La «batalla cultural» que invade y bombardea, la vida de millones

Cuando Estados Unidos comete un crimen contra la humanidad, en realidad se trata de un gesto «necesario e ineludible» para salvar la paz del planeta. Cuando Washington termina con un gobierno que no acepta sus órdenes, lo deponen para que finalmente «regrese la democracia».

Venezuela volvió a ser para el periodismo, de aquí, de allá y de todas partes, un paraíso de justificaciones ridículas, para amparar el robo de petróleo. Medios de comunicación que se niegan a hablar de derecho internacional y de naciones independientes; que muestran la impunidad de Trump repartiendo el crudo robado, a un grupo de corporaciones que le agradecen las bombas y los muertos. Prensa que se niega una vez más, ante el «poder real», a activar el pensamiento crítico y solo se disponen a hablar a través del discurso que bajan la Casa Blanca, la CIA y el Pentágono.
Te cuentan la futura agenda de invasiones, como si se tratara del pronóstico del tiempo y hablan de Marco Rubio como nuevo dueño de Cuba y virrey de Caracas.

Hace un rato muy largo que en el universo teórico de las ciencias políticas, los viejos conservadores de Estados Unidos, mutaron a fascistas. Aquellos padres fundadores que se creían elegidos por Dios, dejaron en las generaciones futuras, la responsabilidad celestial de salvar al resto del mundo de todos sus pecados. En la práctica, en la vida real, siempre fueron fascistas con envase de secta religiosa, maquillados como conservadores, para conservar ciertas formas. Hablan de raza superior sin pagar costo alguno, por semejante declararión de principios hitlerianos, a través del ejercicio del viejo poder blanco. Y en el siglo XXI, sumaron a su lista de enemigos a los inmigrantes latinoamericanos.

No obstante, cualquiera de esas categorías imperfectas que no logran contarle al mundo las miserias del imperio en decadencia, sirven para entendernos en tiempo presente; pero con relación al pasado nunca encontramos la palabra justa para calificar la relación de los dueños de la libertad con la esclavitud. Es cierto, ya no existe la explotación en los algodonales del siglo XVII, ni el Klan anda quemando casas y ahorcando seres que no considera humanos; pero el desprecio por la negritud está intacta en gran parte del territorio estadounidense y opera a través de una fuerza policial tan racista como brutal.

La historia nos debe sentencias más agudas, sobre una política de Estado diseñada para dominar al mundo. Hay que encontrar la palabra necesaria, para calificar un listado interminable de intervenciones políticas, para el embargo indefinido de recursos naturales. Nos están arriando al abismo con eufemismos y excusas infantiles, para bombardear naciones y secuestrar presidentes; mientras en los diarios, la tele y las radios funcionales a Washington se naturaliza lo inadmisible.

La suma de locura «made in USA», que padecimos durante el siglo pasado y lo que va del presente, es reflexión de minorías mediáticas. El robo de territorio mexicano; las invasiones a Nicaragua, Haití y Dominicada y el rol que jugaron en la Primera Guerra Mundial, para que Europa comience a deberle favores.
Dos bombas atómicas sobre poblaciones indefensas; sus militares dando lecciones de democracia en Corea; el nepalm en Vietnam, el auspicio de los golpes de Estado en la Sudamérica del siglo XX y el secuestro, la tortura, el asesinato y la desaparición de personas, para América latina en los 70.
En la década siguiente buscaron domar con muerte a Centroamérica e invadieron Granada y Panamá y fueron muyahidines en Afganistan, contra la ocupación soviética. La Guerra del Golfo en los 90, la de Irak entre 2003 y 2011. El listado es acciones directas e indirectas, es interminable y la pasividad del planeta frente a estos hechos, también.

En mi infancia escuchaba sobre el valor de la objetividad y seriedad, de un noticiero de medianoche por Canal 11. Cuando tuve herramientas para analizar que significaba que una petrolera me cuente la agenda periodística del día, entendí porque el «Reporter Esso», estaba en cadena en casi todo nuestro continente.
Con mucha rectitud, bien peinados y empilchados, los yanquees nos contaban todas las noches una película del oeste, en la que los indios eran siempre los manos. Igual que ahora, pero ya no es necesario que la petrolera pague el espacio. Algunos son serviles por vocación y esa declaración de amor a la embajada, no lo paga ni todo el petróleo del mundo…

Editorial del lunes 12 de enero de Gustavo Campana, en «La mañana de la 750» (Víctor Hugo Morales).