Liberales que acumulan ganancias, vendiendo importaciones chinas…

El año pasado las importaciones representaron el segundo mayor registro histórico argentino, de los últimos 40 años. Lideradas por los bienes de consumo provenientes de China (electrodomésticos, electrónicos y textiles), los productos del exterior aumentaron casi un 25% interanual y representaron en dólares, 75.791 millones.
Verdes baratos como resultado de la política cotidiana que ejecutan los supuestos liberales, que hace dos años secuestraron a la oferta y a la demanda cambiaria, mataron a la industria local e invitaron al consumo de importados.

Durante 2025 las compras de eleborados chinos, aumentó más del 50%. Por lo tanto, Milei decidió proteger al comunismo de Beijing, entregando a cambio el aparato productivo del capitalismo argentino. Suena raro si tenemos en cuenta los discursos del libertario en campaña, pero la única verdad es que a diferencia de la última dictadura, los 90 y el macrismo, el proveedor de la argentina conservadora no es Estados Unidos, sino los rojos.
Murió aquello de «entre la mafia y el Estado prefiero a la mafia», porque Milei se abrazó a China. Swap, un préstamo de la banca estatal e invasión industrial. Según su propia liturgia, el presidente optó por «el pedófilo en el jardín de infantes con los nenes encadenados y bañados en vaselina”. Y se suspendió hasta nuevo aviso, la misión del Capitán AnCap, el superhéroe anarco-capitalista, cuya misión era cagar a patadas en el culo a los colectivistas.

Los libertarios destacan como uno de sus grandes aciertos, no tener política industrial; pero en realidad esa es una gran mentira. No hay planes hacia adentro, pero son muy efectivos en el subsidio con dólares argentos, del trabajo manufacturero de los países centrales y en el mismo acto, generar el cierre de las unidades productivas nacionales.
El oficialismo dice ser espectador televisivo del derrumbe de las fábricas locales por no competitivas, pero en realidad generaron con sus propias manos, una zona liberada pensando que la importación sería la única salida para bajar el precio de los bienes. Resultado que otra vez como en el pasado, no sería tan efectivo como lo soñaron.

Son protagonistas centrales del drama económico argentino. Bajar los aranceles al importado y flexibilizar todos los controles para abaratar su invasión, fueron decisiones que tomó el Gobierno intervencionista que la va de liberal, para matar a la industria nacional.
Mientras el planeta decidió en el siglo XXI, una férrea protección de sus capacidades estratégicas, la Argentina de Milei le encargó al lobo cuidar el gallinero. Y se olvidó de un pequeño detalle: el 80% de todo lo que produce el país es para consumo interno. Por lo tanto, ese dogma religioso de la derecha local que dice, «desamparar a la industria, es cuidar al consumidor», olvida que los clientes a los que dice beneficiar, son los mismos trabajadores que cuando terminan su jornada en la línea de producción, generan demanda.
La explicación infantil dice que si cierra la fábrica habrá desocupados, caerá el poder de compra de los ex asalariados y la caída del consumo será ilimitada. Sin plata en el bolsillo de millones de seres humanos, al final del camino tampoco consumirán importados.
Sucedió con Martínez de Hoz, con Cavallo en sus versiones y finalmente con Macri. Y volverá a pasar con Milei.

Mientras tanto, la borrachera ideológica de todos los «capitanes de la industria» y lamentablemente también de algunos pymes, alientan la reforma laboral como una tabla de salvación para optimizar ganancias o por lo menos para no quebrar. Nada más ridículo.
Volverán a moderse la cola mucho más temprano que tarde, porque empobrecer a sus planteles, es profundizar la recesión. Un espejismo que finalmente se convertirá en veneno por cuarta vez en medio siglo.

Primero, «le hicieron creer a un empleado medio que podía comprarse celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior». Luego, ante las primeras consecuencias del ajuste, la frase cambia y producto de la «mishiadura» que amasaron los fundamentalistas del mercado, sostienen que «le hicieron creer a un empleado medio que podía comer carne tres veces a la semana y tomar leche todos los días». Cuando la crisis comienza su fase final, se transforma en «le hicieron creer a un empleado medio que podía comer polenta, fideos y arroz, dos veces al día». Y así sucesivamente, millones se van adaptando al discurso mientras los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
Esa cuenta regresiva termina, cuando se acaba la incomprensible resistencia social al dolor de no poder vivir dignamente.

La rueda virtuosa de la economía en la Argentina, la mueve el bolsillo de los laburantes y su capacidad para adquirir bienes y servicios. El motor no lo enciende Vaca Muerta, la soja, la minería o el litio. Está en la fabricación de productos elaborados y en su consumo interno. El obrero construye la oferta y después con su sueldo, se transforma en demanda. Algo que el autopercibido Premio Nobel de Economía, jamás entenderá.