Ni acuerdo, ni pacto; es un nuevo «estatuto legal del coloniaje»

En su rendición incondicional a ser Nación, la Argentina de Milei firmó ante EE.UU., una capitulación con 113 obligaciones. Solo para cuidar las formas, la Casa Blanca tiene dos y completan el pliego de órdenes virreinales, ocho deberes mutuos. El desequilibrio es tan grande, como el imaginado ante cualquier mano a mano con Washington, que siempre admitirá comprarte limones a cambio de venderte industria pesada.
Los libertarios robóticos, los representantes del futuro; festejan aranceles cero, para una serie de bienes primarios como frutas, infusiones, especias, ceras y panificados… Y Milei, el adelantado de la inteligencia artificial, se comprometió a no prohibir la importación de bienes de capital usados, entre ellos de equipos de construcción, maquinaria agrícola, equipos de minería y dispositivos médicos.
En el resto de los productos, volvimos a las viejas reglas de juego, las mismas que Trump rompió en abril del 25, cuando impuso aranceles recíprocos a todo el mundo. En ese listado, donde lejos de conseguir un privilegio, Argentina se puso de rodillas para retrotraer la situación a como era antes de la segunda asunción del presidente republicano, entran productos de origen animal como carnes, pescados, lácteos y huevos.

No solo recibiremos productos elaborados de todo tipo, para matar definitivamente a nuestra industria nacional, sino que Argentina se dispone a ingresar a su mesa, mucho de lo que produce su tierra. Abriremos durante 2026, como si fuéramos una isla rocosa que necesita de la llegada del barco para comer, la importación de 80.000 toneladas de carne bovina estadounidense, mil toneladas de queso, 870 toneladas de almendras, 80 toneladas de pistachos, 285 toneladas de fructosa, 370 toneladas de chicles, 1.370 toneladas de azúcar, 1.870 toneladas de chocolates, 1.790 toneladas de papas y 80 mil litros de vino.

Volvimos a cambiar oro por espejitos de colores. Uno de los puntos claves es el acceso preferencial que otorgamos a Washington en materia de minerales críticos. «Argentina permitirá y facilitará la inversión estadounidense en su territorio para explorar, extraer, refinar, procesar, transportar, distribuir y exportar minerales y recursos energéticos críticos. Argentina priorizará a Estados Unidos como socio comercial y de inversión para el cobre, el litio y otros minerales críticos».
Y por último, destaca que «Argentina fomentará la inversión del Gobierno Federal en infraestructura minera para facilitar el acceso de las empresas estadounidenses al sector». Que extraño que el Topo ponga a disposición de la Casa Blanca, ese mismo Estado que niega alimentos a los comedores del pobrerío, medicamentos oncológicos y mínima asistencia a los discapacitados; para que vengan a llevarse recursos estratégicos claves.

Hay más subordinación. Argentina no exigirá certificaciones locales para vehículos, autopartes y medicamentos, elaborados bajo estándares de seguridad estadounidense. Cuidando la producción del amo, nos comprometemos a endurecer los controles que defiendan la «propiedad intelectual» de EE.UU., hasta llegar a la destrucción en la Aduana o en las ferias del mercado interno.
Sobre la industria china, dice sin nombrarla, que «Argentina considerará las decisiones del gobierno estadounidense» sobre tipo de productos, dejando el criterio librado a Washington sobre subsidios, dumping o denuncias de mano de obra esclava.

Ni acuerdo, ni pacto, ni contrato. Este nuevo sometimiento, respeta el espíritu del Pacto Roca-Runciman, es un nuevo «estatuto legal del coloniaje». A cambio de apoyo financiero constante, Argentina consolida un modelo agroexportador y entrega todas las riquezas naturales. Argentina abandona su condición de país soberano y se convierte en un delivery de las necesidades Estados Unidos, para armamentos, láseres, fibra óptica, teléfonos inteligentes, tablets, luces led, heladeras, cafeteras, lavarropas, auriculares y equipos médicos.
El país soñado, se convirtió en un almacén de ramos generales del imperio. Siempre es por un rato, pero duele como si fuera por toda la eternidad…

Editorial de Gustavo Campana del lunes 9 de febrero, en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales).