuarto fracaso de la nueva democracia, sin la necesidad de esperar la salida por diputados del texto final de la reforma; porque ya la Ley Bases puso en vigencia desde 2024, cambios instrumentados por el Grupo Techint y el estudio de Funes de Rioja. Medidas que alentaron la pérdida de casi 200 mil empleos privados registrados y el cierre de más de 21 mil unidades productivas.
Según el Indec más del 30% de la población, es parte de un conflicto que suma a desocupados, subocupados y ocupados que buscan otro empleo.
Es extraño, pero el mismo gobierno que festeja la medida sanción de una reforma laboral, que nos venden como una fábrica de generación de empleo, ejecuta desde hace poco más de dos años el mayor industricidio de la historia argentina y nos sueña como un país de servicios, al que le estaría sobrando cerca de la mitad de su población.
Los palos, los gases, los camiones hidrantes, la cacería humana y los tirapiedras de la Pato, son lo único que tienen para ofrecer, ante la imposibilidad de poner mano a mano, sus resultados contra los del campo nacional y popular. La violencia de la derecha, siempre desnuda la fragilidad de sus argumentos y son un símbolo de debilidad mayúsculo. Nos arrean hacia el abismo, para garantizarle ganancias millonarias por un rato a sus patrones. Demasiado dolor, para que el poder real, se siga riendo con la boca llena, mientras millones conviven con el hambre.

