Marginales a sueldo del poder real, quieren robarse el futuro de los trabajadores

La legalidad de las acciones de un gobierno, muchas veces no suele contar con legitimidad política. A las instituciones para poder gritar que son pilares del sistema, les falta un anticuerpo indestructible que opere de manera automática ante el olor del enemigo.
Un presidente constitucional en la Argentina, si cuenta con una zona liberada armada por sus cómplices de los otros dos poderes, es un emperador que distorsiona el presente y dinamita el futuro republicano.
¿Qué legitimidad tiene un grupo de marginales a sueldo del poder real, recién amanecidos en la historia nacional, para cambiar el curso virtuoso de leyes laborales paridas hace 80 años? ¿Qué poder divino imaginan tener, para regresarnos a la esclavitud moderna?

Ayer en la Rosada se reunió la Mesa que armó el Gobierno libertario, para la redacción final de la Reforma Laboral. Los verdugos de los que no llegan a fin de mes, no tienen un gramo de capacidad intelectual y muchos menos de sensibilidad social. El movimiento obrero en manos del ataque racista de Karina Milei, Luis Caputo, Adorni, Martín y Lule Menem, Santiago Caputo, Diego Santilli y Patricia Bullrich. Salvo la formalidad ridícula del Colorado, que encabezó la última lista de diputados bonaerenses en reemplazo de un Espert bancado por un narco y de Bullrich senadora del medio pelo porteño; nadie puede decir «a mí el pueblo me dio esta tarea, me eligieron, me encomendó su tragedia, me pidió esta contrarevolución en las urnas». Y nunca olvidar a los gobernadores traidores a su pueblo y los legisladores atados a la obediencia debida de su capataz provincial.

Que los crímenes de Ramón Falcón en 1909, los 800 asesinatos en la Semana Trágica del 19, los 600 masacrados en la huelga de la Forestal de 1921, los 1.400 fusilados en la Patagonia del 22, los obreros muertos en el bombardeo a la Plaza, los fusilados del 46, los perseguidos por el Plan Conintes, los desaparecidos y los caídos en democracia; hayan quedado en estas manos, es una perversión mayúscula imperdonable para el que maneja la oficina del destino.

Que nuestros derechos hayan sido convertidos en papel picado por una tarotista, un mesadinerista, un oportunista convertido en Jefe de Gabinete, un monotributista sin firma en el Estado, dos Menem, un ministro del Interior que salió de gira para comprar votos provinciales y una Luro Pueyrredón; es demasiado.
Qué saben los pitucos de Isauro Arancibia, aquel maestro tucumano fundador de CTERA, que junto a su hermano esperó a los milicos en la sede del sindicato en la madrugada del 24 de marzo. Qué saben de los 120 balazos en el cuerpo de Isauro y 70 en el de su hermano.
Qué saben de Centeno y de su equipo de abogados laboralistas, desparecidos en «La noche de las corbatas», por haber redactado los convenios del 75.
Qué saben del 17 de octubre, del Cordobazo, de la toma del «Lisandro de la Torre»…
«Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas». Firmado, el eterno Rodolfo Walsh; tan indestructible como pensamiento.

Armaron un esquema de destrucción de derechos laborales, pero fundamentalmente, de empoderamiento de la patronal. Ninguno de los cambios al texto de la Reforma redactado por el oficialismo, modificó el espíritu con el que nació este regreso al siglo XIX.
Es una declaración de guerra al movimiento obrero que tendrá fuerza de ley democrática, aunque ni a la última dictadura se le ocurrió un bando militar con este poder de destrucción.

Un escrito final, armado de espaldas al pueblo, que conserva su ataque original a la defensa sindical del trabajador. Restándole poder a los gremios, la derecha va por una revancha que esperó 80 años y convierte al laburante en un actor de la cadena productiva, mucho más frágil todavía, de lo que era hasta hoy.
Reventaron la defensa sindical, indemnizaciones, vacaciones, jornada laboral, horas extras, asambleas, estatutos profesionales…, y te quieren hacer creer que no tocaron ningún derecho.
Y empoderaron a la patronal, convocando a las partes a negociaciones, simplemente por la disparidad en la relación de fuerzas, entre el capital y el hambreado.

Como decía Saramago, «la derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva. En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es para siempre». Y recuerden aquello de Paco Urondo, «el futuro, supo acobardarme, pero lo he derrotado para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algún día».

Editorial de Gustavo Campana del miércoles 11 de febrero, en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales).

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